Autor: Revuelto, Santiago . 
   "Yo he sido fusilado"     
 
 Pueblo.    12/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

II

Yo he sido fusilado "

SE llama Ricardo Rambal Madueño, y es uno de los supervivientes de Paracuellos. Un

resucitado. Se adivina en su mirada y en su capacidad de resistir amarguras. Se le puede

considerar como un hombre de suerte si se piensa que se salvó de los sucesos del 22 de

agosto de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid, y posteriormente de la gran masacre de

Paracuellos del Jarama. El relato sencillo de su «muerte", que a continuación publicamos,

refleja un espíritu tranquilo. Es un relato que estremece, tal vez por su propia sencillez.

«Todo comenzó el 2 de noviembre de 1936, fecha en que ingresé en la cárcel de San Antón;

entonces tenía catorce años y era un buen mozo. Recuerdo que mis primeros días fueron muy

duros, sentía en muchas ocasiones un súbito ahogo y un insaciable deseo de libertad. Con el

transcurso de la primera semana, comencé en cierta forma a resignarme, quizá motivado por la

gran unión que reinaba entre los que compartíamos San Antón; la vida transcurría sin ninguna

noticia, aunque, de vez en cuando, el jefe de prisión, Melchor Rodríguez, miembro de la C. N.

T. y persona de la que guardo grato recuerdo, me animaba con su charla. El día 28 de

noviembre, sobre las nueve de la noche, esta rutina se rompe por la irrupción de un grupo de

soldados que dijeron: "¡Nos vamos de excursión...!"

Antes de que me aten las manos, Joaquín González Gallarza, hermano del que fuera ministro

del Aire, me pide que le cambie mis zapatillas —regalo de mi pobre madre— por sus zapatos:

"A ti, mis zapatos te auxiliarán más que a mí, y, a mí, tus zapatillas me vendrán mejor que a ti."

Nunca olvidaré estas palabras, y hasta hace muy poco he conservado estos zapatos.

Sin saber a dónde nos dirigimos, vamos apiñándonos en el camión. El breve trayecto, o mí me

parece eterno, aunque voy tranquilo, porque, antes de partir, un sacerdote, también prisionero,

nos ha dado la absolución colectiva a nuestros pecados.

Por fin llegamos no sé a dónde. Desciendo del camión y veo un número elevado de soldados

con las armas preparadas, que empujándonos nos sitúan junto a unas fosas. Siento un fuerte

nudo en la garganta y mis ojos parecen nublarse ante la terrorífica escena que contemplo. En

unos segundos, siento un ruido atronador e impactos de bala en todo mi cuerpo. Caigo a la

fosa y pierdo la noción del tiempo y del espacio. Por la mañana, abro los ojos y unos hombres

me rodean. Por unos instantes me alarmo al ver la sangre que brota de mi piel. Mi paladar lo

noto destrozado. Tengo balazos en el estómago y en la rodilla izquierda. Es el resultado de mi

fusilamiento.

En estas precarias condiciones, sin un céntimo en el bolsillo, y figurando como fusilado,

comienzo una odisea aún más tremenda: burlar los controles hasta llegar a Madrid.

Aún no comprendo cómo tardé sólo dos días en llegar a Madrid, porque tenerme en pie ya era

un triunfo.

Llegué a la calle Leganitos, que era donde vivía mi madre, y una vecina, oí verme, exclamó:

«Ricardito, hijo, ¿qué te han hecho?" Una vez que me auxilió, me indicó que mi madre se

encontraba refugiada en los sótanos del cine Capital. A duras penas me vi bajando por las

escaleras del sótano del cine, y nada más ver difusamente la imagen de mi madre perdí el

conocimiento, recobrándolo dos días después.

Un grupo de guardias de asalto, posiblemente de los míos, me vistieron de miliciano, me dieron

una pistola y me escondieron, durante tres meses, en los sótanos del Ministerio de Marina.

Pasado este tiempo, nuevamente fui capturado y permanecí en San Antón, hasta febrero del

37.

Sus ojos han vuelto o perderse en la mesa y su voz, por unos instantes, se ha apagado. Este

es el relato de un hombre, Ricardo, que con su aspecto apacible y familiar, oculta esa tragedia

de la que es protagonista de excepción. Es el hombre que burló a la muerte. Paracuellos del

Jarama se cobró una vida menos.

Transcripción, Santiago REVUELTO

 

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