Autor: Novais, José Antonio. 
   ¿Quién mató a Julian Grimau?     
 
 El País.    07/11/1976.  Página: 13,14,16. Páginas: 3. Párrafos: 71. 

EL PAÍS SEMANAL, domingo 7 de noviembre de 1976/13

El 20 de abril de 1963 fue fusilado Julián Grimau, dirigente comunista del interior. Se le condenó por el

delito de rebelión militar continuado. El proceso seguido contra Grimau despertó la atención mundial,

sobre todo por el hecho de que poco después de su detención, y mientras era interrogado, su cuerpo fuera

a caer al callejón de San Ricardo desde el primer piso de la Dirección General de Seguridad. Tentativa de

suicidio o no (el sumario que se le abrió por este motivo fue sobreseído), el caso despertó la atención

mundial y ahora, al cabo de trece años, es objeto de un libro publicado por el grupo editorial Guadiana y

que esta semana se pone a la venta.

Uno de los temas que más preocupaban era saber si Grimau se había intentado suicidar, a raíz de su

detención, tirándose por una ventana de la Dirección General de Seguridad o no. La policía mantenía la

versión del suicidio. Es más, se le abrió un sumario en el Juzgado número ocho de

Madrid por intento de suicidio.

¿QUIEN MATO A JULIÁN GRIMAU?

José Antonio Novais

A medida que iba pasando el tiempo, la opinión pública internacional se sensibilizaba ante el futuro

Consejo de Guerra que iba a juzgar a Julián Grimau. Yo frecuentaba casi a diario el despacho profesional

que Amandino Rodríguez Armada, defensor del dirigente comunista, tenía por entonces en la glorieta de

Bilbao. Un despacho modesto, pero muy limpio y ordenado. El despacho era para mí un buen barómetro

para medir el interés que despertaba de fronteras afuera la situación del líder comunista. Allí llegaban

cartas de todo el mundo interesándose por Julián Grimau.

El viernes 4 de enero, recién estrenado el año 1963, llegaron tres médicos franceses: los doctores Pierre

Fraussa, Víctor Laffite y Miguel Sakka. con la pretensión de hacer un reconocimiento clínico a Grimau.

No pudieron hacerlo, ya que se les negó el permiso de visitar al detenido en el Hospital Penitenciario.

Cuando volvieron a París, en una rueda de prensa declararon: «Hemos podido hablar con el médico del

Hospital Penitenciario. Tenemos la convicción de que el detenido ha sido defenestrado.»

Uno de los temas que más preocupaba a los visitantes era si Grimau se había intentado suicidan a raíz de

su detención, tirándose por una ventana de la Dirección General de Seguridad, o no. La policía mantenía

la versión del suicidio. Es más. se le abrió un sumario en el Juzgado número ocho de Madrid por intento

de suicidio. Por eso se encontraba en el Hospital Penitenciario, curándose de sus heridas. Tenía roto el

parietal izquierdo y las dos muñecas. El mismo Amandino me había dicho: «Grimau no se acuerda de

nada.»

Otras personalidades se desplazaban a España para informarse. Al tener cerradas todas las fuentes

oficiales de información, el despacho de la glorieta de Bilbao era visita obligada: allí se obtenía

información.

El Consejo de Guerra, «sumarísimo»

El jueves 18 amaneció lluvioso. Yo apenas había dormido en casi toda la noche. Desde diversos

periódicos y emisoras extranjeros me pedían artículos y comentarios para publicarlos en el momento en

que empezara el juicio. Pero, ¿qué decir de este Consejo de Guerra? En mis manos sólo tenía un folleto

titulado Crimen o castigo, editado por los servicios de propaganda del Ministerio de Información y

Turismo, en donde Grimau. como indicaba el título, era un criminal, que había que castigarle. Pero los

folletos de propaganda no son fuente de crédito para los periodistas. Mucho menos cuando ese folleto

estaba editado por unos servicios que 48 horas antes habían negado que la instrucción del caso Grimau

estuviera cerrada.

