Autor: Nieto, María del Carmen. 
 En exclusiva para Pueblo. 
 Habla Lister     
 
 Pueblo.    26/11/1976.  Página: 8,10. Páginas: 2. Párrafos: 57. 

26 de noviembre de 1976 PUEBLO

Dentro de pocos meses cumplirá setenta años. De los cincuenta que hace que se formó el Partido

Comunista, cuarenta y tres de su larga vida han estado dedicados a él. Enrique Líster, setentón, vigoroso

y lleno de energía, con hirsutas cejas que le dan un enorme parecido con el Presidente Breznev y con una

vitalidad algo fuera de lo normal; ha tenido la gentileza de recibirme en casa de su hija Carmina.

N0 podría decir cómo era en sus años mozos. Pero ahora, ya de vuelta de muchas cosas, y con deseos

de seguir conociendo otras, Líster, el creador del Quinto Regimiento durante nuestra guerra, es un

hombre pausado, duro, fuerte y afectuoso. Tras los cristales de sus gafas y bajo las encrespadas cejas me

contemplan unos ojos en los que en ocasiones aletea una sonrisa, otras un recuerdo y ¿por qué no?

también un algo de afecto por todo cuanto le habla y evoca a España.

Cuando llegué a la barriada de las afueras de París, donde reside su hija Carmen con su marido,

catalán de origen, y sus tres hijos, tengo que reconocer que llevaba mi poquito de miedo. Muchas fueron

las personas que me habían hablado de su genio, de que era violento, y miles de cosas más.

Con tales recomendaciones iba en la idea de encontrarme con un energúmeno.

Debo decir que me decepcionó, lo cuál me encantó. No me encontré con ningún «coco». Tuve la suerte de

descubrir un ser que me recibió amablemente.

No estaba solo; le acompañaba su yerno y un miembro de su partido, Luis Bala-guer. Las sonrisas surgían

por doquier, pero el recelo también existía.

EN TENSION

Se inició la charla como una especie d« precalentamiento, y poco a poco fuimos en-contrándonos más

tranquilos y relajados, no sólo yo, sino Líster y Balaguer. La ten-sión iba cediendo.

La hija de Líster, Carmen, nos había pre-parado una sala para que pudiéramos char-lar más a gusto y sin

interferencias. Todo hay que decirlo, los hijos de Líster tienen una casa acogedora y confortable en la que

no falta ningún detalle, hay incluso un te-levisor en color.

Como dicen que lo que bien empieza, bien termina, decidí iniciar mi conversación ha-blando de poesía y

de poetas. Quienes co-nozcan a Machado recordarán la poesía que dedicó a Líster: «Si mi pluma valiera

tu pistola de capitán, contento moriría».

—A usted, que le han cantado sus gestas poetas como Antonio Machado, Miguel Her-nández, que incluso

uno de sus hijos era o es también poeta, un hombre de lucha ¿qué opina de ellos?

Ríe cuando le menciono la afición de su hijo Enrique.

—Bueno, precisamente en mí libro «Nues-tra guerra» doy mi opinión sobre los poetas. En ciertos

momentos, sobre todo en los de lucha, de combate, la poesía a veces valía más que diez discursos o veinte

órdenes. Yo diría que eran elegías para empujar al combate, para hacer que los hombres se esforzaran en

superarse. Luchar con más decisión, con más entusiasmo, con más va-lor. Yo he considerado durante la

guerra, ya que en aquel entonces fue cuando tuve oportunidad de verlo de una manera real y viva, lo que

representaba la poesía al ser-vicio de la lucha. He sentido una gran con-sideración por poetas y por

intelectuales. He tenido un equipo incluso bastante am-plio. Había escritores, poetas, estaban no sólo

Miguel Hernández, Herrera Peter; es-taban otros que hicieron un gran trabajo desde este punto de vista y

que les llamá-bamos nosotros cariñosamente «el batallón del talento». Ellos eran los que sacaban pe-

riódicos. preparaban nuestra propaganda, etcétera.

