Autor: Martínez Esteruelas, Cruz. 
   España como nación     
 
 Ya.    17/03/1978.  Páginas: 2. Párrafos: 17. 

ESPAÑA COMO NACIÓN

Si, como decíamos ayer, el humanismo de riesgo y responsabilidad es una característica de la derecha,

moderna, a la hora de definirla en la España de hoy resulta imprescindible recordar una de sus

afirmaciones: España es una nación. Causa extráñela tener que decir esto. No tendría que hacerlo, por

cierto, un francés o un italiano. Se da por sabido. Pero el acontecer político obliga, desgraciadamente, a

tener que consignarlo, a tratar de ponerlo fuera de toda duda.

TAMBIEN aquí debe aclararse que esta afirmación no es exclusiva de la derecha. Razones de justicia y

de transparencia imponen esta puntualización. Pero la derecha de España hace de esta cuestión, más allá

de las decisiones de los partidos—unas bien claras, otras no tanto—, un punto capital. Al menos, un

elevado contingente de esa derecha lo entiende asi.

Se nos dice que es una cuestión semántica, a modo de argumento para relegarla al bizantinismo. Hay una

grave reflexión que oponer a esto: ignorar hoy que las cuestiones semánticas son sociológicamente

relevantes es desconocer que aquel ramo del saber—como tantos otros— ha rebasado los límites

académicos para trascender la vida colectiva entera. Los estudios sobre el lenguaje y su valor social no

son para olvidados. Es más: su creciente significación no sólo afecta a nuestros días, sino que ha puesto

de relieve que siempre, en la historia, las cuestiones semánticas han sido importantes, por la elemental

razón de que el lenguaje, en sentido estricto, es un aspecto esencial de la condición humana. Por ello

negamos el argumento del bizantinismo en redondo y sostenemos que, ya en principio, una cuestión

semántica es relevante por el mero hecho de serlo.

Y si no, formulemos esta pregunta: si es un tema baladí, ¿por qué negarle a España lo que sus

constituciones le reconocieron expresa e inequívocamente una y otra ves?; y en tal supuesto, ¿por qué se

defiende con tanto ahinco la postura contraria y, por algunos sectores, la aplicación del concepto de

"nacionalidad" a determinadas regiones españolas?

Nos encontramos, de otra parte, ante un planteamiento político singular: el ensayo de inventar un tercer

término entre la nación y la región que vendría a ser la nacionalidad, como palabra que calificara a ciertos

territorios de España de una condición intermedia. Dicho tercer género no tiene puntos objetivos de

referencia, ni en la ciencia social ni en la política; es una voz necesariamente referida a la idea de nación,

como ocurre con "nacionalismo" y otras emparentadas. La introducción de esa nueva categoría comporta,

consecuentemente, un problema: la orfandad de elementos interpretativos que esclarezcan su significado.

Hemos oído algunas veces referencias al uso del término "nacionalidades" en el sistema político soviético

como si se tratara de un gran precedente. No es así: la Constitución soviética, que recoge a este respecto

la doctrina que elaborara el propio Stalin, es perfectamente coherente. Dada la configuración de la Unión

Soviética, integrada por pueblos radicalmente dispares, se consideran nacionalidades determinados

territorios, pero sin que al todo la URSS se la defina como nación, y, en consecuencia, el artículo 123 de

la Constitución. de 1936 prohibe la "discriminación racial o nacional", para referirse a la igualdad de

derechos de los habitantes de las distintas partes de la Unión. Es decir, en la URSS no es el de

nacionalidad un concepto intermedio, sino que equivale, pura y simplemente, a nación. Esta ha sido su

opción política, a causa, de la propia, configuración natural y cultural: sin ambigüedades.

APARECE, por otro lado, un grave problema: la divivisión de las tierras españolas en dos categorías o

entidades. Nacionalidades—en definitiva, naciones—y regiones. La hondura de esta clasificación no se le

escapa a nadie. Es la formalización de la desigualdad. Claro es que no todas las regiones de España son

iguales. Tienen diferencias culturales y socioeconómicas. Pero muchas son las realidades que siendo

esencialmente iguales—como ocurre con los seres humanos—se encuentran en situaciones diferentes y

acreditan diversidades de variado carácter. Las autonomías regionales pueden reconocer esa variedad,

pero para ello no resulta preciso establecer dos categorías entre las regiones españolas.

