Autor: Martínez Garrido, Alfonso. 
   Las españas y mi bandera     
 
 El Imparcial.    07/12/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

7 diciembre 1978 EL IMPARCIAL página

LAS ESPAÑAS Y MI BANDERA

PODÍA empezar diciendo: «OCASIÓN: SE VENDE BANDERA ESPAÑOLA A PRECIO DE SALDO.»

Es una vieja bandera, como todas las viejas banderas que todas las familias

españolas guardan en casa, en un viejo baúl, acuñando, como los trajes

entrañables de novia, blancas bolas de naftalina, y que tantas veces la asomaba

a mi ventana cuando la fiesta lo requería, cuando el amor a España lo precisaba,

cuando la esperanza y la fe teñían de rojo y gualda ahora, de amarillo los

paisajes urbanos y campesinos de este incongruente país que me ha visto o en

donde se me ha obligado a nacer. La juré, como todos los que fuimos soldados.

Pero ahora no me dejan sacarla a la calle de paseo, como si mi bandera fuera un

perro rabioso. Ya Ruiz Gallardón, desde estas mismas páginas, lloraba la otra

mañana la decisión de quienes también juraron esa bandera, luego te la

relegalizan en el cuarto articulo de su Constitución y después para más

cachondeo, te prohiben que la ondees, como si tuviera la sarna. A mi pobre

bandera de la familia, la de la Semana Santa, la del día de la fiesta nacional,

la guapa bandera que, vacunada contra la polilla, está ahora a la venta. Porque

ha empezado a no servirme para nada. Me la ultrajan ante autoridades que se

cruzan, ante el ultraje, de brazos, y hasta se la prohiben, como mortaja, a los

que mueren por defenderla. ¡ Pobrecita mi bandera! ¿No lo ves? Te has quedado

sin balcones y sin viento. Has pasado a ser un articulo consensuado de la

Constitución, pero sólo por el qué dirán. Tú ya no puedes salir en manifestación

por las calles de España, pero sí lo puede hacer la bandera roja, con la hoz y

con el martillo, que es la bandera de la Unión Soviética. No te han desterrado;

te han asesinado. Y los cadáveres o se entierran o se venden para su disección.

Perdóname si te saco a la venta a precio de saldo. Cuando se disecciona un

cadáver, siempre se aprende algo; y de tu vieja gloria roja y gualda queda mucho

que aprender.

AMABA yo a España, no porque me gustase, como le ocurría a José Antonio Primo de

Rivera, sino porque era la tierra del águila, del imperial águila con que la

representaba nuestro escudo, y a todos los españoles nos entusiasma volar. Pese

a los esfuerzos ecologistas de Rodríguez de la Fuente y compañía, la

Constitución también ha asesinado al águila. Tenia sus razones, porque sobre ese

pájaro señor y majestad, sobre ese animal que tanto sabe de cielos, ondeaba una

leyenda que era orgullo de todos los españoles, y resultaba necesario el

suprimirla para dar paso a las nacionalidades y regiones. ¡ Disparatados

términos para fundamentar la indisoluble unidad de la nación española! (artículo

2 de la Constitución). Y es que yo me refería, porque hoy me he levantado facha

y triste, a la grandeza del alma con que nuestro águila, cazada ahora por

furtivos que un día la protegieron me refiero a los demócratas de toda la vida—,

proclamaba a los mil y un vientos del país el arrogante eslogan de UNA, GRANDE Y

LIBRE. ¿Es que España ya no es esas tres cosas? Poco ha sido lo que le ha

faltado a la Constitución para sustituir en su texto tales palabras por las de

MUCHAS, PEQUEÑAS Y OPRIMIDAS. Aunque, para el que sepa leer entre líneas, así lo

dice, en verdad.

Mi bandera era mi princesa. Mi águila, mi rey. Y allá, hace muchos años, Ruben

Darío clamaba a su princesa, que era su bandera:

«Mi princesa está triste, ¿qué tendrá mi princesa?»

Rubén ha regresado a nuestro tiempo.

Y tampoco mi rey, mi águila, puede volar, abatida como está por la Constitución

y el que quiera entender, que entienda, y presta a ser disecada por objeto de

museo. España, ¡muchas, pequeñas y oprimidas! Qué verdad es que vamos a dejar de

ser las dos Españas. Pero, de entre las múltiples Españas a que España está

abocada, me gustaría saber a cuál es a la que yo pertenezco y quién será el que

me reventará. Aunque lo sospecho, señor Suárez.

ALFONSO MARTÍNEZ GARRIDO

Premio Nadal

 

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