Autor: Martínez Reverte, Javier. 
   La hora de la reflexión     
 
 Pueblo.    07/12/1978.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA HORA DE LA REFLEXIÓN

La Constitución ha pasado de ser un proyecto y se ha convertido en una realidad.

Tenemos Constitución, somos una democracia, las leyes franquistas han

desaparecido, España inaugura una época nueva en su historia..., pero las cifras

dicen mucho más que eso. No es tiempo de echar las campanas a volar; es tiempo

de reflexión. Porque si la democracia ha vencido en la batalla más importante de

los últimos cuarenta años, no ha ganado todavía la guerra.

Dieciséise millones de votantes a favor del sí, ocho y medio de abstencionistas

y un millón y medio de noes constituyen los datos objetivos para elaborar el

nuevo análisis de la situación presente. Vale decir que la mayoría absoluta de

los españoles han aprobado el texto propuesto por las fuerzas políticas del arco

constitucional. Pero no vale decir que el «sí» de los españoles ha despejado el

horizonte del futuro y que no quedan dificultades que afrontar.

Junto al abstencionismo normal de un día de lluvia y de un país

instalado -al menos en sus formas- en formas e instituciones

democráticas está el abstencionismo real de quienes no quisieron comulgar

con un texto que encontraron ajeno a sus intereses. Además, está ese

millón y medio de noes -lo que no es bagatela- que desde la extrema

derecha o desde la extrema izquierda, por razones distintas, rehusan

integrarse a un marco de convivencia y reconciliación. Ese millón y

medio de españoles no es ya un millón y medio de entes pasivos que

expresaron su disgusto ante una propuesta que rechazaban. Ese millón y medio

de españoles es ya una fuerza organizada, que, des de planteamientos

nostálgicos de fascismo o desde estrategias maximalizantes de extrema

izquierda, va a seguir actuando para poner todo tipo de barreras y trampas a la

joven e ilusionada democracia española. En cuanto a los abstencionistas -

si descartamos aquel abstencionismo producto de la indiferencia- hay que

decir que serán algo así como una fuerza cómplice, más neutra y menos

organizada, de aquellos acontecimientos que puedan convenir al

oportunismo o la táctica de cada momento. La democracia tiene desde el día 7

de diciembre numerosos enemigos, numerosos cómplices, que aceptarían

su muerte, y, por supuesto, en su mayoría, organizados los unos y los otros.

Negarlo sería cerrar los ojos a una verdad que las urnas han

mostrado al abrirse.

¿Y por qué han sabido organizarse y plantear una guerra que no es ya

desdeñable? Hoy es preciso que las fuerzas políticas democráticas se

planteen la necesidad de hacer un análisis serio de este referéndum. Si

la Constitución ha ganado, también es cierto que las fuerzas

contrarias a la democracia han salido satisfechas de la

confrontación en las urnas. Ellas no esperaban ganar. Sólo querían contar los

votos. Y no son pocos los que hoy tienen que contar.

Por ello, no vale seguir como en los últimos meses: haciendo una política donde

las fuerzas en presencia disputaban al terreno del protagonismo. Los partidos

democráticos deben asumir su responsabilidad ante la historia,

reconocer sus errores y saber, hoy más que nunca, que sus esfuerzos

deben unirse para seguir adelante en la tarea de apuntalar y profundizar

la democracia. Hablar hoy de elecciones sería un error de análisis

de incalculables consecuencias históricas. Es preciso habilitar un fuerte

Gobierno democrático, basado en una nueva mayoría parlamentaria y

en un programa común, afianzado sobre nuevos pactos. Es preciso dar una

respuesta al paro, a la crisis de inversiones, a la inflación, a la falta de

democracia en el seno de muchas instituciones y de numerosas empresas. Es

preciso dar al país la imagen de una vigorosa decisión de llevar

adelante la libertad con el menor costo social y económico posible. Si

hoy las formaciones políticas se enredan en batallas electorales, la fuerza

de los enemigos de la democracia encontrará poderosas razones para crecer y

afianzarse. Y tal vez entonces los demócratas -aunque esta vez seamos

más que nunca- tendríamos que volver a cavar trincheras, que querríamos

ver enterradas para siempre. El consenso político no es la historia del pasado;

es el único futuro.

Javier MARTINEZ REVERTE

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