Algo me hacía pensar que era muy probable que el Consejo de Guerra impusiera la pena de muerte. El

Consejo se celebraba el jueves y veinticuatro horas después se reunía el Consejo de Ministros bajo la

presidencia del Jefe del Estado. Dada la agitación internacional que había levantado este caso, era lógico

que si los jueces accedían a la petición fiscal el Gobierno quisiera mantener el suspense de si el reo iba a

ser graciado o no, el menor tiempo posible. Esas eran, más o menos, las consideraciones que había

transmitido a mis periódicos.

A las ocho de la mañana llegué a una cafetería que se encontraba en la calle de Leganitos, esquina a la

calle del Río. Allí estaba citado con unos colegas extranjeros. Mientras tomábamos café, a través de las

ventanas veía cómo la calle del Río. situada a pocos metros de la calle del Reloj, estaba prácticamente

ocupada por policías armados y policías de paisano. Cuando salimos de la cafetería lloviznaba. Nos

dirigimos hacia la puerta de los juzgados militares. Allí una larga cola esperaba el turno para entrar en el

juicio.

El grupo de periodistas nos apiñábamos ante la puerta.

Un sargento de la Policía Armada gritó:

— ¡Los periodistas, que entren primero!

Cuando entramos en la sala, la vista ya había empezado. El secretario del Tribunal, teniente coronel

Balbás, leía el acta de acusación de una forma un tanto atropellada.

Yo logré un asiento en la primera fila, justo detrás del acusado, que se encontraba a menos de dos metros

de mí, separado por una balaustrada.

A mi izquierda, el fiscal militar: el comandante Enrique Amado. De uniforme y con sable. Al comandante

Amado le había visto actuar en muchos consejos de guerra. Su voz era fuerte. Sus acusaciones siempre

iban envueltas en un lenguaje retórico en donde invariablemente se hacía referencia a la guerra civil

española. Sus respuestas a la defensa eran vivas, a veces algo violentas.

Enfrente, el Tribunal, con un crucifijo encima de la mesa, y detrás, sentados, el coronel presidente; a su

izquierda, el ponente, comandante Manuel Fernández Martín, y sentados, a su izquierda y su derecha, los

cuatro capitanes vocales.

El caso del comandante Fernández Martín es curioso y muestra no sólo un caso de la picaresca española,

sino también de las situaciones a que llevó el confusionismo producido durante la guerra civil.

El ponente, aparte del fiscal, es el único militar que tiene que pertenecer al Cuerpo Jurídico del Ejército;

es decir, que tiene que ser licenciado en Derecho. La misión del ponente es asesorar legalmente al

presidente y al Consejo. Pues bien, el comandante Fernández Martín no era licenciado en Derecho; si mal

no recuerdo, su paso por la Universidad fue de un año escaso y tenía aprobada una asignatura del primer

curso de la carrera.

Fernández Martín, al estallar la guerra, pasó a la zona franquista. Allí hizo una declaración jurada

afirmando que era licenciado en Derecho y que el título se encontraba en Madrid, en zona republicana,

por lo que no podía presentarlo. Ingresó en el Cuerpo Jurídico Militar, donde alcanzó, con el tiempo, el

grado de comandante. Actuó como ponente en centenares de consejos de guerra. Pocos meses después del

juicio de Grimau el Ejército descubrió la superchería y Fernández Martín fue expulsado de sus filas y

condenado a dieciocho meses de cárcel, que cumplió en la prisión de Alcalá de Henares.

No obstante, hay que señalar que el hecho de que el ponente no fuera abogado es un defecto de forma,

pero no invalida las sentencias del Consejo de Guerra. Las sentencias del Consejo de Guerra no son

firmes hasta que no las ha ratificado el capitán general de la región militar en donde se celebre el juicio.