"A ver si hay un tribunal capaz de condenarme por haber combatido en el frente de batalla "

"El eurocomunismo es una deformación"

(que se han sacado de la manga los que aban-donaron los principios básicos del partido)

—Desde que está en el exilio, ¿cuántos libros ha escrito?

—Escribí «Nuestra guerra», «Basta» y, luego, folletos sobre las bases yanquis en España. Una denuncia

sobre el punto de vista —con toda una serie de datos— de lo que eso significaba.

—Y de las célebres «Memorias», ¿qué puede decirme? ¿Cuándo salen?

—Eso va lentamente, porque tengo que hacer otras cosas, y no puedo dedicarle to-do el tiempo que yo

quisiera.

—Entonces, ¿para cuándo pueden salir?

—Yo pienso que para el próximo año po-drán estar en la calle. En realidad están prácticamente hechas;

sólo estoy dándole los últimos retoques.

—¿Ya tiene editor?

—No, no me he preocupado todavía de buscar editor, primero quería concluir todo el trabajo.

—Señor Líster. en sus «Memorias», ¿hace muchas denuncias?

"Si se me quiere juzgar, que se me dé un pasaporte y se me juzgue”

NO DENUNCIA, CUENTA

Antes de contestarme hace un mohín du-bitativo. Como evadiendo la cuestión.

—Bueno, yo hago el relato de una vida, de mi vida. La vida de un luchador. La vida

de un obrero, la vida de un niño, que a los once años le sacan de su aldea de Galicia y le llevan a Cuba,

sin saber leer ni escribir. Sin haber tenido la posibilidad de ir a la escuela. Que allí trabaja, que allí

aprende un oficio, el de cantero, que allí se hace comunista a los veinte años. Que empieza esa vida de

comunista en el año veintisiete, en Cuba. Y luego ya la vida continúa de luchas sociales, de luchas como

revolucio-nario. Después viene la guerra, y esa lucha prosigue. Entonces, pues, las «Memorias», en ese

relato, son toda una serie de datos que yo he vivido, mi opinión sobre esos hechos, sobre acontecimientos,

sobre hombres, so-bre mi participación en ellos. Es decir, yo procuro relatar lo que he vivido y en lo que

yo mismo he participado. Cómo yo he visto las cosas, etcétera. Huyo de hablar de cosas en las que no he

tomado parte. En donde no he tenido una participación directa. Como comprenderá, eso resulta un tema

muy lar-go a desarrollar, por algo son setenta años de mi vida.

En este momento de la charla, su yerno Mark entra en la sala donde estamos reunidos y nos sirve un café.

—Señor Lister usted tendrá que vivir de algo, ¿sigue cobrando el sueldo del ejército rojo?

—No, yo no cobro de ningún sitio. Yo vivo dedicando mi vida al trabajo del par-tido y por tanto vivo de

la ayuda que me dan mis camaradas para que pueda dedi-carme por entero a él. Bueno, y mis hijos que

me echan una mano. Debemos de recordar que Enrique Lister fue general de los ejércitos republicano,

ruso, polaco y yugoslavo y en la actualidad es el secre-tario general del Partido Comunista Obrero

Español (P. C. O. E.).

—¿Cree usted que el ser secretario ge-neral del P. C. O. E. ha podido ser un factor en su contra para que

le concedieran el pasaporte y poder volver a España?

Tarda unos segundos en responder, Cuando lo hace habla con énfasis.

—No sé en qué se basa el Gobierno es-pañol para no darme el pasaporte. Sí se basa en mi vida de lucha, a

otros que tam-bién tuvieron una vida de lucha se lo han dado. Si se basa en mi participación en la guerra,

es cierto que yo he estado toda la guerra en los frentes de batalla y era mera-mente responsable de mi

actuación en ella. Y estoy orgulloso de ello. Y en mi opinión es que si de algo tenemos que no estar

satisfechos los que hemos hecho la guerra en el lado republicano es de no haber dada más de lo que dimos

para obtener la vic-toria que nuestro pueblo necesitaba. Por lo tanto yo no me arrepiento de haber lucha-

do con la energía que luché. Yo no he0 tenido jamás ninguna actuación en la re-taguardia, por tanto no se

me puede acusar de cosas similares. En cuanto a mi activi-dad en los frentes de batalla, ahí están las

batallas, ahí están los lugares donde he estado y en fin ahí están los jefes militares del otro lado. Ellos

mismos pueden decir lo que piensan de mi actuación en la guerra.

