El día que se aprobó la Constitución. Los votos, bajo la lluvia, pusieron fin a la transición posfranquista. 
 El salto a un nuevo día     
 
 El País.    07/12/1978.  Página: 12-17. Páginas: 6. Párrafos: 65. 

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POLÍTICA

EL PAÍS, jueves 7 de diciembre de 1978

El día que se aprobó la Constitución

Los votos, bajo la lluvia, pusieron fín a la transición posfranquista

El salto a un nuevo día

Ayer fue el miércoles 6-D. La historia española de estos últimos años se nos

está llenando de siglas numeradas. Ayer fue el 6-D y fue un día que para muchos

duró 48 horas. Ayer todo se salió de la rutina y se impregnó de vértigo y

espera. A Felipe González se le olvidó el cumpleaños de su hijo David, bloqueada

su memoria paternal con papeletas. A Martín Villa se le olvidó el carnet de

identidad en el colegio electoral: a cada cual se le olvida lo más significativo

y sintomático. A Suárez no se le olvidó nada en todo el día, desde que desayunó

con su mujer, allá a las ocho. El Rey tuvo calma como para preparar discursos

para el próximo domingo. Fraga se comparó con las madrugadoras y muy cívicas

monjas. Carrillo tuvo que sudar una bronquitis febril que le impidió fumar sus

múltiples cigarrillos. Leizaola estuvo preparando en París el archivo del

Gobierno vasco para regresar a España. Y es que, quizá, con el 6-D volveremos de

una vez todos a casa.

Ya está el maldito despertador destrozando el ánimo y el oído, como siempre.

Como ayer se acostó más tarde que de costumbre (la chávala, los troncos, unos

cubatas), Manolo el Vespa se siente hoy particularmente desgraciado, casi sin

fuerzas para afrontar el madrugón. Bueno, como hoy sólo hay curro hasta las doce

podrá dormir más tarde.

Las seis y media. Hay que levantarse a las seis y media para llegar a tiempo al

taller mecánico en el que trabaja, allá por la avenida de Aragón, lejísimos de

la casa paterna, que está en el barrio de Tetuán (Madrid). Pero el taller es de

un familiar, y ya se sabe lo difícil que está la cosa del empleo, asi es que

Manolo lleva varios meses ahí de aprendiz.

A Manolo -diecinueve años, abundante pelo rizado, una estatura escasa que él

refuerza con botas de tacón- le han puesto los compañeros el sobrenombre de

Vespa porque lo que quiere es ser como Angel Nieto, un campeón de las dos

ruedas, y durante mucho tiempo no ha tenido pasta mas que para una Vespa

costrosa, y la gente es muy guasona, ya se sabe. Ahora, eso sí, se acaba de

agenciar una Ducati 250 cc., de segunda mano, pero que revisada y repintada por

él ha quedado la mar de maja. Pero hoy, por si faltara, algo para este maldito

día. está lloviendo y se va a mojar a lomos de la moto.

Está de mal humor hoy Manolo, está deseando que pase de una vez el dichoso

referéndum, que los amigos le han estado dando la paliza de mala manera, que el

Paco, ese del taller, el que está en CCOO, ha estado comiéndole el coco una

inmensidad, que si tienes que votar, macho, que si lo que quieres es que los

fachas nos coman el terreno. Pues, no, Manolo el Vespa no vota. Aunque sea la

primera vez que puede hacerlo. Que ya se sabe que los políticos son todos unos

chorizos que lo único que hacen es jugar con la gente mientras van a lo suyo.

Unos manipuladores, como diría El Chepa, que es anarquista. Asi es que Manolo no

vota, vaya. Y ya va siendo hora de levantarse, que después de todo va a llegar

al curro tarde.

Próximo a la plaza de Roma, poco antes de las siete y media de la mañana, Juan

García Carras («abogado, patriota, sindicalista y falangista de José Antonio»,

como él mismo dice) despereza sus 108 kilos y se dispone a dar el salto a un

nuevo día. Y es la de hoy una fecha significativa: «Aún es posible evitar la

desmembración de España; aún no se ha consumado la operación conjunta UCD-

marxismo; aún no se ha aprobado la Constitución.» Ha descansado bien: anoche,

como la televisión estaba aburrida, se acostó pronto. Gracias a eso hoy se

encuentra perfectamente lúcido, dispuesto a cumplir su responsabilidad

ciudadana: trabajara un poco en su despacho y luego irá a depositar su muy

sincero no a las urnas.

A las ocho menos cuarto, Rodolfo Martín Villa se despierta en Castellana, 5 (eso

de haber tenido que dejar su bonita casa de la zona del paseo de La Habana para

vivir aquí, por razón del cargo, por trabajo y seguridad, es una pena, pero...)

y piensa que hoy le espera un día largo y agotador. Ha dormido bien, sin

embargo, el ministro del Interior, tiene una sorprendente capacidad para

conciliar el sueño -esas siete horas que le son tan necesarias- pase lo que

pase. Y hay que reconocer que a él le pasan muchas cosas. Bueno: lo primero es

echar una mirada a los periódicos, recibir ios sucesos y, sobre todo, tomar

contacto con el Gabinete de Información de Orden Público, ese gabinete especial

para el referéndum, que funciona desde las doce de la noche del día 4. Está

previsto que se le manden informes de dos en dos horas, a las nueve, a las once,

a la una, asi sucesivamente. Hoy va a tener que estar atado a su silla de

despacho, que también están ahí en constante funcionamiento las líneas directas

telefónicas con todos los gobiernos civiles. Claro que tiene que ir a votar.

