Autor: Ortega, Félix. 
   Fiesta     
 
 Arriba.    18/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

FIESTA

Estamos felices. Nuestras huestes estaban con un nivel moral del VI Ejército en Stalingrado cuando

empezaron a faltar cadáveres de caballos en las calles. Pero afortunadamente ayer, esta Prensa, facha,

denigrada, degradada e ignorada, recibió un respaldo moral público de la única persona que hace tan sólo

dos años podía aspirar en estos medios, todo lo más, a un par de hachazos.

Santiago Carrillo, con su defensa pública ayer de nuestros puestos de trabajo, ha conseguido algo más que

salvar la vida del par de redactores que estaban a punto de tirar de la cadena y perderse para siempre en la

nada. Ha puesto el tema, el tema de casi 4.000 trabajadores que podían haber si do las últimas víctimas

expiatorias de la transición democrática, ante 300.000 personas, vulgarizándolo, dándole el matiz real,

serio, consciente, que corresponde a un pura sangre de la política y a alguien que, desde su punto de vista,

discutible, condenable o defendible, habla de pan y trabajo, no de entelequias.

La fiesta del PCE fue una fiesta de la que se puede congratular además del PCE, todo el país. Rompió el

mito de la horda bronca, arisca y rebelde para crear una imagen de una España nueva, consciente, sin

gritos, ni altercados, con disciplina y ahorro de esfuerzos para las Fuerzas del Orden Público. Fue un

intento se rió que todos desearíamos fuera seguido con la misma coherencia por el resto de los partidos

nacionales. Y dentro de esa coherencia, en un discurso nada dedicado a alancear moros muertos ni o

plantear franquismo y antifranquismo, un discurso de futuro, en cuyo contenido no entra uno, porque era

un contenido partidista. Pero sí puede entrar en la forma. Y la forma era desde patriótica hasta, sin

retintín, constructiva.

En ese marco, el simple esquema de democratización de la Prensa del Estado, poniéndola al servicio de la

sociedad y la democracia y bajo control parlamentario, no es más que pura lógica. Desmontar lo montado,

prescindir de un aparato tan evidentemente apto para aposentar nuestra frágil democracia, una democracia

que precisa de vitaminas por bocadillos, es aplicar a los puestos de trabajo de 4.000 personas el mismo

fuego purificador que otros aplicaron en otras épocas a algunos sectores que hoy nos lo quieren aplicar a

nosotros. Y vamos a dejarnos de bromas; la palabra inquisición es hoy ya un término genérico. Pretender

que las redacciones acaso más activas, democráticamente hablando, del panorama paguen el pato de un

pasado que ni hicieron ni les pertenece es una solución facilona, apta para interesados, demagogos y

pescadores en río contaminado.

Estamos felices. Por lo menos algunos. La mayoría, sin carné de ningún sitio. Porque por fin los partidos

dan la señal de alerta sobre el tema. Un tema que no puede ser tratado a solas por el Gobierno que, como

es consecuente con la filosofía política que le ha traído, sabe que cualquier solución al tema de los Medios

de Comunicación Social del Estado pasa por la aquescencia de los grupos políticos en presencia. El

alegato de ignorancia sobre la cuestión no es válido para ninguno de esos grupos. En todo caso, es

descalificador. Si un partido no puede enterarse de algo tan simple, un servidor, desde luego, no le da su

voto para que trate en el Parlamento cuestiones mucho más complejas, que precisan acaso de un año de

recopilación de datos.

Así que gracias, don Santiago.

Félix ORTEGA

 

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