—Volviendo a lo del pasaporte, señor Líster, ¿usted se acogió a la amnistía? ¿Se consideró incluido

dentro de ella?

—Cuando se concedió la amnistía yo pensé que tendrían el suficiente sentido común, entre otras cosas,

para resolver problemas como el mío y que tendrían una forma de darme el pasapurie sin más his-torias.

Al final me lo tendrán que dar. Al final yo iré a España. ¿Qué pasó con mi mujer? Primero no se lo

querían dar y aho-ra se lo dan. Y con respecto a la amnistía, cuando fui el 4 de agosto y hablé con el

canciller primero y luego con el cónsul, les dijo: «No vengo a acogerme a ninguna amnistía, porque no he

cometido ningún delito, por tanto, no tengo que acogerme a ninguna amnistía ni derecho de amnis-tía; lo

que pasa es que aprovecho esta ocasión, porque creo que es buena, para pedir mi pasaporte, pero no como

amnis-tiado. A mí no hay que amnistiarme de nada, porque yo no he cometido ningún delito. Si se me

quiere juzgar, que se me dé el pasaporte, voy a España y que se me juzgue. A ver si hay un tribunal capaz

de condenarme por haber combatido durante tres años en los frentes de batalla. Los pri-meros que estarían

indignados de eso se-rian los generales que quedan con vida y que combatían al otro lado. Ellos me

conocen mejor que nadie y me consta que me considerarán con respeto, como yo he considerado con

respecto igualmente a mi-litares que efectivamente se han compor-tado tomo tales.

- FINANCIACION

Se levanta mientras habla y anda de un lado para otro de la habitación con agi-lidad, con fuerza.

- ¿Son muchos los miembros que tiene el P. C. O. E. actualmente?

-Bueno, somos todavía un partido mo-destito, modestito. En medios modestitos. Vienen militantes, pero

lo que sí tengo es una gran seguridad en cuanto al futuro.

-¿Quién financia su partido?

Me mira, con un cierto asombro.

—Naturalmente que los militantes y los simpatizantes exclusivamente. Nuestros me-dios salen

absolutamente de esas suscrip-ciones.

—¿Pero no hay ninguna potencia que les subvencione?

—En absoluto. Y esto es consecuencia de la no oficialidad. La oficialidad tiene sus ventajas desde este

punto de vista.

—Señor Líster, usted, que procede de los mismos orígenes del comunismo, ¿qué opi-nión le merece el

eurocomunismo?

Sonrie escépticamente.

—Bien, el eurocomunismo es una de las muchas deformaciones que se han sacado de la manga unos

cuantos señores que han abandonado totalmente lo que son los prin-cipios básicos de lo que es un partido

comunista. Esa es la opinión que me me-rece. Han renegado de todo lo que es la base de un verdadero

partido revolucio-nario. Le pueden llamar eurocomunismo o euro, lo que, les dé la gana. El

nombre, pensándolo bien, es bonico.

—Hagamos un poco de historia: ¿por que no nos cuenta qué papel tuvo en la guerra el Quinto

Regimiento?