En principio, puede marchar tras el informe de las once. En su colegio, en la

calle de Honduras, estará esperándole su mujer, Maripi, que está de interventora

por UCD. Hoy no van a poder ver a los niños, a Gonzalo y Rodolfo, o Popi, como

le llaman en casa, y con eso de que no tienen clase pueden dar una guerra

infernal a sus cuidadores. Todo está a punto: el rostro de Martin Villa,

mientras sorbe su café mañanero, adquiere esa expresión de reconcentrado

enfurruñamiento que le es tan propia en momentos de actividad y urgencia.

En este miércoles lluvioso el país se ha puesto madrugador. Algunos arrastran

por sus colegios ojeras de vigilia. A primera hora de la mañana se han reunido

Suárez y el teniente general Gutiérrez Mellado. Después, sobre las nueve y

media, han salido a votar, cada uno con su mujer respectiva; es un deber

familiarmente compartido. Amparo, la mujer de Suárez deposita primero su

papeleta: son las diez de la mañana. Inmediatamente después, el presidente.

Luego tiene que responder a las preguntas de los informadores, ya se sabe,

«vislumbramos un futuro optimista que...», «conseguiremos llevar a este país a

las cotas de libertad...», esas frases coyunturales que Suárez expresa con

firmeza y en un tono sabiamente impregnado de serenidad - y - confianza - en -el

- futuro. Se ha levantado a las ocho y hoy ha de hablar con Manuel Ortiz. con

Meliá, con Martin Villa, con Rosón... A última hora de la mañana despachará con

el Rey, quizá se quede a comer incluso en La Zarzuela. Por ahora, parece que

todo marcha bien.

La cara empolvada

Presurosos y algo húmedos, los ministros, los ministrables, la posición y la

Oposición se acercan a las mesas electorales. Son los protagonistas de las

primeras horas, porque en esta mañana temprana no hay muchos votantes,

realmente. Los políticos sí. Los políticos acuden como un solo hombre. Rosón

inaugura su colegio. Oreja no ha sido reconocido y ha tenido que enseñar su

carnet de identidad a la mesa, perdone usted, señor ministro, pero es que...

Fraga, enfundado en un abrigo beige, vota a las nueve y diez, bien rodeado por

sus guardaespaldas.

Democráticamente, Fraga Iribarne ha guardado cola. Después, saluda con enérgicas

sonrisas a los vecinos que se acercan a hablarle. Los fotógrafos disparan sus

flashes. Unas monjitas, con sutiles y evangélicos codazos, han logrado situarse

junto al líder en el momento de los retratos. Fraga está exultante: «Soy un

ciudadano responsable», dice, orgulloso de su germánica puntualidad. «Aquí hay

ciudadanos responsables que madrugan: monjas, profesionales, yo mismo.» Cuando

se desprenda de las monjitas se trasladará a la sede de Alianza Popular (AP) a

seguir las incidencias del día. Un breve descanso previsto: una comida con

amigos. Todos de AP, por supuesto.

Hay monjas por todas partes, sí. Suárez saludó a unas en su colegio electoral.

Las religiosas de clausura del Real Monasterio de las Huelgas, en Burgos, van

saliendo a votar al mundo ancho y ajeno de dos en dos, sucesivamente, para que

la clausura sea sólo rota en plazos. ¿A quién escucharán más estas monjitas, al

cardenal primado de España, Marcelo González, que mandó su no por correo el

pasado jueves? ¿A Tarancón, quizá?, que al votar a las diez de la mañana ha

dicho que la Constitución significa la confirmación de la democracia? Un

periodista ha preguntado a Tarancón si Dios ayuda a quien madruga: es una

pregunta que apunta a Fraga. Y el cardenal ha contestado: «Dios está para otras

cosas.»

La vida española carece hoy de fuertes tensiones. ¿Aburrimiento? Sí, quizá

sobrenade cierto aburrimiento popular en el ambiente. En el colegio Divina

Pastora, en la calle García Morato, de Madrid, un joven moreno preside la mesa,

Eso no es extraordinario. Lo sorprendente, el pasmo, comienza al ver su

indumentaria: sombrero de fieltro negro, camisa ibecenca, pajarita amarilla,

traje negro y chaleco. Tiene la cara empolvada y en ella se pinta una amplia

sonrisa blanca de payaso. Algunos votantes se indignan: «Sí, sí, a ese le

conocemos, es un simpatizante de Fuerza Nueva.» Enrique Herranz, sin embargo,

dice que no pertenece a ningún partido. Estudia Arquitectura y está a punto de

terminar la carrera: «Yo no conecto con organizaciones sino con la gente,

¿sabes? Me he pintado así porque creo que es más adecuado, ¿no? Su claque, unos

cuantos amigos que han venido a acompañarle, le animan y jalean unos metros más

allá. Y como suplente de su misma mesa está su padre, el rostro serio y

enfadado. «Se conoce que el señor no quería presidir una mesa», comenta un cabo

de la Policía Armada de la puerta, señalando al blanquecino presidente, «pero

como es muy educado y no arma follón y sólo protesta asi, pues nada, ahí está».

