Autor: Páez, Cristóbal. 
   Una oposición llamada AP     
 
 Arriba.    08/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

UNA OPOSICIÓN LLAMADA AP

Carezco de referencias directas sobre el I Congreso de Alianza Popular; sólo dispongo de las

informaciones publicadas en los periódicos. El acontecimiento, a todas luces, ha sido

importante, pues "la concurrencia fue masiva, la moral de triunfo palpable y la unanimidad, bajo

la batuta del señor Fraga, total".

Es casi seguro que los sismógrafos políticos habrán registrado el fenómeno. Con los debidos

respetos a la «oposición democrática», hay que pensar en que la más temible, fuerte y

coherente oposición acaba de surgir con la «federación de partidos» en que se estructura AP.

El gran bloque conservador está a la vista, e incluso ha tomado la delantera a los grupos de la

izquierda y del centro en la recta de las elecciones generales.

Sin andarse por las ramas, Alianza Popular ha lanzado un programa que equivale a una gran

síntesis de los problemas de la vida nacional, sobre los que el electorado desea respuestas

concretas y claras. Si es práctica muy común de los políticos —denunciada a su tiempo por

Ortega– apagar las luces para que todos los gatos (las definiciones en política) resulten pardos,

la verdad es que la alianza que mueve el señor Fraga no ha escatimado lámparas encendidas.

La ficha de urgencia de AP podría ser la siguiente: Reconocimiento, con orgullo, de su origen

franquista; anticomunismo militante; imperio de la ley y el orden; afirmación de la unidad

nacional, por encima de cualquier teoría disgregadora, y engrandecimiento de España como

nación; necesidad de un Estado fuerte; economía libre en una sociedad libre; reconocimiento y

garantía de los derechos humanos, y política social progresista y moderna.

En resumen: «Cambio sin revolución», cambio dentro de la seguridad; la transformación sin

desorden; la evolución y no la revolución; una mudanza de carácter voluntarista —como la

auspiciada por los giscardianos en Francia— a la que aspiran capas importantes de la

población.

El problema preocupante sigue siendo el de la configuración de la izquierda. La izquierda no

termina de encontrar su sitio. Me refiero al socialismo, sin cuya presencia en la escena política

sería patente el desequilibrio de la misma.

En todo este negocio hay una mezcla de arcaísmo y «pasadismo», teorización y entelequia.

Por si acaso faltara poco, los padrinos extranjeros hacen el resto. Así, por ejemplo, en el

Congreso de la Federación Socialista, celebrado el pasado domingo, en Madrid, el secretario

general de la Internacional Socialista, señor Carlsson, ha hecho afirmaciones que van más allá

de la obligada discreción: Una, que para que España sea un país democrático se necesita la

conformidad de Felipe González. Dos, que el único PSOE legítimo es el renovado, pues así lo

decidió, tras de una "investigación", la Internacional. Tres, que el Gobierno español no sabe,

por mor de la legalización del sector histórico del PSOE, cómo funciona la democracia en

Europa. Todo lo cual, naturalmente, ha sido repudiado por el secretario del PSOE (h), señor

Murillo, en nombre de su partido, y calificado de injerencia de un organismo internacional en los

asuntos internos de los socialistas españoles, a no ser que, para colmo, se le niegue a estos

socialistas su condición de tales.

Con el rechazo de la vía socialdemócrata y la reafirmación de su sentido clasista, la posición

del socialismo español que respalda la Internacional puede perder grandes oportunidades en el

seno de una sociedad que, a tenor de todos los datos objetivos disponibles para entenderla,

prefiere el modelo político de Europa occidental.

Cristóbal PAEZ

08/03/1977

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