Defensa de la libertad de expresión     
 
 ABC.    24/06/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

DEFENSA DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Es muy difícil, por no decir que resulta prácticamente imposible, realizar un proceso de reforma política sin que se produzcan enfrentamientos, colisiones o roces entre los diversos estamentos del Poder, ya sean representativos de la autoridad gubernamental, de la competencia que corresponde a las Cámaras legislativas o directamente derivados de la opinión pública.

En esta particular, pero no anómala situación se encuentra ahora nuestro país. Y mucho conviene a todos, gobernantes y gobernados, comprenderlo y aceptarlo, sin exagerar la importancia de las tensiones inevitables, sin radicalizar posturas y sin dramatizar resoluciones.

La Prensa afronta, en estas circunstancias, muy difíciles responsabilidades. De un lado, para cumplir su esencial función informativa y opinativa debe actuar, sin remedio, como punta de lanza que ayuda a abrir camino a la reforma política —impulsada por la evolución social— reflejando estados de opinión, criticando actitudes o alabándolas.

Y nada fácil resulta, salvo en casos flagrantes, determinar los limites legítimos de su natural competencia, decidir hasta dónde pueden llegar sus comentarios sin que incurran en el área de lo vedado o de lo punible. Para situaciones, como ésta, parece escrita aquella frase, quizá muy drástica, del liberalismo americano que prefería, para la realidad de la democracia, la ausencia de Gobierno a la inexistencia de la Prensa.

Por otro lado, los organismos de Gobierno, .a quienes alcanza también de Heno la gravedad del tiempo histórico en el que su acción te desarrolla, están lógicamente hipersensibilizados ante las críticas o la expansión de la libertad de expresión, que ellos mismos promueven en servicio leal a la misión de reforma política asumida.

La Prensa y el Gobierno se ven forzados así, a coexistir en un equilibrio que tiene muchos condicionantes de inestabilidad; que puede romperse en cualquier momento, si la autoridad gobernante se impregna de recelos o cautelas excesivas ante los comentarios o las informaciones publicadas, aunque no se registre en ellos verdadera extralimitación o auténtico abuso.

Este peligro se puede y se debe evitar. Reiteradas manifestaciones del ministro de Información y Turismo, señor Martín Camero, han dejado clara y pública constancia de su firme creencia en la libertad de expresión. Y la suma de sus actuaciones ministeriales demuestra su deseo de serena ponderación ante los episodios conflictivos.

La Prensa a su vez —creemos sinceramente que toda ella— tiene clara conciencia de sus deberes hacia el poder gubernamental y de sus responsabilidades ante el país en esta complicada etapa de la reforma. Si yerra, en algún caso, más habrá que atribuir el fallo a la inevitable velocidad del oficio o a la confusión natural con que la política se presente a veces, que a la premeditación o a la maniobra.

Todos estamos embarcados ya en la misma gran empresa nacional. Todos, bajo el arbitraje constitucional de la Corona, queremos ayudar a una reforma política que transcurra por los cauces de orden y de legalidad propios de las comunidades que tienen acreditada tradición como naciones donde se definieron hace siglos derechos humanos, libertades democráticas y equidades internacionales.

Vamos entonces, porque así cumplimos la primera responsabilidad nacional que nos incumbe, a ejercitar tolerancias y a practicar sinceros entendimientos en nuestro cambio hacía el futuro.

 

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