En toda España se vota. En Tarragona, una empresa ofrece a sus trabajadores

2.000 pesetas en lugar de las cuatro horas de permiso para no interrumpir la

cadena de producción, pero sólo aceptan dos obreros.

En Granada, capital y provincia, jóvenes con brazaletes rojiazules de Fuerza

Nueva revolotean por los colegios: miran amenazadoramente, algunos votantes

tienen miedo y se retraen. En Fuentevaqueros (la patria chica de García Lorca) y

en Cijuela, incluso, una decena de muchachos han intentado echar del colegio

electoral al apoderado del PSOE: gritos, empujones, tensiones. Al final, no lo

consiguen. Empiezan a aparecer papeletas extrañas y volanderas por toda España:

dicen si, han sido repartidas en los buzones, y el papel está teñido de rosa o

azul celeste. Son unas papeletas que invalidarían el voto; se habla de una

maniobra de dispersión amparada en esa delicada trampa de color.

En Barcelona, una señora de avanzada edad se presenta en su colegio con tres

papeletas de no en la mano: «Tiene usted que utilizar una sola», dice el

presidente de mesa, «un solo no, señora». A lo que ella responde: «¡Pero si lo

que yo quiero es votar si!»

"Os vais a mojar"

En el Poblado de la Alegría -irónico nombre para un poblado madrileño de miseria

y chabolismo- noventa familias esperan la llegada de su líder, Antonio, el que

trabaja con Juan de Dios, el diputado gitano, que es el que sabe de estas cosas.

Sólo esperan que la Constitución les arregle las casas. « Nos las dieron por

cinco años y ya llevamos catorce. Y mi casa se me cae», dice una gitana

arrugadita, mostrando su chabola. Son, sin embargo, franquistas estas familias

gitanas: prefieren no tener jaleos, han mascado mucho miedo. «Lo primero, que

nos arreglen lo de la vivienda. Después, lo de la cultura. Y ahora esperaremos

al Antonio; cuando venga, por la tarde, votaremos.» Amparados unos con otros en

ese cobijo mutuo del marginado.

Madrid está atascado por un tráfico perezoso y erizado de bocinas. Martín Villa

espera la llegada del Rey al colegio de El Pardo durante más de media hora; ha

cambiado sobre la marcha sus planes del día, con tanto tapón de coches, con los

retrasos. Al fin llegan los Reyes, sobre las once y cuarto. Sigue lloviendo y se

protegen con paraguas y gabardinas. «Os vais a mojar», dice don Juan Carlos a un

grupo de niños que le miran tímidamente.

Ahora, el Rey ha de volver a La Zarzuela, tiene citado a Adolfo Suárez. Por la

tarde, aprovechando que hoy en principio no hay audiencias previstas, puede que

se dedique a trabajar en el discurso de recepción del presidente de Finlandia,

que llegara a España el próximo domingo. Y esperará los resultados.

Después de acompañar al Rey, Martin Villa parte presuroso a su colegio. Maripi,

su mujer, le besa: es un publicitario beso de interventor ucedista. Con las

prisas -se ha hecho ya tarde, tan tarde- el ministro del Interior olvida en la

mesa el carnet de identidad. Es Maripi quien ha de alcanzarle y devolvérselo. Ha

de volver a su despacho. Leyendo los últimos informes, ya sentado en su conocido

sillón, comenta: «Hay mucha tranquilidad.»

¿Qué pensará doña Carmen?

Tranquilidad y alto abstencionismo, también, en el País Vasco. Se habla de un

posible boicot a las votaciones por parte del PNV: ¿esos presidentes de mesa que

no admiten votos cuando el carnet de identidad está caducado, esos colegios

electorales que tardan infinitamente en despachar las inquietas y enfurecidas

colas de votantes?

Hoy, con 78 años, ha muerto la madre de Juan María Bandres, el senador de

Euskadiko Ezkerra.

En zonas conflictivas del país, como en el País Vasco, ha sido aplicada la fase

alarma del plan especial de seguridad. En el resto de España se vive la fase

alerta, que no altera en modo alguno la vida cotidiana. En la plaza Mayor de

Madrid varios equipos de obreros han comenzado a instalar las casetas de venta

de futuros y navideños confetis, serpentinas, pastorcitos y bolas plateadas.

José Fonseca, cabo primero de la Policía Armada, madrileño. 46 años, cumplirá el

que viene sus bodas de plata con el Cuerpo. Ha entrado de servicio a las siete

de la mañana por tiempo indefinido: «Con el otro referéndum nos pasó lo mismo:

hasta que no se recuentan los votos no podemos irnos a casa.» Es un largo día y

una agotadora noche, por tanto, lo que le espera por delante. Pero, por lo

menos, todo está en calma: «Está saliendo todo muy bien, ¿verdad?», comenta

Fonseca, «yo voté ayer por correo, como cualquier otro ciudadano».

