Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Optimismo y pesimismo en política     
 
 El País.    27/09/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL PAIS, miércoles 27 de septiembre de 1978

TRIBUNA LIBRE

Optimismo y pesimismo en política

MANUEL FRAGA IRIBARNE Secretario general de Alianza Popular

Todos conocen el chiste de que el optimista es uno que, por si acaso, se pone a estudiar el ruso; mientras

que el pesimista es el que se lanza a aprender el chino. Optimismo y pesimismo son siempre actitudes

relativas, en función de la información de que se dispone; y también es conocida la frase de que un

pesimita es un optimista mejor informado.

Por supuesto que, ante una misma información, es posible más de una reacción; lo que está en relación

con la experiencia y temperamento de cada uno, y también ante los objetivos últimos que se persiguen, y

los criterios de valoración. Lo que es bueno para uno es malo para otro, en más de una ocasión. Y cuando

el maximalismo de los objetivos se desborda, como ahora, lo que para la mayoría es una monstruosidad,

parece plausible para unos terroristas, en función de lo que ellos persiguen.

Tenemos, sin embargo, que buscar unos criterios objetivos de valoración. Si unos montes arden, el año

siguiente puede haber un pasto mejor para las cabras, pero, indudablemente, el balance es malo para el

conjunto. Si año tras año el crecimiento del producto nacional es nulo, o casi nulo, y la población sigue

aumentando, sin grandes posibilidades de emigración, es indudable que la cuota por persona va a menos,

y ha de descender el nivel de vida. Si el número de procesos criminales aumenta en más de 70.00 al año,

con una cuota de crecimiento de alrededor del 30%, es difícil calificar estas cifras de irrelevantes, porque

los números son claros.

Tampoco cabe decir que tales cosas no deben ser subrayadas porque eso crea pesimismo y derrotismo.

Todo lo contrario. La actitud optimista es la que, no ignorando la realidad, se enfrenta con ella, para

superarla y reemplazarla por otra mejor. El verdadero pesimismo consiste en engañarse a sí mismo,

convencido de que, en el fondo, no hay nada que hacer.

Decir que va mal el orden público en España es simplemente tomar constancia de hechos indudables.

Asesinatos; raptos; amenazas graves; impuestos revolucionarios, cobrados a punta de pistola; centenares

de familias obligadas a vivir fuera de su tierra. Banderas quemadas delante de las propias autoridades, sin

que se ordene la intervención de la fuerza pública. Entre tanto, se sanciona y suspende a los directivos de

la Asociación Profesional de la Policía, se purga a los mandos de la Policía Armada; se traslada y

expedienta sin cesar a los responsables del orden público.

Hemos tenido un buen año hidráulico, agrícola y turístico; pero en lo que no baja del cielo,

hemos.seguido en pleno estancamiento. Y sólo el retornar al desarrollo industrial puede resolver nuestros

problemas. Pues bien, a los precios actuales del dinero, al nivel actual de inflación, y en las circunstancias

de acción sindical en muchas empresas, la reluctancia a invertir es total; y en el caso de algunos grupos

extranjeros no sólo no se invierte, sino que se van retirando de lo que ya tenían. Créditos a corto y a

medio plazo sí se encuentran, pero eso aumenta un endeudamiento ya fuerte. Y no pocos capitales

españoles se están inviniendo fuera; muchos de ellos, afortunadamente, en Iberoamérica.

Recordar estas cosas no es hacer pesimismo, ni echarle la culpa a la democracia, ni proponer ningún

golpe como solución. Es, cabalmente, todo lo contrario: es decir que estos problemas existen, que pueden

y deben ser acometidos, y que gobernar consiste en hacer frente a los problemas y asumir las

responsabilidades correspondientes.

Mantengo un optimismo básico sobre España. Creo en su profunda vitalidad, porque ha conservado un

arranque idealista y una capacidad de renovación superior a la de otras naciones de Europa. Pero esas

fuerzas vitales se pueden perder sin la adecuada vertebración. No es el camino para lograrla el desmontar

primero íntegro el Estado, y proceder a inventarlo de nuevo; sino, como hicieron los ingleses, ir

injertando en el viejo tronco las nuevas instituciones, de forma que en ningún momento haya vacío de ley

de autoridad capaz de aplicarla.

Se está haciendo lo contrario: testigos claros, la forma en que se operó en su día con la organización

sindical, o ahora se está actuando con las instituciones penitenciarias. Y esto no puede continuar.

Lo que justamente está erosionando la confianza del pueblo español, y haciendo que las gentes no se

interesen por las tareas parlamentarias y pierdan el respeto por los partidos políticos, e incluso que lean

menos los periódicos y semanarios, es el ver que nos hemos pasado un año discutiendo declaraciones

abstractas, principios generales y renovaciones en un frente institucional muy amplio, mientras en la

práctica todo seguía igual, tirando a peor. Si, en cambio, se hubieran hecho este año tres reformas claras y

efectivas, y otras tantas el próximo, y si se hubiera visto en cada caso resultados concretos y positivos, las

cosas serían muy diferentes.

El optimismo sólo vendrá de la acción decidida y eficaz sobre temas concretos. Los planes de vivienda y

de escuelas pudieron haber sido buenos ejemplos; pero nunca más se supo. Y eso es lo que la gente, con

razón, llama gobernar.

He recorrido mi querida tierra gallega este verano, de Ribadeo a Laguardia, de Viana del Bollo a

Puentedeume, de El Grove a Quiroga. Los montes ardían sin control alguno; la flota de altura regresaba

de sus caladeros tradicionales; la autopista del Atlántico seguía parada, en el tramo clave Vigo-

Pontevedra, con un puente colgante sobre el estrecho de Rande que ha costado más de 3.000 millones, sin

usar hace un año; con asesinatos terroristas en mi viejo mercado de Santiago, por el que pasé tantas veces

de estudiante. Lo que más me preocupó fue la falta de ilusiones, de empresas, de planes para los años

próximos, y que nadie esperaba nada de las nuevas instituciones preautonómicas. Sólo unos grupos

activistas, pero todos con planteamientos negativos: matar guardias, quemar montes, cerrar fábricas, parar

obras públicas.

Así no podemos seguir. Hágase la libertad, hágase la democracia, hágase la justicia, hágase la reforma;

pero haciendo España, no deshaciéndola.

Los que vemos repetirse inexorablemente el destejer de etapas anteriores de nuestra Historia

contemporánea pedimos que se eviten los mismos errores, no somos inmovilistas, ni nostálgicos, ni

pesimistas respecto de nuestro gran pueblo. Todo lo contrario. Lo que pedimos es seriedad, prudencia y

espíritu constructivo.

Estoy persuadido de que gran parte de los españoles se están dando cuenta de lo que va de lo pintado a lo

real. Aún es tiempo de enderezar las cosas. Hace falta juego limpio, información veraz y que cada uno

ocupe su sitio.

El hombre de Estado con experiencia no espera nunca soluciones fáciles, ni gratitud permanente, ni

actitudes gallardas en todos los ciudadanos. Mantiene su optimismo en el manantial de lo popular, y en la

verdad que al final imponen los hechos sobre las imágenes. La hora de la verdad se acerca, más allá de las

pequeñas pantallas. En ella confiamos.

 

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