Autor: García San Miguel, Luis. 
   Elogio de Carrillo     
 
 Diario 16.    11/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Elogio de Carrillo

Luis G. San Miguel

He escrito algunas cosas que pudieron ser consideradas como anticomunistas, y quizá lo fueran

realmente, aunque pienso, más bien, que en realidad, eran antifilocomunistas: se dirigían contra quienes

parecían obsesionados por no parecer jamás menos "progres" que los comunistas, y se preocupaban más

bien por fortalecer esta ideología que la suya propia, en lo que me parecía ver bastante infantilismo y

cierta inautenticidad.

Y, sin embargo, creo que lo que Carrillo viene haciendo y diciendo en los últimos tiempos merece un

sincero aplauso incluso de quienes, no compartiendo su ideología, deseamos la consolidación de la

democracia en este país. Si se me permite recurrir por una vez a una distinción un canto artificiosa, diré

que la actitud de Carrillo merece aplausos, tanto por lo que se refiere a su forma de actuar como a su

contenido: a las consecuencias que de su conducta se derivan.

En el orden formal me parecen sumamente positivas estas tres cosas: cómo hasta ahora ha venido tratando

a sus rivales, su lenguaje y sus gestos.

Durante la pasada campaña Carrillo apenas ha atacado a sus rivales con argumentos personales, ni con

otros. Ha contenido él tono de sus críticas y, sobre todo, ha sabido hacer algo que resulta insólito por estas

latitudes: reconocerlos méritos del rival. Tanto la oposición como el régimen españoles se han

caracterizado por no reconocer nunca, o casi nunca (las excepciones son contadísimas), que el contrario

pudiera hacer algo bien en ningún orden de cosas. Han negado el agua y la sal a sus enemigos. Cuando no

han tenido mas remedio que reconocer que algo estaba bien hecho, han añadido que el otro lo hacía

porque no tenía más remedio, como queriendo quitarle todo mérito. Esto se ha visto claramente en el

modo como gran parte de la oposición juzgó la reforma política. Carrillo, en cambio, ha reconocido

abiertamente el mérito de un Rey y de un presidente del Gobierno que, pudiendo haber seguido la vía de

la dictadura, prefirieron seguir la de la democracia. Al reconocer los méritos de un rival de quien se

discrepa en otros aspectos, nos ha dado a todos una lección de liberalismo práctico. Y también, claro está,

una lección de hombría de bien. No hay espectáculo más deprimente y mezquino que el responder a los

"favores" con un gesto desdeñoso, que parece indicar: "no tengo nunca nada que agradecer. Me han dado

lo que merecía".

En segundo lugar, Carrillo ha cuidado su lenguaje, que, si acaso, sorprendía por excesivamente moderado.

El lenguaje que hemos escuchado hasta hace poco, tanto en boca de las partidarios del régimen como de

los de la oposición, se ha caracterizado, generalmente, por la incontinencia, la agresividad, la amenaza, la

exageración de los propios méritos y efectivos y la desvalorización de los del enemigo, la verborrea

demagógica que prometía la luna, el triunfalismo y varias lindezas por el estilo. Quizá las circunstancias

no permitieran otra cosa, pero es lo cierto que con ese tipo de lenguaje no se puede construir una

convivencia democrática, que debe estar presidida por el respeto mutuo y la mesura. Carrillo, también en

esto, nos ha dado una lección. No digo que su lenguaje haya sido perfecto, pero, a mí al menos, me ha

parecido distinto del que estaba acostumbrado a escuchar.

Y, finalmente, ha cuidado su gesto. No ha tenido inconveniente en ponerse la corbata siempre que hiciera

falta, en acudir a la cita del Rey y, sobre todo, casi nunca ha levantado el puño. Ese dichoso gesto es, en sí

mismo, irrelevante, pero a muchos españoles les aviva e1 siniestro recuerdo de la lucha fratricida y del

odio entre los hombres, la sangre y la violencia. Y Carrillo, si lo interpreto bien, no ha querido avivar esos

recuerdos.

Se dirá que los aspectos formales son poco importantes. Creo que son más importantes de lo que parece.

Pero, en cualquier caso, la conducta de Carrillo no sólo merece aplauso por su forma. Lo que me parece

más importante es la mesura y prudencia con que está conduciendo a sus gentes. Ni jornadas de lucha

(que casi siempre terminan con muertos) ni huelgas salvajes, o las menos posibles. Nada que pudiera

poner en peligro la vida de la recién nacida. Si. Carrillo se hubiera dedicado a hacer demagogia y alentar

el desorden callejero, otros partidos, que nunca quieren ser menos que el suyo, lo hubieran seguido.

Habría funcionado el tremendo complejo de inferioridad que tantos tienen ante el comunismo y la

situación pudiera haberse hecho difícil.

Porque no tenía otro remedio. Porque ahora le interesa consolidar la democracia para ganarse un lugar al

sol. Quizá. Pero estamos en lo de siempre. El caso es que lo hizo bien, y es justo reconocerlo. ¿Lobo que

se viste con piel de cordero? Quizá, aunque empiezo a no creerlo así. Pero, incluso si se le niega cualquier

voluntad democrática sincera habrá que reconocer que Carrillo prestó un importante servicio al

alumbramiento de la democracia y nos dio lecciones que no deberíamos olvidar. No creo que le vote

nunca, pero, en muchas cosas, se ha ganado mi respeto, y esto, en mi caso, tiene doble mérito; no sabes,

lector, cuánto le duele a un ovetense tener que hablar bien de uno de Gijón.

 

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