Como cualquier otro ciudadano ha ido a votar José María de Areilza, por la

mañana, a su colegio de Aravaca, cerca de Madrid. Pero su nombre no figuraba en

el censo. Con buen humor volvió a su casa. Al poco, ha llegado un atribulado

agente de la autoridad, disculpe usted, se ha tratado de un error... Y hay que

volver a desplazarse al colegio.

Santiago Carrillo, mientras tanto, cuida sus bronquios en la cama, esos

bronquios castigados por tantos años de cigarrillos. Hoy se ha levantado febril

y enfermo, afónico de los mítines, tiritón de quizá cercanas gripes. Así es que,

tras ir a votar a las nueve de la mañana, bien envuelto en una bufanda

abrigadora, ha decidido (o han decidido los compañeros de Castelló, calle en la

que se encuentra la sede del PCE. por donde ha pasado un momento) meterse en la

cama. Como su mujer, Carmen, está de interventora en su mismo colegio, Santiago

ha de contentarse con rumiar en solitario su bronquitis. El termómetro no es

nada alentador: el mercurio ha alcanzado los 39 grados.

En la sede del PSOE, en García Morato, todo habría estado hoy perfectamente

tranquilo si no fuera por la barahúnda que organizan los muchos niños que hay

allí. Tal parecería que los ejecutivos del partido han sido este miércoles

sustituidos por sus delfines. Pero es que los niños de socialistas -ellas y

ellos-, que hoy están sin colegio y con unos padres extremadamente ocupados, han

de recogerse en algún sitio. Precisamente hoy es el cumpleaños de David, el hijo

mediano de Felipe González, y cuando éste se ha levantado a las nueve y media de

la mañana ha recordado el dato familiar con espanto: con tanto trajín se había

olvidado de la fecha y no hay nada previsto para festejar al pequeño. Menos mal

que ahí está ese personaje tan valioso, Juanito, el chófer-secreta-rio-amigo-

confidente, que se encargará de comprar tarta, regalos, velas, todo lo necesario

para dar a David un cumpleaños constitucionalmente normal.

A las once fueron a votar Felipe y Carmen, y los vecinos han empezado a

canturrear a su paso: «Que se vea, que se vea.» El voto, claro está. Asi es que

Felipe ha enseñado su si impreso, antes de depositarlo en la urna, antes de

regresar a casa. Hoy piensa pasar en casa la mañana y para festejar el día

invita a sus cuatro policías y a los dos compañeros del PSOE que le siguen a

todas partes -esa escolta obligada- a tomar con él un café y una copita de

coñac. Tras unas cuantas risas, los cuatro policías se han levantado en

combinada acción: «Bueno, también nosotros nos vamos a votar, volvemos luego.»

Hoy es uno de esos extraños y felices días en los que Felipe González va a poder

comer en casa.

Carmen Polo de Franco, que ha votado en El Pardo, también come en casa con su

hija y alguno de sus nietos. No piensa salir hoy: la votación ha sido y será la

única incursión en el Madrid lluvioso. ¿Qué pensará doña Carmen? ¿Qué habrá

pensado durante la campaña del referéndum, «para acabar con las leyes del

franquismo»?

Blas Piñar. Blas Piñar, por ejemplo, fue a votar a primeras horas de la mañana a

su colegio. Casualmente le toca el situado en la Fundación Generalísimo Franco.

Llegó sobrio y serio, dijo que su voto «ha sido un no con el tamaño que permite

la papeleta, porque sí no hubiera sido mayor».

Y García Carrés. Después de trabajar durante tres horas en su despacho (ese

retrato de Girón al óleo, esas fotos múltiples de Franco, de uniforme o de

paisano, esa instantánea en la que se ve a García Carrés, voluminoso y atento,

dando el pésame a la señora de Meirás) ha salido a eso del mediodía a votar: con

su no intentará ganar la última batalla contra la nueva democracia. Por la

calle, camino del colegio, dos señoras le detienen: «Seguro que habremos votado

lo mismo usted y yo», dice una, sonriente. Es un saludo-consigna. «La

popularidad no me molesta», comenta, afable. García Caires. «A mí me quiere

mucha gente.» Ya en el colegio, «la vida es un pañuelo, tengo que votar en la

Mutualidad de Actividades Diversas», García Carrés explica su voto negativo con

algunos amigos: «Dudo que los resultados sean sinceros... ¿Cómo te puedes fiar

de estos demócratas de hoy que, en mis tiempos, me pedían que les incluyera en

las audiencias que me concedía Franco? Porque a mí Franco siempre me distinguió

en sus audiencias. Me llamaba a despachar con mucha frecuencia. De pronto, sus

ayudantes me llamaban y me decian: que su excelencia quiere verte. Y yo iba a El

Pardo y charlábamos durante mucho tiempo. Le preocupaba, fundamentalmente, la

situación de los más humildes.»

