Una decisión realista     
 
 Arriba.    01/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

UNA DECISIÓN REALISTA

EL Partido Comunista de España ha sido, por fin, legalizado. Ayer fue inscrito en el Registro de

Asociaciones Políticas, después de un minucioso estudio jurídico que determinó que no existen indicios

de ilicitud penal en sus estatutos. Estamos - es fácil de comprenderlo - ante una noticia muy importante.

Una noticia que debe significar ya la plena normalización de nuestra vida política; la superación de una de

las incógnitas con las que el país se enfrentaba ante las elecciones; la prueba de sinceridad de los

propósitos democratizadores que alientan la Monarquía y el Gobierno que la sirve; el triunfo del realismo

sobre los temores y las nostalgias; la posibilidad de que se concrete en hechos el espíritu de la Corona de

conseguir un puesto en las instituciones para cada español, independientemente de las ideologías.

Es el día de hoy, por tanto, una jornada que puede y debe simbolizar todo el amplio significado de la

reforma. No se trata solamente de cambiar algunas reglas del juego, sino de permitir que ese juego pueda

ser realizado por todos. La Monarquía se ha abierto a todos los españoles con una legalidad amplia.

Quedan atrás, ya muy atrás, las divisiones creadas por un conflicto civil, las dialécticas entre ciudadanos

amparados por las leyes y ciudadanos marginados por ellas. Se abre, con la resolución del Gobierno, un

horizonte de concordia, de normalización bajo la Corona, de superación de exclusiones. Debemos esperar,

a partir de este justo momento, que tal espíritu se convierta efectivamente en el gran instrumento para

conseguir que la paz no sea un mero armisticio y que la protección de la Ley y la igualdad de

oportunidades políticas hagan posible la convivencia y la concordia. Si a partir de ayer son menos los

españoles marginados y quedan más lejos los efectos de la guerra civil, es justo esperar que quede más

cerca la convivencia sin nubarrones de amenaza.

Queremos decir, llegados a este punto del comentario, que nada de lo que afecta a la legalización del

Partido Comunista se hizo arbitrariamente. En otro lugar de este mismo periódico se publica un resumen

de los pasos seguidos para llegar a su inscripción en el Registro de Asociaciones. Lo que resalta es un

escrupuloso respeto a la Ley, que comenzó por el sometimiento al dictamen del Tribunal Supremo (que

no halló indicios de ilicitud penal) y continuó por trasladar al fiscal del Reino todo lo actuado. El

dictamen de este órgano, que no encontró incriminación alguna del PCE en las formas de asociación

ilícita que tipifica el Código Penal, oyó a la junta de fiscales generales. El Gobierno, por tanto, hizo uso

de un escrupuloso sometimiento a los cauces jurídicos normales y al final dictó una disposición política

que está llamada a ser un nuevo factor de reconciliación nacional.

No hacemos en este comentario valoración del peso específico del Partido Comunista en el mapa político

español. Eso sólo lo dirán las urnas en su momento. Pero sí nos hacemos eco del valor de la decisión, que

encontramos políticamente realista y jurídicamente asustada a derecho. Mantener al Partirlo Comunista en

la ilegalidad, independientemente de unos resultados electorales que ni nosotros ni nadie puede prejuzgar,

revelaría un profundo desconocimiento de la realidad política y social española. Ofrecerle, en cambio, la

oportunidad de normalizar su situación es crear un elemento nuevo de concordia y es hacer posible que no

haya excepciones en un planteamiento sincero de la democracia.

Por todo ello, es justo que se felicite al Gobierno por su decisión. Es justo que nos felicitemos los

españoles de que, legalmente, desaparezcan de nuestro mapa político cuerpos extraños que, en una

situación democrática, serían artificiales. Es justo, en fin, que deseemos ver en este hecho una invitación

formal, con realidades tangibles, a la superación de viejas, duras y dolorosas diferencias nacionales. Lo

que, a partir de ayer, se abre ante los españoles es la grandeza de espíritu de un Poder que da muestras

visibles de una sinceridad a prueba de riesgos. Nadie, a partir de este momento, tiene argumentos - y

digámoslo con una frase llana - para dejar de arrimar el hombro a una tarea que se llama, sencillamente,

España. Sin excepciones de ningún tipo.

 

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