Autor: ARVIS. 
   Carrillo y cierra España     
 
 El Alcázar.    12/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

"¡CARRILLO, Y CIERRA ESPAÑA!"

Pese a los ataques de sus enemigos el fervor apostólico del comunismo internacional no desfallece. Su

celo redentor es bien consciente de que aún queda mucha mediocridad, mucho resentimiento y mucha

estupidez en el mundo para asegurar que sus frutos seguirán germinando. Es notoriamente reconfortador

por ejemplo, el generoso liberalismo con que, con su proverbial desinterés por los beneficios, los

capitalistas dan una entusiasta bienvenida a la nueva moda del eurocomunismo que cubre con disfraces de

placidez sus viejos y alarmantes designios.

Aunque todavía faltan algunos años para 1984, resulta entristecedor que muchos españoles persistan en

dudar de la imparcialidad de sus medios de comunicación y en criticar injustamente a la tolerancia

democrática de gran parte de la prensa, radio y televisión españolas hacia los devotos portavoces de la

izquierda.

Ese incorregible público español demuestra así no haber alcanzado aún un grado europeo de desarrollo

para reconocer al fin que los derechos sólo corresponden a la oposición extremista, sobre todo cuando

emplea la violencia. Al resto de la sociedad decente, trabajadora y moderada sólo le competen deberes,

entre los cuales cabe destacar la obligación de aceptar los violentos ataques de sus enemigos y de

rendirse, pero siempre con toda serenidad, ante sus crímenes y amenazas.

Es de lamentar sobre ello

que, desdeñando tan evidente deber moral, las fuerzas del orden españolas se empeñen en rechazar

las equitativas reglas de juego del terrorismo, que con injustificable obstinación resistan a dejarse asesinar

por la espalda, sin comprender que en esta nueva era, sus deberes ya no consisten en perseguir la

subversión y el crimen, sino en aceptar voluntariamente su sacrificio personal dando así ejemplos muertos

con resignada serenidad.

Pese a esos focos de resistencia, la verdad va abriéndose paso poco a poco, y las amnistías, cada vez más

amplias y generosas para delincuentes, prueban que ya empieza a germinar la sabiduría del "doublethink"

que tan elocuentemente describiera Orwell en su vaticinio de un edén comunista para 1984. Con ella,

axiomas comparables a los de "la guerra es paz", o "la esclavitud es libertad" podrían pronto adornar el

panorama político y laboral de España.

Mientras el resto del mundo parece haber perdido la razón al pretender equiparar los derechos de los

devotos comunistas a los de los paganos que aún creen en la dignidad del hombre, bajo el absurdo

pretexto de defender los derechos humanos, con renovado fervor España podría patrocinar una redentora

contrarreforma. Para iniciarla, ha comenzado a desprenderse gradualmente, pero con noble

determinación, de los lazos que sostienen su unidad nacional, de la injusta prosperidad económica y de la

estabilidad social y laboral de un pasado fundado en anticuados valores éticos y religiosos, hasta

conseguir el progreso espectacular que España tuvo que soportar durante las últimas décadas.

En reconfortante paradoja, como así lo reconociera el camarada Breznef, mientras un mundo ingrato

critica los métodos de persuasión que los bolcheviques usan para mantener a los descarriados en el redil

comunista y ataca a las piadosas torturas, a los balsámicos tratamientos psiquiátricos y a los saludables

interrogatorios, como el que llevó al filósofo checoeslovaco Jan Potocka a una muerte prematura, dentro

de sus misericordiosos campos de concentración, España coquetea ilusionadamente con los requiebros de

la inescapable protección marxista. Si su manto bienhechor lograra cubrir finalmente a los españoles,

éstos podrían disfrutar de las mismas bienaventuranzas que los indochinos están recibiendo en Vietnam,

Laos y Cambodia como legado propicio de la previsora Diplomacia de Henry Kissinger.

Frente a la reciente y descarada audacia del presidente Cárter al intentar inmiscuirse en asuntos internos

de ese Vaticano de la justicia que tiene su sede en el Kremlin, resulta consolador saber que en España

quedan fieles como Santiago Carrillo quien, si fuera necesario, no vacilaría en repetir sus autos de fe de

Noviembre de 1936 en un nuevo Paracuellos, o apóstoles como Felipe González que prueban su sincera

identificación con los intereses y anhelos obreros conduciendo un proletario Mercedes Benz, para

confirmar con ejemplos sus prédicas contra los largos años de opresivo progreso y de tiránica prosperidad

de la era reciente.

De ellos surge la confianza de que, con el izquierdismo, en España ha empezado un nuevo atardecer. Al

acercarse sus sombras, resulta conmovedor comprobar el fervor penitencial de todos aquellos que, para

acceder o permanecer en el poder una vez sepultado su antiguo líder, se han rasgado las túnicas para

arrepentirse públicamente de sus lealtades pasadas y para confesar con convincente sinceridad de sus

sentimientos liberales, democráticos o socialistas que por mucho tiempo debieron gemir ocultos, pero que

ahora pueden destaparse sin temor. Tan emocionante conversión hacia la izquierda se ha visto celebrada

con numerosas y ruidosas manifestaciones y huelgas en la calle y en el trabajo, con virginales

exaltaciones del destape en teatros, cines y revistas, y en la carnavalesca profusión de inscripciones en las

paredes de las calles españolas, tal vez como una réplica moderna del festín de Baltasar.

Quizá como símbolo o como ejemplo de este nuevo orden en España, un gran anuncio ha aparecido

recientemente en varios puntos estratégicos de Madrid. Con apropiada reverencia hacia los sentimientos

religiosos y al buen gusto del público, ese anuncio exhibe dos rollizos traseros femeninos que desbordan a

unos minúsculos "jeans" importados bajo el nombre de "Jesús" y presididos por un mandamiento de sabor

bíblico y profanador que ordena, "SIGÚENOS".

Tal anuncio podría representar un anticipo de las liberaciones eurocomunistas que aguardan a los

españoles y que quizá no se diferencien mucho de las que el mar ofrece a los "lemmings" nórdicos cuando

se lanzan a él. Salvo que al empujar a España a una zambullida similar se la acompañará con el grito

redentor de "¡Carrillo, y cierra España!"

ARVIS

 

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