Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Árbitro casero     
 
 El Alcázar.    07/12/1978.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PARLAMENTO

ARBITRO CASERO

EN víspera electoral me pareció que era bueno aclarar algunas cosas que los

propagandistas del referéndum estaban poniendo bastante oscuras y preparó un

artículo hablando sobre ellas. Poco después, el director me llamaba y me decía

que no podría publicarse, dado que quedaban oficialmente prohibidas las

opiniones en esa fecha, dedicada a la meditación ciudadana. Acepté sin protesta

una disposición igual para todos. La acepté porque entonces ignoraba que no era

igual para todos. Los periódicos, las emisoras del Gobierno se llenaron la boca

al día siguiente, abrumaron al lector, al oyente, con las opiniones del

Gobierno, como si lo ordenado no fuera ni con ellos ni con el Gobierno. Era como

una consigna de «¡ahora, ahora que los demás van a estar callados y podemos

inclinar los votos del últimos instante!» Vergonzoso.

Da vergüenza que, entretanto, el gobernador civil de Madrid detuviera a unos

muchachos que iban haciendo propaganda del «no» a deshoras, cuando a esas

deshoras radios y periódicos se desgañitaban reclamando el "sí". Todavía, me

dicen, no han soltado a los muchachos; todavía, me dicen, siguen sueltos los

otros. Y, a lo mejor, hasta se recompensan sus méritos con una dirección general

en Radiodifusión o cosa semejante.

SE está actuando con absoluta parcialidad, con una parcialidad sectaria. Y no

sólo en torno al referéndum, sino sistemáticamente. Voy a contar un caso del que

fui testigo días atrás. De la manera más casual llegó a mi conocimiento que

había un chico herido de puñalada en el curso de una manifestación. Lo comuniqué

a mis compañeros en la sección de sucesos, que se encargaron de hacer el informe

consiguiente y de dar la noticia a los lectores. Pues bien, se quedaron solos;

nadie se atrevió a recoger el hecho de que un chico había sido apuñalado en una

manifestación que organizaban conjuntamente un diario madrileño y Comisiones

Obreras. Esto no tiene nada de sorprendente, ya que hay quienes entienden el

oficio a su modo. Lo que sí tiene que ver es que el Gobierno Civil, que todavía

no ha dado una nota sobre ese hecho, que todavía no nos ha tranquilizado

diciendo que ha detenido o que, al menos, persigue a un criminal con tan curiosa

formación política, ese mismo Gobierno Civil actúa con la mayor eficiencia

contra manifestantes de otro signo y de mucha menor peligrosidad, como en el

caso de los repartidores de octavillas a deshoras o de unos muchachos que

enarbolan una bandera. Esto clama al cielo.

Y además de clamar, no promete nada bueno, amigos gobernantes. En la

parcialidad se está llegando al abuso con descaro. No tiene nada de extraño que

Santiago Carrillo hable en el Congreso condenando a unos periódicos que no son

de su cuerda, que pueden descubrir su juego político; pero que Gutiérrez

Mellado, vicepresidente de Defensa, ande por ahi hablando de libelos me parece

gravísimo. Si los hay, un vicepresidente del Gobierno tiene que aplicarles la

Ley y no andarse con medias palabras. Lo que no está tolerado a un gobernante es

la insinuación.

A todo esto, los periodistas callamos. Los periodistas, que un día no muy

lejano, nos querellamos en bloque porque alguien habló de «prensa canallesca».

Aquí no se comprende nada, absolutamente nada.

AL Gobierno hago una advertencia. Estamos entrando en un terreno muy peligroso

de inseguridad ciudadana. Estos días cunde entre la gente una especie que

seguramente no tiene nada de cierto, pero que ahí está, circulando avalada por

la actitud parcial evidente de las autoridades. Se dice que en las secciones de

sucesos, presentados como delitos comunes, se esconde más de un crimen de clara

intencionalidad política. Se dice más aún; que la venganza política está siendo

escondida sistemáticamente con la simulación del robo. Esto lleva la inseguridad

de los ciudadanos a un nivel insospechado de temor e incertidumbre. Atajen

rápidamente ese estado de ánimo, que existe, evidentemente existe. Pero conste

que no se ataja con palabras, sino con unos hechos contundentes. De otro modo,

dentro de poco habremos llegado a la conciencia general, con apoyo en la

realidad o sin apoyo real alguno, de que la Ley es Ley sólo para unos españoles,

para unos partidos, para unas ideas.

EL otro día llamé el fiscal del Reino, mi buen amigo Fanjul Sedeño, para

hablarle lealmente sobre estas cosas. Trató de tranquilizarme con las palabras

más afectuosas, pero... no lo consiguió. La culpa no fue de su poder de

convicción, que es tan notable, sino de los hechos, realmente

intranquilizadores.

QUIZA ningún síntoma de esta actuación sectaria haya alarmado más a la

conciencia pública que la prohibición de la bandera. Los hechos, en opinión del

público, son los siguientes: mientras una manifestación madrileña contra el

terrorismo se amparaba en la bandera española, otra manifestación, a la que se

sumaba el partido del Gobierno, se amparaba en la ikurriña. El dislate de

refugiarse bajo la ikurriña en un acto contra el terrorismo separatista puso al

Gobierno y a su partido ante el escándalo y ante la paradoja. ¿Solución?

Prohibir la bandera española, lo que constituye un absurdo tan grande como haber

impuesto por Real Decreto la ikurriña.

Tiene la gente sus razones muy fundadas para decir lo que está diciendo. Me

parece que yo también, cuando se me ha silenciado y se ha dejado hablar a los

demás. Con mal pie entramos en la España constitucional refrendada.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

< Volver