Autor: Comín, Alfonso . 
   Intelectuales de izquierda y organización de la cultura/ y 2     
 
 El País.    25/08/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

CULTURA

EL PAÍS, jueves 25 de agosto de 1977

TRIBUNA LIBRE

Intelectuales de izquierda y organización de la cultura / y 2

ALFONSO COMIN Miembro del comité ejecutivo del PSUC

En Catalunya decimos con orgullo que la cultura catalana es una cultura de emancipación nacional; con

ello expresamos el dinamismo que ha adquirido en su pertinaz y heroica lucha contra el intento de

genocidio cultural a que la sometió el franquismo. El fracaso de la dictadura en su proyecto destructor de

la identidad nacional y de las aspiraciones democráticas de Catalunya es hoy evidente. Estamos a punto

de lograr el restablecimiento de la Generalitat, que lógicamente ha de conducir a una plena normalización

de la cultura catalana. Será el resultado de décadas de lucha. La resistencia cultural a la masificación

cultural desidentificadora, dirigida persistentemente por el poder central, ha ido íntimamente ligada a la

resistencia nacional de carácter democrático y progresista, tal como se ha podido comprobar en los

resultados del 15 de junio.

El buen entendimiento de esta dimensión de la cultura catalana es previo a la hora de abordar hoy las

relaciones culturales (y políticas) entre Catalunya y España, a la hora de plantear las nuevas orientaciones

que exige el momento presente. Temo que fuera de Catalunya no se han llegado a calibrar

suficientemente las consecuencias de la represión aplicada a nuestra cultura.

No se trata ahora de recordar hechos para reavivar resentimientos. Se trata simplemente de situar la

historia —al igual que lo hacíamos en el artículo anterior— para que unos y otros orientemos nuestras

futuras relaciones culturales de forma que situaciones semejantes sean irrepetibles. Pues la situación

represiva sumariamente aludida condiciona todavía hoy las relaciones que analizamos; mientras cicatrizan

las heridas, hay que tener sumo cuidado con ellas. Los catalanes estamos haciendo un esfuerzo efectivo

para superar cierta tendencia reactiva —que al fin conduce al provincianismo— hacia la que podía

habernos orientado nuestra lucha por la supervivencia, situando la cultura catalana —más allá del trágico

episodio de estos cuarenta años— en su nivel de cultura crítica, universal, según le corresponde.

Represión

En España debería haber una mayor sensibilidad por lo que el proceso de represión ha supuesto para los

catalanes. El ejercicio es bastante sencillo: que cualquier lector español imagine por un momento que le

hubieran prohibido el uso público de su lengua materna y que hubiera vivido la sicosis de las

consecuencias incluso de su uso privado (por ejemplo, en la correspondencia, que se suponía violada dada

la ausencia de elementales derechos humanos); que hubiera vivido en la calle y en los establecimientos

escenas de insulto y vejación por hablar su lengua.

Toda consideración del tema cultural Catalunya-España debe partir, pues, de la previa, plena e

insoslayable normalización lingüística y cultural de Catalunya, de la corrección de toda injusticia

histórica, de la recuperación de los signos de identificación nacional.

A partir de aquí una política cultural catalana realmente democrática y avanzada debe proponerse —del

mismo modo que la global del Estado español— incorporar activamente a la vida cultural a quienes han

sido las principales víctimas de la aculturación propia del franquismo, es decir, a los trabajadores

(especialmente los manuales), que han sido sistemáticamente marginados de las tareas culturales y que, a

partir de ahora, han de participar plenamente en ellas. Dicho esto, en Catalunya, surge inmediatamente la

cuestión migratoria, el hecho incontrovertible del elevado porcentaje de «nuevos catalanes», la mayoría

de ellos castellanoparlantes, y a quienes toca hoy desempeñar los trabajos más duros.

Es sabido de todos que la infraestructura económica catalana se basa en la fuerza de trabajo inmigrada.

