Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   Euskadi como intromisión centralista     
 
 El Imparcial.    14/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EUSKADI COMO INTROMISIÓN CENTRALISTA

EN las provincias Vascongadas y el Reino de Navarra el proceso autonómico que en otras tierras de

España parecen vivir con mayor normalidad, se viene presentando como interferido por la ambigua

virulencia que conlleva el concepto de Euskadi. El concepto de Euskadi es una hipótesis política

históricamente reciente, es decir, no procede de bases tradicionales. Es un concepto mezclado con

connotaciones ideológicas, en su fase de origen de carácter nacionalista, racista y separatista y en la fase

actual, además, impregnado de matices de radicalismo revolucionario marxista. Es también un concepto

extrapolado del área ibérica, ya que presupone una comunidad nacional anexionista, de siete provincias,

de las cuales tres pertenecen a territorio de la República Francesa, lo cual hace pensar que la acogida del

término en el uso, bastante habitual en los medios informativos españoles, inclusive los oficiales, supone

una interferencia en asuntos de soberanía de un país vecino, tan reprobable como la campaña de

separatismo canario que hace Argel con respecto a España.

Estas sencillas referencias hacen comprender a cualquiera que, aunque se trate de una hipótesis política,

tan capaz como cualquier otra de obtener adictos, es una hipótesis cuyas adhesiones son parciales sobre el

propio territorio que pretende abarcar. Los propios resultados de las últimas elecciones generales, a pesar

del grado de confusionismo que les es aplicable, son suficientes para comprobarlo. La existencia de

diputados ucedistas, aliancistas, socialistas y comunistas procedentes de partidos que, si bien todos ellos

propugnan las autonomías descentralizadas, todos ellos procuran confirmar su naturaleza de partidos

españoles, pone de relieve, con toda evidencia, que los habitantes del pretendido territorio de Euskadi

(zona española) no se sienten llamados a apoyar unitariamente una hipótesis nacionalista extremada.

NO puede, por tanto, sorprendernos que la mezcla de límites imprecisos de la hipótesis de Euskadi con las

legítimas aspiraciones autonomistas y foralistas de unas provincias norteñas haya creado un factor

añadido de complejidad a un asunto que pareciendo, superficialmente, más maduro que otros —

Andalucía, Galicia, por ejemplo— es, en profundidad, mucho más difícil y contradictorio. Entre otras

cosas, porque en Andalucía o Galicia se trata de autonornizar a una sola región de límites oficiales y, en

este otro caso, se ha llegado a la tesis de imbricación o anexionismo de una región histórica, el Reino de

Navarra, que, por si fuera poco, poseía ya, en sí misma, un sistema autonómico de carácter foral. En

cuanto a las provincias Vascongadas, una de ellas, Álava, igualmente mantenía régimen foral, mientras

Vizcaya y Guipúzcoa aparecían desforalizadas por una medida de absurdo carácter penalizante,

provocada en la última guerra civil, que constituye una de las más lamentables muestras de torpeza

política e injusticia histórica que puedan concebirse.

Parece que una tendencia preautonomista auspiciada desde la esfera del Gobierno central debiera haberse

limitado a instaurar en la realidad práctica el régimen foral a todas las provincias en cuestión y, una vez

todos estos territorios en el disfrute de sus autonomías tradicionales, ellas, cada una de las entidades

forales, ya verían, por sí mismas, si su similitud de autoadministración les aconsejaba su libre

coordinación en una entidad supraforal. Pero da la sensación que en algún nivel oficial se ha

contemplado, ligeramente, el País Vasco con mentalidad de Andalucía, donde nunca hubo fueros y

regiones diferentes, aceptándose con excesiva facilidad el lenguaje de los interesados en la confusión.

Suponemos que si se tratase de asociar en un ente común Andalucía y Extremadura lo hubiesen pensado

dos veces. Y no creo que a nadie le pareciera lógico que después se le dijese a Extramadura que hiciese

un referéndum para decidir sobre una asociación que, hasta la fecha, no hubiese, espontáneamente,

pedido. Entre otras cosas, porque la celebración de un referéndum solicitado tiene tantas probabilidades

de positivarse como un referéndum decretado de negativizarse.

NO pueden sorprendernos nada, por tanto, las dificultades y tensiones de nuestros amigos moradores en

las provincias Vascongadas y Navarra. Lo que nos sorprenden son la serie de extralimitaciones

centralistas con que da la impresión de haberse querido pastorear este delicado asunto desde Madrid. Una

vez más, hemos comprendido las viejas lamentaciones de la periferia que se siente incomprendida y

superficializada. Si en más de una ocasión se arrebataron irrespetuosamente fueros y se propinaron

zarpazos culturales desde la incompetencia centralista, otras han sido las iniciativas entrometidas en

terreno poco conocido las que han complicado, en vez de facilitar, las cosas.

La alegre aceptación del lenguaje y la simbología de Euskadi en el tratamiento, aunque fuese informal y

condicionado, de unas autonomías aún no precisadas, así como las presunciones favorecidas por el uso

informativo prematura de términos y el juego claroscuro de presiones y concesiones no publicitados, han

conseguido enturbiar el ambiente de un tema cuya naturaleza exigía diafanidad, seguridad y sencilla

receptividad por parte de los interlocutores centrales.

RESULTA verdaderamente paradójico y triste, a estas alturas, que Euskadi, a la ligera, se haya

convertido en un tópico al uso de políticos centralistas que saben poco lo que dicen, extralimitándose al

interpretar los durísimos problemas .de una tierra donde, para bien o para mal, sí sabe todo el mundo lo

que, en profundidad, puede significar Euskadi.

GABRIEL ELORRIAGA

 

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