Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Estabilidad, involución y desarrollo político     
 
 El País.    08/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL PAÍS, viernes 8 de diciembre de 1978

POLÍTICA

TRIBUNA LIBRE

Estabilidad, involución y desarrollo político

MANUEL FRAGA IRIBARNE Secretario general de Alianza Popular

Cada situación política tiene sus frases claves, sus tópicos, en función de los cuales se pretenden orientar

determinados estereotipos, o cosas que se dan por supuestas, para provocar reacciones positivas o

negativas, ante unos juicios de valor previos.

Así, por ejemplo, se maneja mucho el binomio «estabilizar» y «desestabilizar». En sí mismo, el criterio es

válido: lo que proporciona estabilidad al sistema económico, a la convivencia social y a la organización

política, es malo; lo que, por el contrario, desestabiliza la economía, la vida social o los arreglos

constitucionales, es malo.

Profundizando más en el análisis, las cuestiones resultan más complejas. Resulta que utilizar la bandera

nacional es desestabilizador, mientras que los insultos a la gloriosa enseña nacional deben interpretarse

«sociológicamente». Parece ser que pedir un debate parlamentario sobre asuntos de evidente interés

nacional es desestabilizar, mientras que se considera una prudente medida de prudente estabilización el

discutir temas políticos en reuniones militares, de sargento a teniente general, en un cine con cerca de mil

personas. Reclaman estabilización (supongo que la suya, y la de sus cargos y emolumentos) los que, de

un plumazo, han destruido instituciones que funcionaban, sin prever el recambio, o que toleran durante

meses la inverosímil situación de nuestras instituciones penitenciarias. La reclaman, aún con más ahínco,

partidos que mantienen en sus programas y congresos el carácter de revolucionarios. Y todos se reservan

el definir, en medio de una transición política, por definición dinámica, lo que, a su juicio o en función de

sus intereses, es estabilizador o desestabilizador.

Otra distinción

Cuando alguien señala alguna contradicción, de que se quiera un régimen parlamentario sin Parlamento, o

una libertad de prensa que distinga entre periodistas «afectos» y «desafectos», entonces aparece el otro

criterio: hay que apoyar a todo lo que es «progresivo» y estar en contra de todo lo que pueda suponer

«involución». También la primera consideración ha de aceptar lo razonable de la distinción.

Pero también aquí el análisis es necesario. Es obvio que la consolidación de la Constitución y sus

instituciones democráticas es algo deseable; lo que es más opinable es si todas las decisiones tomadas

antes de ella, en ella y después de ella son igualmente buenas e irreversibles. Todo proceso de reforma

política tiene una parte de experimentación, en la cual unas cosas salen mejor que otras, y hay que

rectificar. Y el pedir, por otra parte, que se defienda en el orden público la seguridad de todos; y en una

acertada política económico-social, los frutos de nuestro esfuerzo (sin lo cual hay que decir adiós al

esfuerzo y a la productividad) es sumamente razonable, y no puede contestarse diciendo que «mejores no

hay». Si al que se le piden soluciones, las niega, no puede quejarse si muchos las buscan en otro sitio.

En suma: el desarrollo político es cosa seria, compleja y difícil, que no admite ni modelos rígidos, ni que

los slogans reemplacen a las ideas. Como ha dicho Alberto Moravia, una situación que hable en slogans

en realidad no habla en absoluto, porque el slogans es, en verdad, la negación misma de la palabra.

Romanos y anglosajones

El desarrollo político se puede intentar de dos maneras: una, a la española, con los éxitos que se conocen,

de 1808 a 1931; es decir, queriendo improvisar en meses lo que es la obra de años; confundiendo las

palabras con las realidades; destruyendo antes de saber lo que se va a construir; dando bandazo tras

bandazo, y, como suele decirse, poniendo el carro antes que los bueyes.

La otra es la que han utilizado los romanos y los anglosajones, grandes maestros de política y de Derecho.

Consiste en empezar desde los cimientos; en medir las palabras; en dar tiempo al tiempo; en asentar unas

reformas antes de comenzar otras; en multiplicar las precauciones y las válvulas de seguridad; en imitar a

la Naturaleza, para perfeccionarla, en vez de enfrentarse con ella.

A la vista está cuál es el sistema mejor, en la práctica. Una vez más hay que recordarlo, ante la presión

diaria de los acontecimientos. Y la consecuencia más importante es que no procede clasificar los hechos,

sin más, en series de cosas progresivas e involucionistas, sino que hay que ir más al fondo y contemplar el

conjunto de la situación.

El terrorismo desestabiliza; pero no va sólo contra la democracia, sino contra la unidad nacional, la

seguridad del Estado y la paz civil, sea quien fuere el que gobierne. El golpismo desestabiliza, pero sólo

es posible previa la división de las Fuerzas Armadas, y la creación de riesgos graves para la unidad

nacional y la seguridad pública, o el abuso de unos poderes que no respeten la propia ley democrática. La

prensa irresponsable desestabiliza, pero puede serlo, y de hecho lo es, en más de una dirección política.

Lo único que estabiliza es la estabilidad, valga la redundancia. Cuando uno se siente seguro, en las

personas y en las cosas; cuando el dinero y los títulos del ahorro representan algo; cuando las empresas

producen resultados aceptables; cuando el trabajo permite vivir y ahorrar un poco; cuando no se está

obsesionado por lo que pueda pasar mañana, hay estabilidad estabilizadora.

Progreso real

Análogamente, no hay riesgo de involución cuando se nota un progreso real, una afirmación creciente,

una consolidación gradual. Sólo la marcha hacia adelante impide el retroceso. En su famosa alegoría,

Saavedra Fajardo representa el proceso político por una flecha disparada hacia arriba, que o sube o baja.

Pero el ascenso ha de ser real, aunque sea lento, y no mera cuestión de imagen o de enfoque de las

cámaras.

Y todo lo demás es demagogia. O caza de brujas. Lo que hay que tomar en serio es la estabilización de la

sociedad española; tradicionalmente invertebrada, como ya observó Ortega y Gasset, y que hoy está

viendo machacar, una tras otra, lo que quedaba de sus instituciones tradicionales, desde la familia y la

escuela, a la magistratura y la Guardia Civil. Después nos extrañamos de tanto joven nihilista o

delincuente, mientras cada día les proponemos más tentaciones y menos soluciones.

Ahí sí que está el verdadero peligro de la involución. Si la riqueza no crece, si no se crean puestos de

trabajo, si la ley no se cumple, si no existe un respeto público de la moral, llega un momento en el que se

crea una admisión difusa de «que pase cuanto antes lo que tenga que pasar».

España necesita propuestas concretas y no vaguedades; soluciones, y no palabras; Gobierno eficaz y

oposición responsable, y no falsos consensos verbales; Gobierno y Administración, y no evasivas;

compromiso serio y mojarse, asumiendo riesgos, y no evasivas e imágenes. Esto y no otro es lo que la

nación reclama con urgencia.

Aprobada la Constitución, pienso que nadie podrá buscar nuevos pretextos para no gobernar, o para no

hacer una oposición seria. Cada uno en su sitio, menos miedo a torear, y Dios con todos.

 

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