Sin esa base material, fundamentada en el esfuerzo de hombres expulsados de sus tierras por razones

conocidas de todos, Catalunya no podría afrontar ahora con la misma garantía algunos de sus proyectos

culturales y políticos. El hecho de que la nacionalidad de recepción sea rica y evolucionada económica y

socialmente, pero oprimida cultural y políticamente, mientras los trabajadores que han llegado a ella,

originarios de otras culturas —ajenos a la política del Estado centralista e igualmente víctimas de él—,

son explotados económica y socialmente, plantea problemas peculiares y agudos para la plena

convivencia de autóctonos y «nuevos catalanes». La superación del lerrouxismo que de ahí puede

desprenderse (y que así cuajó mediante maniobras políticas en otras épocas históricas) en las últimas

elecciones del 15 de junio ha sido una victoria histórica fundamental de todos los catalanes, autóctonos e

inmigrados. Esa victoria es resultado de una política inteligente en la que cuadros (políticos, sindicales de

barrio, etcétera) inmigrados —en general muy concienciados políticamente— han jugado un papel

esencial en el marco de la orientación correcta trazada por los partidos catalanes democráticos y por las

instancias unitarias catalanas en general.

Inmigración masiva

Más allá del episodio de las elecciones, la inmigración masiva de trabajadores procedentes de

otras regiones y nacionalidades de España plantea problemas culturales específicos, de urgente

resolución. En el proceso actual constatamos que, pese a las dificultades apuntadas y a los graves

problemas sociales señalados, Catalunya ha conservado con tal fuerza su identidad y su capacidad

asimiladora que es capaz de ejercer sobre los inmigrantes la atracción y el impulso integrador propio de

una «patria de adopción». Naturalmente, se trata de una integración voluntaria y no de una asimilación

forzosa. Este proceso requiere tiempo y un cambio de mentalidad cultural; lo que en otra ocasión he

denominado, sin considerarlo exagerado, proceso de conversión cultural a la catalanidad, es decir, a una

nueva identidad asumida mediante un proceso de reconocimiento histórico. Ahora bien, es obvio que la

integración de los inmigrantes, además de no ser automática, no se puede erigir en un principio absoluto.

En efecto, a la hora de abordar la cuestión de la lengua —problema del bilingüismo— y de la cultura en

general partimos del principio de que los inmigrantes tienen pleno derecho al desarrollo de su lengua y de

su cultura; su integración en la nacionalidad de adopción debe hacerse de modo que hallen oportunidad de

promocionarse culturalmente a partir de sus propios presupuestos culturales, en un proceso de pleno

respeto a las diversas trayectorias personales.

Ya la Generalitat, durante la Segunda República, hubo de enfrentarse con este problema. Y lo hizo con

pleno sentido de la responsabilidad política, respeto por las dos lenguas, por las dos culturas, con honda

formulación democrática. Igual que entonces, el planteamiento actual de Catalunya sigue perspectivas y

orientaciones de plena normalización de la lengua materna (catalana y castellana) en la enseñanza;

«tratadas una y otra dentro de la misma escuela, conducían al conocimiento de las dos lenguas por parte

de todos los niños y a la recuperación real de la lengua catalana como lengua propia de Catalunya», ha

precisado Marta Mata. Este proceso de normalización lingüística y cultural ha de hacerse en el marco de

recuperación general de la identidad catalana y de sus instrumentos culturales (prensa, radio TV,

universidad, instituciones culturales públicas o privadas, etcétera).

Considero que a partir de tales planteamientos la relación entre las dos culturas adquirirá plena

normalidad, contará con bases sólidas para la comunicación intensa y fraternal que corresponde al

presente momento histórico. En efecto, esta actitud autocrítica, respetuosa y solidaria que surge ya con

grandeza de ánimo entre amplísimos sectores catalanes cuando las heridas están todavía a flor de piel,

cuando todavía no hemos logrado la plena normalización cultural, requiere ya hoy una respuesta

«simétrica», avanzada, progresiva, por parte de instituciones y ambientes culturales españoles. Me

explico.