El capitán general toma su decisión una vez oído el auditor jurídico de la Capitanía General. Este, que sí

era abogado el caso de Fernández Martín es una excepción en el dignísimo Cuerpo de Jurídicos

Militares—, es quien en definitiva tuvo que decir si la sentencia se ajustaba o no a derecho.

«Joven, pequeñito, de mirada inteligente»

Pero volvamos al Consejo de Guerra. A mi derecha, enfrente del fiscal, se sentaba el defensor militar,

capitán Alejandro Rebollo AlvarezAmandi. A su lado, en una silla, vestido con toga, el abogado civil

Amandino Rodríguez Armada. En aquella época los abogados civiles no podían defender acusados en los

consejos de guerra; Amandino se encontraba en estrados por deferencia del coronel que presidía el

Consejo.

Enfrente de mí estaba Julián Grimau. Era la primera vez. y la última, que veía al hombre del que se

hablaba tanto y del que yo tanto sabía por las conversaciones que había tenido con Amandino. Vestido

con traje azul. camisa blanca y una corbata azul a tono con el traje. Delgado, pálido, ligeramente

encorvado y medio calvo. Su rostro ovalado, en el frontal izquierdo, presentaba una gran oquedad. Allí

sentado, con las manos esposadas. rodeado de dos policías armados, resaltaba por su estatura. Yo llevaba

conmigo el folleto editado por Información y Turismo. El folleto era prácticamente el acta de acusación

puesta en lenguaje periodístico. Pero mientras se iba leyendo el acta de acusación, había algo que no

encajaba. ¿Qué? Al principio, por más vueltas y vueltas que le daba, no caía en ello. Miraba a Grimau, y

de pronto, al ver cómo era más alto que los guardias que le custodiaban, di con lo que fallaba.

En efecto, en el folleto indicado, una de las bases más fuertes de la acusación, uno de los testimonios más

contundentes, era un libro escrito por el ahogado Gabriel Aviles, al terminar la guerra, donde contaba sus

defensas ante los tribunales de Barcelona durante la guerra civil. El señor Aviles decía en un párrafo:

«Siempre y en todos los juicios de significación política aparecía como acusador el esbirro de la Brigada

de Investigación Criminal Julián Grimau García, joven, pequeñito, de mirada inteligente.»

Pasados veinticinco años, el hombre que tenía sentado delante de mí ya no era el joven pequeñito, era un

hombre maduro de 52 años, pero el tiempo no podía haberle hecho crecer. Era un hombre alto, que

mediría cerca de un metro ochenta. ¿Se habría confundido el abogado o se trataría de otro funcionario de

la Brigada de Investigación Criminal?

Después de la lectura del acta de acusación. Grimau, en pie, con voz suave, pero firme, va contestando las

preguntas que le hacen el ponente y el fiscal.

«Desde los catorce años no he hecho otra cosa que trabajar sin descanso. Actué a las órdenes del

Gobierno de la República, único para mí legítimo. Viví en España pobre y salí más pobre todavía...

Nunca he matado ni torturado a nadie...» Al final. Grimau quiere hacer algunas aclaraciones sobre las

causas que le produjeron la oquedad que presenta en la frente. El ponente. Fernández Martín, le ataja:

«Eso es motivo de actuaciones de la jurisdicción ordinaria y no puede traerse a colación en este acto.»

Al no comparecer ningún testigo, ya que tampoco habían sido citados, el fiscal, comandante Amado,

empieza la acusación.

La acusación del fiscal es prácticamente la historia de la vida de Julián Grimau durante los últimos

veintiséis años. Para el fiscal, el delito de rebelión empieza el 18 de julio de 1936, fecha en que Grimau

participa, con las milicias, en el asalto del cuartel de la Montaña, y termina el 7 de noviembre de

1962, el día que le arrestaron.