Dinero a cambio del "no"

Dice García Caires que él llegó a las Cortes por el sindicalismo: «A mi un día

me llamó Carrero y me dijo: "Convendría que tú estuvieras en las Cortes." Yo le

dije: "Pues que el Caudillo me haga consejero nacional." "No es posible -me

respondió-, ya están cubiertos." Entonces me ofrecieron el Sindicato de

Actividades Diversas.» Y

cuando ha de depositar el voto, García Carrés pregunta si es necesario cerrar el

sobre. La presidenta de la mesa contesta con una sonrisa. «Seguro que ha pensado

que no era necesario», dice Carrés, «pues sabe que he votado no».

Jóvenes ultraderechistas, mientras tanto, han escamoteado en diversos colegios

electorales las papeletas del si.

Dicen que en Almería; en el barrio obrero de Pescadería, la pareja de la Policía

Armada que abrió el colegio retiró al mismo tiempo las papeletas afirmativas con

discreta eficacia. En la casa del pueblo del PSOE en Madrid un grupo poco

numeroso de militantes derechistas han intentado forzar la fuerta. Revientan la

cerradura, pero no consiguen abrirla. Algunas amenazas de bomba, repartidas por

España: luego son mentira.

Y en Valladolid, la nota nostálgica y estentórea que protagonizó esa señora de

edad madura, la que se dirigió a la urna para depositar su voto componiendo una

extraña figura de ballet sin música, el brazo en alto y gritando «Viva Franco y

Arriba España.» Y en Barcelona, en el barrio San Gervasio, han denunciado el

sinuoso comportamiento de algunas personas que, apostadas a la puerta del

colegio, ofrecían dinero a cambio de votos con el no.

«Yo no he votado.» Lo dice Eleuterio Sánchez, el Lute. Y no es que no quiera

hacerlo, no. La Constitución le gusta, le parece un paso importante. Pero El

Lute, nómada cuando no ha sido preso y preso cuando no ha sido nómada, no está

en ningún censo. En esta situación se encuentra la mayoría de los presos. Asi es

que entre esto y que los que están censados pasan de Constitución, hay en las

cárceles de Madrid un clima de abstención generalizada. Como dice ese viejo

recluso anarquista: «En la cárcel vemos las cosas como presos. Y la Constitución

no mejora nuestra vida, incluso la empeora. Prohibe los indultos generales.» Los

presos de Carabanchel han podido votar por correo. Para informarles se han

repartido cuatrocientos ejemplares del texto constitucional y han tenido la

prensa, la radio, la televisión. «Pero muchos días estamos sin luz. Un día sí y

otro no, por no decir más.» Total, que de Carabanchel no han salido más allá de

diez votos. Patxi Etxebarria será juzgado el próximo día 11, acusado de

terrorismo. Está en el sumario del asesinato del anterior director general de

Prisiones, Jesús Haddad, aunque no como ejecutor. «Me detuvieron a tiros. A poco

no me matan. Un guardia resultó herido.» Patxi está en contra de la

Constitución: «Soy de los GRAPO. Somos los representantes de los presos

políticos y estamos en huelga de hambre desde ayer, como protesta contra esta

Constitución. Con ella sólo se acentúan los poderes represivos del Estado. La

Constitución es otra manera de ejercer la represión sobre nosotros, como la

cárcel.»

También están en huelga militantes de ETA, y los de la Copel. Y mientras tanto,

Carabanchel muestra sus dos galerías restauradas y todavía vacías hasta que

estén totalmente terminadas, y otras dos casi completamente derruidas, en las

que se encierran más de novecientos presos, el triple de su capacidad real,

viviendo este día gris, de abstención casi total, este dia que se impregna de la

monotonía carcelaria.

La aldea de los cuatro votos

La sección abierta de Alcalá de Henares tampoco vota mucho. Alcalá, como dice el

recluso David. «es la presería de lujo». Y añade: «Dentro de una cárcel con 36

millones de presos, nosotros somos los que estamos en celdas de castigo. Y no

hablo por Alcalá, hablo por los presos en general.»

En el Palacio de Congresos y Exposiciones, donde está el Centro de Prensa del

Referéndum, la tensión va aumentando, y se espera que el máximo de concurrencia

e intensidad sea a la 1.30 o dos de la madrugada, cuando se den los primeros

resultados generales. De todas formas, la tensión ya se ha cobrado la primera

victima: a eso de las once de la mañana. Salvador Echave, de dieciocho años,

empleado en el servicio de reprografia del Centro de Prensa, se ha tragado nueve

grapas en un momento de aturdimiento constitucional, mientras archivaba unos

comunicados de prensa con las fatídicas grapas en la boca. Trasladado al

botiquín del Palacio de Congresos el médico de guardia le ha recetado que se

coma una buena cantidad de espárragos para facilitar la expulsión de los objetos

metálicos. Y dispuesto a devorar toda la tarde. Salvador se dio la baja y se

marchó a su casa.

