Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Un día triste     
 
 El Alcázar.    07/12/1978.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

7-diciembre-1978

Crónica de España

UN DÍA TRISTE

EL cielo se ha echado a llorar sobre España. Será bueno para los embalses. Y

también para la tierra, seca por lo tardío y avaro de la otoñada. Lo será

asimismo para la atmósfera, que se verá lavada de polución. Más dudoso es que

este llorar del cielo durante todo el 6 de diciembre sirva para limpiar España

de polución política. Los pecados se cancelan con la penitencia. Es cierto. Pero

de poco vale la penitencia cuando no se construye sobre el propósito de

enmienda. Dudo mucho que la Constitución suponga propósito de enmienda respecto

de los pecados de fondo sobre los que ha sido construida. Y puesto que la

Constitución depende en su eficacia de la interpretación que le den los

legisladores, escasa esperanza cabe si quienes deberán desarrollarla y aplicarla

son los mismos que la hicieron ambigua y trasladaron a ella sus propios e

incorregibles defectos. Es natural, por todo, que el cielo se haya asociado al

duelo de los más sensibles a los signos reales de los tiempos.

Bajo el estigma de la tristeza y del cansancio se deslizó la jornada del

referéndum. También bajo el desprecio a la libertad del voto, que es fundamento

para la democracia. Radio y televisión continuaron su tenaz acción alienante

durante toda la jornada, en una descarada transgresión de las reglas del juego

democrático. Hemos escuchado numerosas entrevistas con personajes de todo tipo,

de las cuales se desprendían invitaciones apenas veladas al voto afirmativo y

juicios babosos sobre el pasado con el que, según han reiterado algunos, rompe

de manera terminante la Constitución.

El referéndum del 6 de diciembre de 1978. el primero democrático según ciertos

políticos, se ha caracterizado por el descuido hacia ciertas indispensables

formalidades democráticas y una tremenda coacción sicológica sobre los

ciudadanos, mantenida hasta casi la hora misma del cierre de los colegios

electorales. El deber del Gobierno e incluso de los partidos en un referéndum

reclama una conducta imparcíal. Una Constitución no es cosa de partidismo, sino

precisamente un teórico cuadro de condiciones para preservar la libertad y la

democracia del sectarismo partidista, entre otras cosas importantes. La

Constitución que fue presentada al pueblo como de la concordia ha llegado a las

urnas bajo el signo de una agobiadora presión partidista. Un sector de la

partitocracia ha hecho de ella bandera de partido frente a una franja

significativa de ta opinión política. En vez de invitar a los españoles a

distenderse en un voto al margen de toda posibilidad de alternativa radical, se

les reclamó decidir sobre una opción excluyente, planteada con apremio, con

angustia y con muy escasa claridad, según se desprende del discurso de medias

palabras con que Suárez cerró formalmente, no en la realidad, la obsesiva

campaña radiotelevisiva. La propia presentación de Suárez, en su doble calidad

de presidente del Gobierno y de un partido político, configuró una muestra

insuperable de la equivocidad que afecta en casi todos sus términos al

referéndum.

Escribo apremiado por la necesidad de alcanzar la edición de provincias, cuando

todavía no se han cerrado los colegios electorales. Las sombras se abatieron

hace ya tiempo sobre esta jornada inevitablemente triste. Los últimos votantes

se escurren por entre ellas hacia las urnas, con un aire entre resignado y

aburrido. Una cosa está clara entre tantas ambigüedades y confusiones como han

hecho presa en este referéndum constitucional, el primero democrático según la

partitocracia: la alegría estuvo ausente en las calles de España. Los que

votaron, al parecer bastantes menos de lo que se suponía, lo hicieron sin

alegría. Es inútil disimularlo: no existió el 6 de diciembre de 1978 alegría de

amanecer, sino resignado automatismo en el cumplimiento de un genérico deber

ciudadana.

No conozco a estas alturas de la tarde si el aparato cibernético del Ministerio

del Interior nos dará dentro de unas horas las cifras de votantes que suponemos

quienes hemos presenciada tramos más o menos largos de la votación o nos

soprenderá con porcentajes impensados, capaces de duplicar en tres horas escasas

lo registrado en más de ocho. Cuando ya España está envuelta en sombras espesas,

el temido fantasma de la abstención cobra cuerpo en la conciencia pública. Las

gentes se dicen por teléfono y al oído que las urnas están a mitad, que en los

colegios había una sensación inocultable de desasistimiento, que la votación

está muy por debajo de la registrada cuando el referéndum para la ley de Reforma

Política, que...

Las urnas, aseguran los enterados, parecen confirmar que el fracaso estrepitoso

de público en la inmensa mayoría de los mítines en favor del si no era una

casualidad. La noche se ha puesto más triste aún que la mañana.

El proceso constituyente se ha caracterizado por desviaciones muy notables. Se

transformó en ruptura el mandato de reforma política del anterior referéndum. Se

construyó el texto constitucional a partir de un escandaloso cambalacheo

partitocrático, equívocamente calificado de consenso. Se hicieron concesiones

intolerables a las violentas minorías secesionistas y a las tendencias

internacionales. Y se montó finalmente la campaña más obsesiva, asfixiante y

brutal que haya conocido nación alguna, aparte de dejarse abiertas demasiadas

puertas a la improvisación y a la validez del voto y crearse excesivas zonas no

suficientemente regladas y regularizadas. Si después de todo ello la abstención

resulta como es presumible una hora y media antes de cerrarse los colegios,

podremos todos confirmar nuestra anticipada sospecha de que la Constitución nace

con aguda asfixia azul, o sea, como una criatura inviable. Falta de vitalidad,

ayuna de adhesión fervorosa, sostenida por el «sí» convencional de un número

insuficiente de españoles, la Constitución carecerá de la autoridad moral

necesaria para convertirse en garantía de algo consistente.

El cielo se echó a llorar sobre España. La noche se ha abatido sobre el espectro

de la democracia. Una tristeza infinita se adueña del sueño sobresaltado de los

españoles.

Ismael MEDINA

 

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