El 18 de julio Grimau pertenece al Partido Republicano Democrático (Federal), antes había pertenecido al

Partido Autonomista Gallego ORGA. Después de un corto período en el frente por orden de su partido,

hace, en el mes de agosto, unas oposiciones a la policía, donde ingresa en la Brigada de Investigación

Criminal, de la cual es el jefe al terminar la guerra en Barcelona. En el mes de octubre de 1936 el acusado

se afilia al Partido Comunista. Según el fiscal, durante su permanencia en la Brigada. Julián Grimau había

detenido a personas «adictas al Glorioso Movimiento Nacional», había requisado joyas de personas que

no habían querido entregarlas al Gobierno de la República. Se habia infiltrado en organizaciones

clandestinas franquistas para desarticularlas, entregando miembros de las mismas a los Tribunales

Populares, que les habían condenado a muerte. Estas personas, antes de entregarlas a la Justicia, habían

sido torturadas, muchas veces por el acusado personalmente, en una cheka de la cual era el jefe. Después

de hacer una detallada descripción de las torturas, el fiscal pasa a examinar la vida del acusado después de

la guerra civil. Refugiado en Francia, se va a América del Sur, «donde no pierde contacto con el Partido

Comunista», y regresa a Europa en 1943. En 1957 es elegido miembro del comité central del Partido

Comunista de España. Se instala en Francia y hace frecuentes viajes clandestinos a España, «protegido

por la incomprensible beligerancia de las naciones que se llaman amigas». En 1959. cuando Simón

Sánchez Montero es detenido, se hace el máximo responsable del aparato clandestino del partido.

Siguiendo la, línea del VI Congreso intenta organizar huelgas pacíficas, formar células en las fábricas,

distribuir documentos de propaganda, contactar intelectuales y formar las juventudes comunistas. Grimau

recibe de su partido 5.000 pesetas al mes para vivir.

Después de este amplio relato, el Consejo, la defensa, el acusado y todos los presentes se ponen en pie. El

fiscal va a hacer su petición. Es la primera vez que hemos visto al comandante Amado que le tiemble la

voz. Dice: «Por lo cual solicito la pena de muerte.»

Grimau permanece impasible al escuchar la sentencia. Tan sólo sus orejas se enrojecen.

El defensor, el capitán Rebollo, empieza su defensa. Rebollo es un hombre joven: veintiocho años. Al

empezar la guerra civil sólo tenía un año. Los hechos que se refieren a la guerra civil deben ser para él

sólo historia. Su defensa es brillante, sólida. Es una de las defensas más lógicas que hemos escuchado a

defensores militares en los consejos de guerra.

Intenta refutar los argumentos de la acusación uno tras de otro. No admite el delito de rebelión militar

continuado, por el cual el fiscal militar pide la pena de muerte. Para el defensor hay dos fases distintas:

una que va desde 1936 a 1939, durante la guerra civil: la otra corresponde a la actividad clandestina de

Julián Grimau durante el año anterior a su detención. En lo que se refiere a las actividades de Julián

Grimau durante la guerra, «suponiendo» —insiste el capitán Rebollo— «que tales delitos hayan sido

cometidos», según el Código de Justicia Militar no se les puede juzgar, pues el acusado no hacía otra cosa

que obedecer a un Gobierno que creía legítimo. El defensor señala que el nombre de Grimau no figura en

la Causa General y que al terminar la guerra ninguna denuncia ni ningún sumario se había abierto sobre

él, lo que no habría sucedido si sus actividades durante la contienda hubieran tenido la «perversidad» de

la que habló el fiscal.

Apoyado en estos argumentos, el capitán Rebollo pide la libre absolución de su defendido por sus

actividades durante la guerra civil, y por sus actividades clandestinas en España solicitaba qué le fuera

impuesta una pena de tres años de prisión, concluyendo: «Se trata más bien de una tentativa de delito que

de un delito. No intentaba turbar el orden público, y de hecho no lo ha turbado.»

La defensa de Rebollo irrita al fiscal, que responde nervioso y con términos desaforados. El defensor,

sereno, insiste en sus puntos de vista.

Al terminar estas intervenciones, un silencio tenso se ha hecho en la sala.

