Autor: Onega López, Fernando. 
   El péndulo     
 
 Arriba.    14/04/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL PÉNDULO

A pesar de toda la tensión y la incertidumbre ambiente, la tranquilidad volvió a la política española. La

parte de los acuerdos del Consejo Superior del Ejército que ha trascendido a la Prensa ha sido el dato

definitivo para devolver la confianza. El resumen es éste: el Presidente Suárez logró controlar la crisis de

Gobierno, independientemente del desenlace de la dimisión del almirante Pita da Veiga; los partidos

políticos de oposición parecen estar de acuerdo en serenar los espíritus para que no se deteriore la

situación, el propio Partido Comunista efectúa un repliegue de actividades públicas, que reduce a una

reunión de su Comité Central en el día de hoy, y un cóctel con las fuerzas políticas, mañana... Hay

ambiente de mayor serenidad, y el Gobierno comienza a avistar las primeras luces de salida de uno de los

momentos más difíciles que atravesó en esta difícil andadura de hacer posible la democracia.

Pero no se puede escribir la crónica política de hoy sin detenerse detalladamente en la toma de posición

de las Fuerzas Armadas ante la legalización de los comunistas. La nota que hoy se publica en este

periódico revela un talante ejemplar y lo que ayer ya comentábamos: el espíritu de escrupulosa

neutralidad ante el juego de fuerzas y la lucha política. La beligerancia queda ceñida a cuatro aspectos

muy concretos: la defensa de la unidad de la Patria, de la bandera nacional, de la permanencia de la

Corona y del buen nombre y disciplina del Ejército. Es —y discúlpese la posible ligereza de las

palabras— algo así como «la cartilla» que un grupo de servidores de la nación le han leído a los

responsables de la política directa.

Los acuerdos son, de alguna forma, históricos: trazan la línea divisoria entre lo que es discutible a nivel

de opciones y lo que los Ejércitos defenderán por encima de cualquier convicción. Para los grupos

políticos que estos días han sacado sus efectivos a la calle en son de protesta, debe quedar este gran

ejemplo: «Ante el hecho consumado de la legalización del PCE, por patriotismo, y considerándolo un

deber de servicio a la Patria, lo aceptan.» Es una gran muestra de dignidad. Cuando era fácil la tentación

de la demagogia y cuando se podía tender fácilmente al encierre en posiciones dogmáticas, se impuso el

patriotismo. ¿Cuántas veces se ha pedido esta palabra a las fuerzas políticas?

Dicho esto, el país puede volver a mirar a las elecciones. Se superó una crisis, se superó, al menos por el

momento; y la crónica política se dispone a volver a sus senderos habituales. «Centro Democrático» es

hoy el centro de todas las atenciones. Y ya no porque se espere que lo encabece Adolfo Suárez —

hipótesis que hay que comenzar a descartar—, sino porque debe ser la alternativa fuerte que se ofrezca

entre el conservadurismo y la izquierda marxista. Desgraciadamente, no sabemos en qué onda de

conexión política se mueve la sociedad española. Pero algo es previsible. Ese algo es lo que demuestran

los ecos de las manifestaciones del PC y de «Fuerza Nueva». Ambas han sido contempladas por curiosos,

pero no seguidas. ¿Qué quiere decir esto? Que la sociedad normal, que no redacta manifiestos ni tiene

acceso a los periódicos, contempla los dos extremos de la baraja, pero no participa de ellos. Está en un

«tierra de nadie» que alguien tiene que conquistar. Ese «alguien» debían ser las opciones moderadas,

modernas, abiertas, partidarias del cambio en profundidad, pero no revolucionarias.

Jueves 14 abril 1977

 

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