—Bueno, el origen del Quinto Regimiento hay que verlo un poco anterior a la guerra. Esto nos lleva a

hablar de los años 30 y 36, que tienen bastante parecido con lo que es tamos viviendo hoy, y después de la

procla-mación de la República y de que las masas trabajadoras, el pueblo, no recibiera y no tuviera lo que

esperaba. Cuando vieron que todo seguía igual, comenzaron a desarro-llarse las luchas. Las luchas en el

campo, en las ciudades, en las fábricas, en las Uni-versidades... En ese período surgieron las milicias

obreras y campesinas, que tenían un papel más bien defensivo. Después, cuan-do surge la sublevación,

son ellas las que encabezan, sobre todo en Madrid, el asalto a los cuarteles para obtener las armas, et-

cétera. Y eso fue la base para la creación automática del Quinto Regimiento, de toda una serie de

destacamentos. Con estas mi-licias obrero-campesinas nos apoderamos del convento de Francos

Rodríguez, y de otros lugares de Madrid y comenzó la for-mación del Quinto Regimiento. Que comen-zó

siendo eso, centenares de hombres, luego millares y, por último, decenas de millares, con cuarteles en una

serie de puntos de Madrid y en otras provincias de España, y llegó a tener setenta mil hombres. Con sus

escuelas...

(Se interrumpe y se echa una copa de Armagnac.)

—.... Con sus cuadros de cultura, de todos los aspectos, como un pequeño ejército. En cierta forma fue un

ejemplo de organiza-ción militar.

—Quiero ahora hacerle una pregunta también de historia, pero de una historia más reciente. ¿Por qué

apoyó usted la invasión de Checoslovaquia?

—Si usted me hace esta pregunta, como si ello fuese la base de mis discrepancias con Carrillo, de mi

ruptura, etc., le diré que eso no corresponde a la realidad. En lo que se refiere al Partido Comunista de Es-

paña, las discrepancias venían de mucho antes de asunto checoslovaco y la verda-dera causa de las

rupturas que se han producido no tienen nada que ver. En re-lación con ello, una parte del partido estuvo a

favor de la entrada de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia, la mayor parte. Otros

estuvieron en contra, Esto no hubiera pasado de ser un episodio dentro del P. C. de España, como lo fue

dentro de otros partidos comunistas. Unos estaban por y otros, en contra. Muy bien. la historia dirá quién

tenía razón. Pero en el P. C. de España tuvo una repercu-sión infinitamente mayor que en otros par-tidos,

porque la ruptura venía de mucho antes. La ruptura venía de que en el par-tido había ana creciente

oposición con-tra la política oportunista y revisionista del grupo Carrillo.

"Voy a cumplir

setenta años y duermo como un lirón"

• LA RUPTURA

Se interrumpe mientras coge una galle-tita de la bandeja.

—¿Me entiende? Asi se explica que ya en los últimos años 50 y en los años 60 miles y miles de

comunistas fueran expul-sados del partido. Se habían marchado. Ha-bían roto. Porque no estaban de

acuerdo con la política que practicaba la direc-ción del partido. Con lo de Checoslovaquia esa ruptura se

precipitó, porque también las medidas brutales de Carrillo y com-pañía se aceleraron. El expulsaba ya poi

organizaciones completas. Entonces esas or-ganizaciones se organizaban por su cuenta, sobre todo en la

emigración, y se levan-taban también contra él. Por eso el querer buscar la causa de todos los males del

movimiento comunista español en el acon-tecimiento de Checoslovaquia es completa-mente falso. Por

ejemplo, nosotros dos —menciona a Luis Balaguer, que fue quien creó el Batallón Alpino durante la

guerra—, él miembro del Comité Central y yo miem-bro del Comité Ejecutivo, juntos con otros

miembros de la dirección del partido, rom-pimos en el Pleno de agosto de 1970. Nos otros no teníamos el

deseo de romper. Nosotros queríamos seguir llevando la lu-cha como la veníamos llevando desde hacía

muchos años. Queríamos corregir la polí-tica que Carrillo imponía al partido y atraer éste a una verdadera

política revo-lucionaria. Pero no nos quedó más remedio que romper ante la situación que se nos planteó.

—¿Pero fue ruptura o expulsión?