Corre la voz por Madrid: mucha abstención en el País Vasco; mucha, también, en

Galicia. En un colegio electoral de Oroso, en la provincia de La Coruña, la mesa

electoral está instalada en una escuela destartalada. En otra mesa cercana a la

de la urna, un grupo de personas está montando un nacimiento navideño, ajenas a

todo. En la pared, Franco y su testamento, también el Rey y el mensaje de la

Corona. Tres horas y media después de ser abierto el colegio de Oroso, sólo han

acudido a votar 47 personas, de un censo de 1.140, Dominga Raña, una mujer de 68

años de la aldea de Trasmonte que ha tenido que viajar cinco kilómetros para

llegar aquí, comenta: «Vengo a votar para ver lo que pasa: el que sale de casa

siempre ve algo.» Hay otra mujer, mayor también, que se enfada porque no le

cogen los votos que traía de parte de varios familiares y vecinos. Es esta una

práctica muy común en Galicia, y se permitió todavía en algunos casos en junio

del 77. Está aún pendiente de los tribunales de justicia un caso en el que

votaron tres muertos y varios emigrantes que tienen su residencia en América

desde hace muchos años a raíz de las pasadas elecciones de Cámaras Agrarias en

la provincia de Orense.

Y en Murcia. En Murcia, en el municipio de La Unión, el presidente de mesa Rufo

de Garra exige a sus padres que le muestren el documento de identidad,

cumpliendo asi quién sabe qué secreta venganza filial o respetando con

milimétrica conciencia las leyes electorales.

En algunos sitios las votaciones ya han terminado. En los municipios pequeños,

en las aldeas, como Penalcázar, en Soria; son sólo cuatro vecinos, de modo que

tres formaron la mesa electoral -todo un despliegue democrático frente al cuarto

vecino-, y luego de recibir el voto, depositaron ellos mismos, unos tras otros,

su papeleta. Ni una sola abstención, curiosamente.

Tarradellas, que votó por la mañana, ha recibido después al duque de Kent. Una

charla distendida, muy a lo gentleman. Más tarde, almuerzo de la Cámara de

Comercio, Industria y Navegación, Y después, una tarde presidencial repartida

entre el despacho y el descanso doméstico.

Xirinacs, un voto y dos películas

Lluis María Xirinacs, en cambio, ha preferido ofrecerse a sí mismo una tarde más

amena en esta Barcelona común. Se ha levantado pronto Xirinacs y ha estado

trabajando, analizando el proceso de elaboración del Estatuto de Autonomía de

Cataluña. Después fue a votar, como a las doce. Un voto, como proclamó a todos

los periodistas «que es y será secreto». Aunque en las Cortes haya votado no.

Ahora, Xirinacs se va a. permitir una tarde de asueto. Se va al cine, al Ars, a

ver un buen programa doble: Winstanley, de Browlow, y Jonas cumplirá los

veinticinco en el año 2000. Y después, naturalmente, una cena temprana y bien

acompañada en el restaurante Casal de la Pau. junto con los miembros de un

colectivo de no-violentos, por supuesto.

Gonzalo Martín Vivaldi. periodista, profesor de Redacción, está algo alicaído en

este día. Lleva desde el lunes con una fuerte gripe y sin salir, pero pese a la

fiebre va a acercarse al colegio electoral, a decir si. Si, entre otras cosas,

para que no se reproduzcan las situaciones que vivió en aquel año 47, cuando el

referéndum de Franco. Cuando él fue nombrado -bien a su pesar- suplente de uno

de los adjuntos de la mesa. Después el adjunto falló y él tuvo que ir al

colegio, allí, en el barrio de Figares, de Granada, un colegio electoral de

gente acomodada, de burguesía media. Y bueno, alli fue testigo, cuando se cerró

la urna, del recuento. Apenas el 50% de síes, increíble. En una mesa de gente

más bien acomodada. En un sector en el que se esperaba la afluencia de votantes.

Y allí, alli también, Martin Vivaldi fue testigo inerme y escandalizado de la

solución tomada por el presidente de la mesa: había que llegar a un porcentaje

afirmativo superior. Y el presidente y otros dos compañeros rellenaron

pacientemente papeleta tras papeleta. Aquel colegio dio el 92% de votos

afirmativos. Y Martín Vivaldi, hoy, sí vota.

De su misma época, de parecidas vivencias por tanto, pero decididamente

abstencionista. Eduardo Prada, vicepresidente de Acción Republicana Democrática

Española (ARDE), ha ido a trabajar como todos los días a la compañía de seguros

en la que está empleado. No vota, pero permanece atento a la radio y a la

televisión.

Mantenerse al tanto de los acontecimientos es una labor política.

«Hola. ¿Dónde se vota?». Gloria Hernández, dieciocho años recién cumplidos,

estudiante de Medicina en la Autónoma de Madrid, ha abordado al guardia de la

puerta con su pregunta. El agente la mira unos segundos: «Pero, qué sección

tiene usted?» «¿Yo? Creo que la mesa B». «Pero, ¿y la sección?», insiste el

policía. Gloria ha de salir de nuevo a consultar las listas y vuelve a entrar:

«Oiga, que lo de la sección no lo pone». «Lo tiene que

poner, mujer». La hermana de Gloria, Macu, de diecisiete años, que ha venido en

plan de acompañante, comenta con ceño fruncido; «Pues si van a empezar a poner

inconvenientes... armamos la de Dios es Cristo», termina expeditivamente la

frase Ana. una amiga adolescente. Son los nuevos votantes, los que están a

estrenar sus costumbres democráticas, los jovencísimos, los dieciochoañeros.