El silencio fue roto por la voz del presidente:

—Levántese el acusado y diga si tiene algo que alegar.

Grimau se puso lentamente en pie. Con la misma voz suave y firme negó los hechos que se le atribuían

durante la guerra civil: «Me hice policía por estimarlo más fructífero para nuestra causa y por disciplina.»

Sin embargo, recabó la entera responsabilidad por su acción clandestina: «Soy comunista y continuaré

siéndolo toda mi vida, Actuaré como comunista cada vez que tenga la oportunidad.»

Mientras ibamos saliendo a la calle, después de recoger nuestros carnets de prensa. Julián Grimau era

introducido en un coche celular que se encontraba dentro del edificio. El coche celular, fuertemente

escoltado, salió camino de la cárcel de Carabanchel.

Los periodistas, con los nervios vibrando, nos fuimos a tomar una copa en la misma cafetería que nos

habíamos reunido unas horas antes. Apenas hablábamos. Pensábamos lo difícil que era explicar a lectores

europeos que un hombre había sido condenado a muerte por «delito de rebelión militar continuado».

Delito que empezó el 18 de julio de 1936 y terminó el 7 de noviembre de 1962. cuando Julián Grimau fue

detenido en un autobús que iba desde la plaza de Manuel Becerra hasta la glorieta de Cuatro Caminos.

Para un lector francés, inglés o alemán le era muy difícil entender que intentar montar un sindicato en una

fábrica fuera un delito de «rebelión militar». Nos separamos. Nos fuimos a casa. Allí, entre café y café,

llamada de teléfono y teléfono, iban pasando las horas. Ya entrada la noche, un colega, no recuerdo quién,

me confirmó la noticia: el Consejo de Guerra había condenado a muerte a Grimau por «delito de rebelión

militar continuado». Había sucedido lo que no se esperaban la mayor parte de los observadores políticos.

Aunque era tarde, me dirigí al despacho de Amandino. Como me figuraba, estaba allí. Febril, agarrotado

al teléfono, que no dejaba de sonar. Le vi tan agotado que bajamos a tomar un café. Mientras sorbíamos el

café me contó su entrevista con Grimau.

Si no recuerdo mal, me dijo: «He visto a Grimau esta tarde. Sabe que su suerte está ya decidida. Así se lo

dice a todo el que habla con él. Solamente se lo ha ocultado, como es lógico, a su familia, que no se hacía

a la idea del trágico final de Julián Grimau.»

Con los ojos enrojecidos de sueño, cansancio o dolor. Amandino proseguía su relato, que yo no osaba

interrumpir.

«Le he manifestado que aún existen fundadas esperanzas.»

«Sí —me contestó—: pero ya verá cómo en estas circunstancias las esperanzas positivas fallan.»

«Tiene un valor y una sangre fría que es difícil no admirar. Ha sido él quien ha tenido que darme ánimos

a mí. Como hace con todos los demás. De una forma sencilla, sin ninguna fanfarronería.»

Mientras nos tomábamos otro café, el enésimo, Amandino, con fidelidad notarial, terminaba su relato:

«Nada más llegar a la cárcel ha hecho una especie de breve testamento espiritual. A sus amigos y

camaradas de la prisión les ha dicho: "Yo sólo os pido una cosa a todos: manteneos unidos, sed firmes,

continuad luchando aquí dentro y, cuando salgáis, dejad a un lado lo que os puede separar y colocad en

primer lugar lo que os une a todos: la lucha por el triunfo de nuestros ideales."»

«Más vale una injusticia que un desorden»

A las siete de la mañana suena el timbre del teléfono. Me llaman del extranjero, de un periódico.

—Novais, ¿algo nuevo?

—Nada. La sentencia aún no ha sido ratificada.

—¿Tu impresión?

—Que lo será. Todo depende ahora de la decisión que Franco tome en el Consejo de Ministros.

—Llámanos en cuanto sepas algo.