—Fue ruptura. En ese Pleno, que tenia que durar seis días, Carrillo montó, sin embargo, muy bien todo el

tinglado, y lo puede comprobar en mi libro «Basta», don-de están relatados precisamente esos pri-meros

momentos y lo que venía de atrás. Pero al abrirse la reunión, que presidia Sánchez Montero, pues Carrillo

lo había preparado de antemano para que fuese éste y no el presidente del partido, Dolo-res Ibarruri,

frente al orden del día pro-puesto por ellos yo propuse otro orden del día. Quise explicar el orden del día y

no se me dejó. Entonces, en esas condiciones, dije que a mí no me interesaba seguir y que me retiraba, y

junto conmigo se fueron otros miembros del Comité Central. Es de-cir, que esa historia de la expulsión

vino más tarde. Cuando se dieron cuenta que no podían decir que yo había roto, fue entonces cuando

dijeron que me habían expulsado.

—Pero, ¿surgió todo debido a la historia de Checoslovaquia?

—En absoluto. Ellos han querido resaltar eso, buscando, claro, un motivo que pudie-ra sensibilizar a

alguna gente. Claro, como diciendo, yo general soviético, yo. tal, yo digo amén a eso que ellos han hecho.

No, mi lucha contra Carrillo, contra sus méto-dos, venía de mucho años antes. Eso era conocido en la

dirección del Partido. Eso no salía fuera, porque yo no quería ni te-nía interés en que saliera fuera. Pero,

¿y los miles y miles de comunistas que se mar-charon o que fueron expulsados? Esos son del año 62, 63 y

64. ¿Dónde están los que se marcharon antes de lo de Checoslova-quia o que habían sido expulsados por

su desacuerdo con la política de la dirección del partido? Por ejemplo, la política de re-conciliación

nacional. Cuando se planteó esta cuestión en 1.957 estábamos de acuer-do. Todos, y yo el primero, tal y

como se planteaba en la letra. Es decir, el problema se planteaba así: la guerra la hemos per-dido por igual

los que hemos combatido de un lado de las trincheras, como del otro. Porque, ¿es que los que combatían

en las trincheras llamadas "nacionales" eran me-jores que los que combatían en el campo republicano?

No. Tan víctimas son unos como otros. Entonces, de lo que se trata es de cerrar las trincheras de la guerra

civil y encauzar la acción de los unos y de los otros, de la clase obrera, del campesinado, de la

intelectualidad, de los españoles, de poner fin. Desde ese punto de vista, la cuestión estaba planteada

justamente. Para nosotros, los que habíamos estado en el frente, las trincheras de la guerra civil es-taban

bien cerradas...

? ESTA TRANQUILO

Se vuelve a interrumpir para tomar un trago de Armagnac.

--...En realidad, ya se cerraban al termi-nar cada combate. Nos habíamos batido a matarnos los unos a los

otros, pero ahí se había acabado. Pero, ¿qué quería Carrillo y compañía? ¿Qué quería? Lo que ellos que-

rían no era la reconciliación de los espa-ñoles, era la reconciliación de clases que es lo que están haciendo

hoy.

—¿Se arrepiente de algo de lo que haya hecho durante su vida, tanto de sobado como de hombre?

Sonríe abiertamente.

—No me arrepiento de nada, porque siempre hice lo que creía justo. Fui un soldado responsable y

consciente en todo momento. Si tuviera que repetirlo creo que haría lo mismo. Bueno, quizá procuraría

suprimir algún que otro error, porque siempre se comete alguno.

—¿Nada le quita el sueño".

—Voy a hacer setenta años y duermo como un lirón. Me acuesto temprano y a las cinco estoy en pie. No

tengo motivos ni de ahora ni de antes para que perturben mi sueño. Me encuentro bien, no me duele nada.

Estoy sano.

—Señor Líster: ¿no ha pensado en reti-rarse ya? ¿No cree que ya tiene edad para dejar todas estas cosas y

estar tranquilo con sus nietos?

—En algunas ocasiones he pensado de-jarlo, pero no me dejan mis camaradas. No, mientras quieran que

yo esté donde estoy, aquí me tendrán.

Enrique Líster, un hombre fuerte y lleno de vitalidad. Un ser honesto con sus pro-pias ideas. Ni mejor ni

peor. Simplemente un hombre que ha empeñado hasta su ultimo suspiro por una causa que considera

justa.

PUEBLO 26 de noviembre de 1976

 

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