Autor: ALEXANDROS - SIGMA CRUZ. 
   Autonomía de la Justicia     
 
 El Alcázar.    28/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ALEXANDROS

AUTONOMÍA DE LA JUSTICIA

EL presidente de la Sala IV del Tribunal Supremo falleció en un momento crucial: en vísperas

de acabarse el plazo para la decisión sobre la legalización o no del Partido Comunista, y de sus

varias hijuelas marxistas. Quienes deseamos ver a la Justicia preservada de contaminaciones

circunstanciales, nos hemos pronunciado reiteradamente contra el incalificable endoso que el

poder ejecutivo ha hecho al poder judicial, contraviniendo los más elementales principios

doctrínales que presiden el sustrato liberal de nuestro Derecho. La transferencia al Tribunal

Supremo de una responsabilidad que corresponde de manera indiscutible al ejecutivo, la

consideramos muchos, y yo sigo proclamándolo, como un atentado a la independencia de la

Justicia y como una muestra más de la frivolidad que preside el estilo impreso a la política de

Gobierno.

La gran mayoría de los españoles daríamos un suspiro de alivio si el Tribunal Supremo, en un

legítimo intento de preservar su área específica de atribuciones, devolviese al Gobierno lo que

un Gobierno con una precisa conciencia de sus deberes jamás habría eludido. Pero no es caso

de explicar a los ilustres miembros de la "Sala IV del Tribunal Supremo aquello que deben

hacer.

Quienes estamos en el pueblo y nos pronunciamos desde el pueblo, evidenciamos mayor

respeto a su independencia que el Gobierno Suárez.

En el momento en que la Sala IV debe decidir entre las tres opciones posibles sobre un tema

esencialmente político Revolución del asunto al ejecutivo, legalización de los partidos

vinculados a internacionales marxistas y con ideología totalitaria o repudio de los mismos en

razón del artículo correspondiente del Código Penal), parece correcto suponer que ninguno de

los puestos de responsabilidad en el ámbito de la Justicia, y menos aún los de la Sala IV,

pueden estar a merced de una designación digital. Cuando se marcha hacia una presunción

democrática, parecía lo correcto que la Presidencia de la Sala IV la hubiera decidido

democráticamente el propio Tribunal Supremo.

La figura del señor Becerril me parece de todo punto respetable. Y hasta tal punto, que jamás

admitiría la sospecha de que sus simpatías o antipatías o devociones personales pudieran

influir en su decisiones políticas. Pero creo que él mismo se hubiera sentido mucho más

cómodo en el trance actual, y en otros trances, de haber sido elegido por sus compañeros, en

vez de ocupar tan grave y comprometido puesto por designación digital. En el caso de la

elección democrática en el propio seno del Tribunal Supremo, nadie podría preguntarse, con

independencia de la personalidad del ilustre magistrado señor Becerril: ¿ Y por qué no otro?

El Gobierno ha perdido una nueva ocasión de transparencia. Se me dirá que así está

establecido. Pero yo podría responder que entre el aluvión de decretosleyes, uno más no se

habría tomado con extrañeza. Al contrario, pues se trataría de una de las poquísimas

decisiones auténticamente democráticas adoptadas en España después que las Cortes dieron

una lección de elegancia y de servicio a España, de la que el Gobierno, coherente con su

talante, está haciendo continuado escarnio.

SIGMA CRUZ

EL ALCÁZAR

 

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