Ese viernes iba a ser fecundo en llamadas telefónicas. Los ojos de todo el mundo estaban pendientes del

palacio de El Pardo, donde, a las diez de la mañana, se había reunido el Consejo de Ministros. En

definitiva, del general Franco y de diecinueve hombres iba a depender la vida de Grimau. Siete miembros

eran militares, tres pertenecían al Opus Dei, el resto se repartían entre hombres del Movimiento y algún

técnico sin filiación política definida.

Mientras me afeitaba iba haciendo un cálculo de cuál podía ser la votación en el Consejo. Entonces no se

hablaba en España de halcones y palomas. Imperaba, ante todo, como regla de oro de toda la política, el

principio de mantener la autoridad. La frase de Goethe: «Más vale una injusticia que un desorden»

parecía haber sido acuñada, expresamente, para la dictadura franquista. Pero existían intereses. Castiella,

que había iniciado una política de acercamiento a Europa, sería, pensaba yo, uno de los que más

defenderían la conmutación de la pena de muerte. Por otra parte, un Gobierno que había iniciado un Plan

de Desarrollo no podría dejar de pensar en las consecuencias internacionales que podia tener para el

Gobierno la muerte del líder comunista.

Después de este amplio relato, el Consejo, la defensa, el acusado y todos los presentes se ponen en pie. El

fiscal va a hacer su petición.

Es la primer a vez que hemos visto al comandante Amado que le tiemble la voz.

Dice: «Por lo cual solicito la pena de muerte». Grimau permanece impasible al escuchar la sentencia. Tan

solo sus orejas se enrojecen.

Además, esa misma noche llegaba a Madrid Giscard d´Estaing, entonces ministro de Hacienda francés,

para gestionar un crédito francés de 450 millones de dólares para cubrir, en parte, los 2.000 millones de

dólares que a España le hacían falta para el Plan de Desarrollo. Dadas las reacciones habidas en Francia,

el fusilamiento de Grimau no ayudaría a que prosperara la petición, española al ministro de Hacienda del

general De Gaulle. En buena lógica política. Grimau debía ser indultado en bien de las relaciones

exteriores de España. En contrapartida, estaba el pensamiento de Franco y de muchos de sus ministros,

que creían firmemente en la conjura judeocomunista contra el Régimen. Los que pensaban que cualquier

recomendación o petición del exterior era una injerencia en la política interna del país a la que no había

que escuchar para defender la dignidad nacional. Como tercera posición estaba la propia declaración

programática del Gobierno que se había formado el 1 de julio del pasado año. El 14 de julio Fraga

comunicó a la prensa cuál era la línea programática del Gobierno. Se podía resumir que era la

liberalización dentro del marco del Régimen que no podía ser contestado. Fraga lo había dicho

claramente: «El Gobierno tiene la certeza que sus principios (los del 18 de julio) constituyen un camino

seguro y definitivo, específicamente español y fundamentalmente cristiano... El Gobierno no aceptará

nunca nada que pueda significar un paso atrás.» Pero, para el Gobierno, ¿la muerte de Grimau significaba

un paso atrás?

Mientras yo hacía estas elucubraciones. Amandino se movía febrilmente, llamando de puerta en puerta

para que intervinieran en favor de su patrocinado. A la hora de comer me telefoneó. Estaba desalentado,

pero dispuesto a seguir luchando. Me dijo: « He estado tratando de ponerme en contacto con las fuerzas

vivas de la nación. He llamado a todas las puertas: unas no se abrieron: otras se abrieron para darme

desesperanzas; otras, las menos, dejaban abierta una espita al optimismo. Pero el común denominador es,

en general, desalentador. Julián Grimau se ha convertido en una razón de Estado.

El abogado se había puesto en contacto con representantes de la Iglesia, en los que siempre había

encontrado la mejor predisposición. Le constaba la actitud positiva del primado de España, cardenal Plá y

Deniel, y de otros prelados, entre ellos el obispo de Lugo.