EN el fondo, no nos engañemos, hay dos cuestiones básicas: si España ha de renunciar abierta o

encubiertamente a su condición nacional—de la que se sigue que sobre su suelo no hay otra nación que

España—y si los españoles queremos distanciarnos más y más en lugar de integrarnos crecientemente

desde nuestras regionalidades respectivas. A estas preguntas debe responderse con sinceridad y sin juegos

de palabras.

Sin olvidar tampoco que un regionalismo moderno no lo es sólo de desarrollo cultural específico, sino,

además, de búsqueda del equilibrio territorial, de aproximación socioeconómica de las regiones.

Se apela al término Estado para resolver el problema. Claro es que España es también un Estado y debe

seguirlo siendo. Nuestra postura—como la de los habitantes de tantos países extranjeros—es la de afirmar

las dos cosas: que somos nación y somos Estado. El intento de sustitución no es precisamente valioso,

porque nación y Estado son dos cosas que pertenecen a distinto orden. No pueden suplirse

recíprocamente. El Estado es una organización jurídica, y la nación, una realidad humana diferenciada por

la historia, actualizada por identidades vivas cabalmente diferenciadoras y aglutinada, como esclareció

Ortega, por una tarea común a todas sus partes. Utilizar la palabra Estado para resolver el problema ayuda

muy poco. De la misma manera que no se puede confundir un pueblo o ciudad con su ayuntamiento ni a

una asociación con su asamblea, tampoco cabe hacerlo con la nación y el Estado.

Es más: ese intento de sustitución complica más el problema. Dejemos a un lado comentarios irónicos que

comienzan a oírse—nada carentes de sentido común—sobre si en el futuro, mientras un francés diga que

tiene la nacionalidad francesa, los españoles habremos de decir que tenemos la "estatalidad" española. No

se trata ahora de este tipo de comentarios.

Pero hay hechos que no se pueden desconocer: un Estado puede ser multinacional y una nación puede

estar dividida entre Estados soberanos separados y distintos. En el primer caso se encontró el imperio

austríaco y se encuentra, por lo dicho, la Unión Soviética. En el segundo está la nación alemana, dividida

entre la República Federal y la Democrática. Pero ni aquel imperio era ni la Unión Soviética es una

nación, ni ha dejado de serlo Alemania. Ni siquiera se halla establecida una jerarquía de conceptos. En los

Estados Unidos—y no sólo en ellos—, aun siendo una Federación, se reservan el sustantivo "nación" y el

adjetivo "nacional" para el todo, que es la Unión, y para sus órganos de Gobierno, alternando con las

palabras "federación" y "federal". Y se. utiliza la voz "Estado" para designar a los territorios miembros.

El problema no puede encontrar remedio, pues, en aquella sustitución. La primera pregunta es si España

es una nación; si tiene identidad histórica, cultural y social propia y profunda que supere las diversidades

regionales. Esta es la cuestión que ha de ser ventilada previamente. Nuestra respuesta es claramente sí. Y

creemos que esa nación hunde sus raíces en la historia antes de que se comenzara a crear su Estado

moderno, aunque permaneciera mucho tiempo bajo poderes públicos separados.

Dicho sea todo esto sin acritud, pero con dolor, preocupación y firmeza.

CABE consignar otra reflexión. Hay españoles de derechas en las regiones afectadas por el

problema—que lo son por su adscripción al esquema general de ideales que configura una derecha—que

han hecho suya la aspiración nacionalista. Dios me libre de juzgarles. Sólo quisiera manifestarles que la

cuestión que nos ocupa no es pequeña ni bizantina y que, sin perjuicio de la coincidencia en otros ideales,

este problema será siempre espinoso y obstaculizará, pese a toda la buena voluntad que se ponga, la

integración de propósitos e intenciones que requiere la derecha española. Porque, aquí y ahora, esta

derecha no debe asumir solamente los valores que se siguen del ideario humanista y el principio de la

economía social del mercado. Debe y quiere asumir la idea de que España es una nación y, de que, en su

suelo, es la única nación. No se nos puede pedir que renunciemos a esto. Como tampoco cabe otra

solución a los problemas territoriales españoles que la autonomía de las regiones.

Son innumerables las voces que desde otros campos políticos asumen esta misma idea, y nosotros

desearíamos que ésa fuese la actitud general de la izquierda española a la hora de las grandes decisiones

políticas. Es evidente que el patriotismo puede revestir muchas formas y que nadie lo posee en exclusiva,

ni persona ni grupo. Pero afirmar la condición nacional de España y encauzar el autonomismo por la idea

regional habrían de ser elementos de ese consenso básico que España necesita.

Cruz MARTÍNEZ ESTERUELAS

 

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