Unos han pasado por las urnas. Otros se abstienen. Como El Chepa, el amigo

anarquista de Manolo El Vespa. Manolo el Vespa no.

Manolo ha decidido votar, al fin. derrumbado ante la insistencia de algunos

compañeros, abrumado por las palizas verbales que le han dado. Y dispuesto a

votar sí, marcha a la búsqueda de su colegio.

Los de la galaxia

Empieza a caer la tarde. La mayoría de los que querían votar ya lo han hecho. El

país comienza a esperar. Esperar los recuentos, los primeros datos, las primeras

noticias. «Ojala que esta vez no pase como con las elecciones, que fueron tan

pesados y tardaron tanto...». «Quita ya, hombre, esta vez es todo mucho más

sencillo». Los camareros de la cafetería Galaxia, de Madrid, la mayoría

afiliados a CCOO, han votado sí en bloque: «No queremos salvadores de la patria

como los que se reunieron aquí... Nosostros estamos contra los fascistas-

capitalistas. Aquí, por la zona, viene mucho facha. Antes venían los del

Ministerio del Aire, pero desde que se supo lo del complot no han vuelto a

aparecer.»

El ex comandante Luis Otero, que fue de la UMD (Unión de Militares Demócratas)

está convencido de la importancia de esta Constitución: «Aunque la mentalidad de

las Fuerzas Armadas no vaya a cambiar de la noche a la

mañana por la aprobación constitucional, este texto las hace depender de la

soberanía popular, ya que la dependencia del jefe del Estado es más bien

simbólica». Otero votó si, claro está. Ha abandonado la oficina a las once de la

mañana, para recoger a su mujer y sus dos hijos; el pequeño acaba de cumplir los

dieciocho años y ha tenido que acreditarlo.

Javier Solana, secretario de información del PSOE, que ha votado muy temprano en

su colegio de Majadahonda (Madrid), se ha encerrado después en los locales de la

ejecutiva. «A ver si puedo trabajar hoy algo, sin tantas reuniones.» Quizá pueda

darle vueltas al proyecto de declaración que, en estrecha colaboración con Gómez

Llorente, será presentada a la ejecutiva una vez sean conocidos los resultados

del referéndum. Es una declaración que, probablemente, tiene que tocar el tema

de la Monarquía. Pero las horas pasan muy aprisa y en los locales de la

ejecutiva, al caer la tarde, ha empezado a reunirse ya mucha gente. Se va a dar

una copichuela, una tortilla, esas cosas, a la espera de los resultados. Y así

no hay quien trabaje.

Ramón Rubial, presidente del PSOE y del Consejo General Vasco, empieza a sentir

el cansancio de la tarde. Se ha levantado hoy muy pronto. Ha sido un dia muy

importante («Es uno de los días más emocionantes de mi vida.») y Rubial, tornero

de profesión, pero político de hecho, se ha puesto un elegante traje gris,

corbata granate y camisa rayada. Acompañado por su hija se trasladó al hospital

de Cruces, para visitar a su esposa: le han tenido que hacer una delicada

intervención quirúrgica y está ingresada. «Mi mujer no tiene salud, si no

estaría aquí para votar.» Para votar si, naturalmente. También votó si la hija,

«no por disciplina familiar, sino por disciplina ideológica».

Mientras tanto, en París, Jesús María de Leizaola, presidente del Gobierno

vasco, ha dedicado una mañana apacible a ordenar los materiales de archivo del

Gobierno vasco, con objeto de prepararlos para un eventual traslado a Euskadi:

«Volveremos cuando se apruebe el Estatuto de Autonomía y haya un Gobierno vasco,

al que entregaremos nuestros poderes. El día, pues, no está muy lejano.» No ha

estado muy preocupado por el referéndum en todo el día Leizaola, no lo ha

estado. Como dice su secretario, el presidente se muestra «impertérrito» ante la

Constitución. Sin embargo, sobre las tres de la tarde, Leizaola ha comentado:

«Reconstruir la paz es tan difícil como terminar la guerra. La Constitución es

un preparativo importante para la paz final.»

Conversación en los vestuarios

Sin embargo, Telesforo Monzón, que apoya la coalición Herri Batasuna, piensa lo

contrario que Leizaola, desde su casa de San Juan de Luz; «No me interesan los

resultados del referéndum. Ni siquiera he escuchado la radio. Cumplí lo

prometido cuando dije que no me acercaría a menos de 150 metros de las urnas.

Dije y digo que no voto esta Constitución porque es una Constitución

extranjera.» Tampoco ha volado Iríbar, El Chopo, miembro de la junta de apoyo de

Herri Batasuna. Y hoy. en el entrenamiento matinal del Athlétíc de Bilbao, en

sus instalaciones de Lezama (Vizcaya), ha faltado su presencia. En las duchas,

tras los entrenamientos, los futbolistas comentaban el posible voto: «A mí no me

interesa la política y me voy a abstener», dijo Rojo. Dani comentó: «Yo me lo

voy a ir pensando en el camino de vuelta a Bilbao.» Pero Irureta mantuvo su

secreto: «Mi decisión de voto es personal e intransferible.»