Acompañado de los letrados María Luisa Suárez Roldan y José Jiménez de Parga. el mismo día 19 se

entrevistaron con el nuncio apostólico en España. Le comunicaron los serios temores que abrigaban

respecto a la vida de Grimau. El nuncio les dio palabras de apoyo y consuelo. Les hizo promesas y los

tres letrados salieron con algún optimismo.

Aparte de las gestiones hechas por Amandino. otras personas significativas de la vida nacional hacían

gestiones para intentar evitar lo que parecía inevitable. Ese mismo día. antes de comenzar el Consejo de

Ministros. Ruiz Giménez se había entrevistado con Muñoz Grandes. Fraga y Castiella. sin obtener

ninguna respuesta precisa.

Los periodistas seguíamos pendientes de las noticias que venían del Ministerio de Información y Turismo.

Al principio de la tarde, un portavoz nos anunció: «Que la sentencia de muerte pronunciada contra Julián

Grimau había sido confirmada por la autoridad jurídica competente», es decir, por el capitán general

García Valiño. Ahora, la vida de Grimau quedaba en manos de Franco y sus ministros.

En el extranjero se multiplicaban las gestiones. Personas de diversas ideologías, a veces contrapuestas,

pedían clemencia para Grimau. Al parecer, la Nunciatura y la Embajada norteamericana en Madrid

hicieron discretas gestiones. Nikita Jruschov envió un telegrama a Franco. El primero que un jefe de

Gobierno soviético enviara a un jefe de Estado español. En esencia decía: «Movido de sentimientos

humanitarios, me dirijo a usted haciendo un llamamiento urgente para que anule dicha sentencia y salve la

vida de Julián Grimau. Me hallo profundamente convencido de que los círculos más amplios del público

internacional agradecerán tan humanitario gesto por parte de usted, experimentando una mención

satisfactoria.»

Mientras tanto, las horas iban pasando sin que el Consejo de Ministros —duró más de diez horas—

finalizara y supiéramos si al fin, se había tomado una decisión sobre la vida del líder comunista.

El último muerto de la guerra civil

Grimau estaba tranquilo en su celda de condenado a muerte. A través de un transistor que le dejaron sus

compañeros conoció la resonancia que había tenido su proceso en todoel mundo. Cuando, en

cumplimiento de sus funciones, fue a visitarle el capellán de la prisión, Grimau le dijo:

— Muchas gracias, pero no necesito sus servicios.

Y llega su último instante en la prisión de Carabanchel. Era la madrugada del sábado 20 de abril, vísperas

de primavera.

Una llamada a la puerta de su celda. Grimau la esperaba escrupulosamente aseado y vestido. Es

conducido a través de los pasillos. En uno de los patios de la prisión espera un coche celular. Grimau es

introducido en él. El motor se pone en marcha, arranca el vehículo y sale de la prisión fuertemente

escoltado. Grimau desconoce el destino. No está lejos: el Campo de Tiro de Carabanchel.

La camioneta llega a su meta. El alba mal empieza a despuntar. De pronto, todo un espacio queda

iluminado por las luces de los faros de los coches aparcados alrededor del lugar. En medio, un pelotón de

soldados, con sus correspondientes mandos, esperan órdenes.

A Grimau se le ordena avanzar en determinada dirección. Después, que pare y dé media vuelta. Frente a

él, unos hombres con fusiles. Alguien se acerca a vendarle los ojos. Grimau se niega. Sus deseos son

respetados.

La voz de mando suena:

— ¡Carguen! Grimau no titubea. ¡Apunten!

El pelotón de ejecución se pone en posición.

¡Fuego!

Grimau cae abatido.

Un oficial se acerca y le da el tiro de gracia.

Todo quedó en silencio. El eco de las detonaciones se había oído en varios kilómetros a la redonda.

Grimau estaba muerto. Son las 5.30 del 20 de abril de 1963.

Tres años después prescribían los delitos cometidos durante la guerra. El cadáver que yacía en el Polígono

de Tiro era el cadáver del último muerto de la guerra civil española.

 

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