______Bilingüismo______

Manuel Azcárate, con un optimismo que por el momento me resulta difícil compartir, me comentaba hace

ya algunos meses que en un período razonable de unos cinco-ocho años el catalán sería en España la

segunda lengua del mundo de habla castellana. «Toda persona culta tendrá el catalán como segundo

idioma en España; al menos, tendrá que leerlo», precisaba. Ojalá el futuro le dé la razón. Pero esta

hipótesis no es una cuestión de azar; exige una política cultural acorde con la cultura catalana y con el

fenómeno del bilingüismo vivido en Catalunya al que nos hemos referido, aplicada no sólo en ésta, sino

en toda España. Es decir, la estructura escolar y universitaria, toda la arquitectura cultural española

debería considerar la lengua y la cultura catalana —si se desea lograr aquel objetivo— no como algo

exótico que se desarrolla junto a la placidez mediterránea, suave o tensamente, según los períodos

históricos, sino como cultura hermana, como elemento sustantivo de la realidad plurinacional que

conforma el Estado español. Adoptándose las medidas consecuentes con esta consideración.

La organización de la cultura vista desde Catalunya en una perspectiva progresista tiene también delante,

pues, este problema; estructurarse de modo que la distancia y el alejamiento existente entre las diversas

culturas nacionales —resultado de la negra historia recién vivida— se vaya reduciendo, de modo que el

mutuo conocimiento se acentúe; que la historia de Catalunya sea narrada tal como ha sido en Madrid,

Sevilla o Salamanca, y que, a su vez, el catalán sea más proclive de lo que ha sido hasta hoy a conocer las

realidades que transcurren más allá del Ebro. Que unos y otros, cuando pueden hacerlo, además de viajar

a París, Roma y Londres, se hallen más disponibles para utilizar en ambos sentidos el consumista «puente

aéreo» y otras líneas interiores concebidas para la resolución de la actividad «managerial», pero que

puede transformarse también en vehículo de aproximación cultural. Que en este proceso, y a la vista de

las necesidades populares, la cuestión migratoria sea «eje» de osmosis cultural y no de enfrentamientos

primarios. Que las dos culturas hermanas lo sean en equidad de relación; mientras haya discriminaciones,

injusticias o actitudes despectivas, habrá tensión.

Las dos culturas

La política cultural a realizar en Catalunya corresponderá a la Generalitat, por supuesto. Los catalanes nos

sentimos hoy orgullosos de que entre nuestros diputados y senadores se da un elevado porcentaje de

hombres de cultura, la mayoría de ellos hombres de izquierda, pertinaces defensores de las libertades

nacionales y democráticas. Por ello esperamos la pronta instauración de una política cultural catalana

progresista y eficiente, orientada a la elevación de la cultura de nuestro pueblo —autóctono e

inmigrado—, así como a impulsar las mejores tradiciones creadoras propias de nuestra historia.

A partir de ahí trabajaremos para acercar los dos mundos, las dos culturas que ya están en estrecha

convivencia; ésta no puede transformarse en mero coexistir entre quienes se consideran mutuamente

abocados «por desgracia» a un destino común. En un proceso de normalización democrática podemos

esperar que el progreso de cada cultura abrirá nuevas posibilidades a la otra.

Para lograr estos objetivos es necesario que dejemos de ser «lo que el franquismo ha hecho de nosotros»,

superando mezquindades, empezando a ser anticipadamente proyectos de «hombres nuevos» plenos de

generosidad, amnésicos de cuentas pasadas, sí, «hombres nuevos», pese a la mediocridad con que nos

rodea la reforma. Para lograr así nosotros el «milagro» que Albert Camus no veía posible cuando, al

acabar la segunda guerra mundial, gritó hacia toda Europa: «En los tiempos que vivimos, el amor es

imposible y la justicia no basta.»

Postscriptum. No he hablado de los otros dos idiomas, vasco y gallego. Imagino que en un futuro Estado

federal podemos aspirar a resolver el conflicto lingüístico de forma coherente y estabilizadora

estableciendo un régimen de cooficialidad a nivel federal según los modelos de Suiza o Yugoslavia, por

ejemplo, con tres lenguas como cooficiales en todo el territorio y en la que cada una es la oficial dentro

del propio territorio lingüístico. Pero además de la solución justa, con letra jurídica, será necesario el

espíritu reclamado por Camus.

 

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