A las siete y media de la tarde, cerca de cuatrocientas personas hacen cola en

el colegio Arias Navarro, en Torrejón de Ardoz (Madrid). Sólo hay una mesa

electoral y los sufridos votantes han de alinearse en una escalera, pese a que

las aulas están vacías. «Esto no puede ser», comenta una de las víctimas, «el

personal, aburrido, se está marchando. Se conoce que los que han organizado esto

no tienen mucho interés porque, en cambio, en las elecciones del 15 de junio

pusieron tres mesas. Yo he ido ya tres veces y nada, me he tenido que marchar

sin poder votar. Pero voy a insistir. Cuando lleguen las ocho nos tendremos que

meter en el colegio y aunque cierren las puertas no nos moveremos de alli hasta

que lleguemos a la urna».

Son horas de rumores, de últimas anécdotas, de comentarios. En algunos

periódicos madrileños se

comenta ahora una temprana y amable llamada que han tenido algunos directores de

prensa: era Adolfo Suárez, dando las gracias, las gracias por la ayuda al

proceso constitucional.

La novena y la espera

En Villalón de Campos (Valladolid) una anciana de ochenta años ha pedido el

certificado de haber votado porque hace colección de ellos. Es analfabeta y

empezó la recopilación cuando la República -inocente colección de cromos

políticos-, y comenta su tesoro muy ufana: «A pesar de que me mataron al marido

y a mí me corlaron el pelo los nacionales, la he mantenido siempre, incluso

conservo el resguardo de cuando voté en el cuarenta y tantos, cuando estaba en

el colegio de pago, o sea, la cárcel». Y en Encinazejos, ese pueblo de Córdoba,

han votado 246 personas de las 250 que componen el censo. Al conocerse la falta

de estos cuatro votos, los jóvenes de Encinarejos se han lanzado a la caza y

captura de los abstencionistas dispuestos a conseguir una cifra redonda y

completa de votantes: se ignora todavía sí ha sido una búsqueda fructuosa.

Una señora de Albacete ha preguntado al presidente de su mesa: «Oiga, ¿es verdad

que es de pobres votar sí?». Y en Melilla, Guillermo García Pezzi, secretario

general de Fuerza Nueva, ha arengado a los vecinos de su mesa con grandes

gritos: «No, no, no». Sin embargo, la jornada ha sido bien tranquila en toda

España. A pesar de esas tensiones, esa leve contracción muscular que muchos han

sentido en el estómago durante todo el día. Una tensión que quizá provocó que en

Pamplona se hiciera un gran despliegue policial para detener a los ocupantes de

un vehículo que iban sembrando de voces la ciudad, a través de un megáfono.

Después resultó que anunciaban la celebración de una novena en honor de la

Inmaculada Concepción. Eran megafónicos marianos, y no etarras. La confusión del

momento, que calienta los ánimos. Como se calentaron en San Adrián de Besos, en

Barcelona, cuando el presidente de la mesa de la calle Pompeu Fabra se negó a

quitar el retrato y la reproducción del testamento de Franco. El que quería la

defenestración simbólica del pasado era el interventor socialista. Los que se

oponían eran el presidente y otros adjuntos de la mesa: «Quítese usted esa

pegatina del PSOE que lleva puesta». Todos querían quitar algo al oponente y al

final terminaron por despojarse todos; pegatinas, cuadros, testamentos. Fue una

solución al conflicto coyuntural y de concordia.

Se preparan las cenas. Santiago Carrillo, pese a las fiebres inoportunas, quiere

levantarse para asistir, con sus compañeros, al recuento. Martin Villa marchará

tras la cena al Palacio de Exposiciones, de Madrid, donde está instalado el

centro de prensa, para quedarse allí definitivamente hasta que el recuento

termine. Será como a las siete de la mañana, y esta sola idea le produce

escalofríos. Ya se sabe, se pone fatal cuando le faltan sus siete horitas de

sueño. A la madrugada aparecerá por allí también Adolfo Suárez, claro está.

Todos a la espera de los resultados de ese referéndum que, desde luego, ha de

salir afirmativo. Pero ¿por cuánto? Más de un político traga apresuradas

aspirinas en esta aún temprana noche. Los nervios, las tensiones, el tráfico

agotador, el trabajo, las citas, las conversaciones, las cábalas. Salvador, el

muchacho del Palacio de Congresos que se tragó las grapas, sigue en su casa,

engullendo espárragos con aire abúlico y asqueado. Las urnas se han cerrado ya y

no ha sucedido ningún incidente mínimamente grave en ninguna parte. En general,

la clase política se siente satisfecha. El Rey espera resultados.

Manolo el Vespa ha llegado a su casa. Son casi las diez de la noche, y se

encuentra deprimido, aburrido, reventado. Después de tantas discusiones, después

de haberse decidido a votar, la estructura le ha resultado impenetrable. Fue a

su colegio, sí, bueno, al colegio de sus padres, ahí, cerca del barrio de

Tetuán. Llegó con poco tiempo, y no se encontró en las listas.

 

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