Autor: Fuente y de la Fuente, Licinio de la. 
   Un calendario político     
 
 El Imparcial.    17/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

UN CALENDARIO POLÍTICO

LOS políticos, los periodistas, no sé si el personal (como se dice ahora), andan a vueltas con el

calendario. Yo creo que el personal anda más en otras cosas, como son los precios, el paro, la inseguridad,

la falta de un horizonte concreto de vida... Pero aunque muchos de los españoles no tengan plena

conciencia de ello, lo cierto es que en todo eso influye decisivamente el calendario político: cuando se

apruebe la Constitución o se convoquen las distintas clases de elecciones y con qué orden, y con qué

resultado...

El calendario de la «reforma», que cada día es más calendario de la «ruptura» (pero vamos a dejarlo en

calendario del «cambio»), empezó su cuenta hace ya casi dos años y medio, un 20 de noviembre. Y la

verdad es que no puede ir a la vez ni más despacio, ni más de prisa, ni más improvisadamente.

Hay aspectos en que va muy de prisa, sobre todo, para destruir, para desarticular, para crear vacíos.

Perqué eso es relativamente fácil. Y en otros temas va despacio y a trompicones, sobre todo para

construir, y mejorar, y transformar. Y así va la cosa.

Las Leyes Fundamentales ya no sirven, pero no tenemos Constitución. Debemos ser un espécimen raro de

democracia que vive años sin el fundamento de una Constitución, base mínima de cualquier Estado de

Derecho.

LA Organización Sindical fue desmantelada a toda velocidad, y con ella toda una teoría de las relaciones

laborales y sindicales, y ahora estamos en una anarquía tal de sindicatos y normas que ni muchos

trabajadores tienen sus derechos defendidos, ni los empresarios saben cómo sacar adelante sus empresas,

y ni unos ni otros, ni el Gobierno, saben cómo poner remedio a la crisis económico-social. Y no digamos

los funcionarios sindicales, que nadie sabe qué hacer con ellos.

Se ha desprestigiado a Ayuntamientos y Diputaciones por falta de representatividad, y como «residuos del

franquismo», paralizando con ello prácticamente la vida y la acción política municipal y provincial; pero

seguimos sin saber cuándo va a haber nuevos Ayuntamientos y Diputaciones.

Y... bueno, pongan ustedes los ejemplos que se les ocurran, que no serán pocos.

Yo creo que para reformar o sustituir nuestro sistema político debía haberse tenido previamente una idea

de cómo hacerlo, hasta dónde hacerlo y cuándo hacerlo. Pero si esa idea ha existido, si ha habido algo asi

como un esquema, o un programn del cambio, debe ser algo tan secreto que hacia afuera no se ha notado.

Hacia afuera la sensación ha sido la de ir desmontando aquí y allí, a remolque de las presiones o los

acontecimientos, de ir «tapando agujeros» y dejando ir las cosas a su aire. Aflojando cuando apretaban

unos y apretando cuando otros entendían que se aflojaba demasiado.

Y el «experimento» no ha resultado todo lo catastrófico que podía haber sido, después de todo. Esto anda

mal, pero todavía anda; aunque a veces dé unos frenazos o unos acelerones, o coja las curvas de tal

manera como para sacarle a uno el alma del cuerpo.

Y como llevamos dos años y medio viviendo en política sin calendario, sin saber cómo y con qué orden

hay que hacer las cosas, ahora nos damos cuenta de que un cambio político sin calendario es una

temeridad. Y ahora todo el mundo a hablar del calendario. Yo supongo el lio de la gente de a pie, que está

haciendo unas elecciones sindicales y le dicen que cuando salga la ley que está en las Cortes habrá que

hacer otras. Que le anunciaron que iba a haber elecciones municipales, pero a renglón seguido se dice que

no podrán ser hasta después del referéndum de la Constitución, y cuando empieza a hacerse a esa idea le

dicen que a lo mejor meten en medio unas legislativas...

Los más ingenuos se preguntan: ¿y todo eso dentro de este año?

No faltan los que llegan más lejos: ¿y con todo eso por delante, se va a reactivar la economía, va a

disminuir el paro, se va a tranquilizar la calle y vamos a mejorar un poquito nuestro nivel de vida?

Y los hay excépticos. Que piensan que todo ese galimatías de programas electorales, de cambios y de

alteraciones en el orden de su celebración es porque no se sabe realmente lo que se quiere, aparte de

prolongar la situación y que gane el partido de cada uno.

Desde luego el cumplimiento de un tan complejo programa electoral difícilmente podrá meterse en un

calendario político razonable dentro de este año, por más que los políticos hagan milagros con el

«consenso».

Vayamos por partes.

PUESTO que lo primero es la Constitución (que ya debía estar más que aprobada), veamos el

calendario de la Constitución. Si empieza a discutirse en la Comisión del Congreso en la primera

semana de abril, como se dice, es muy difícil que pueda aprobarla el Pleno antes de mediados de mayo.

Claro está, que quienes se han tomado nueve meses para elaborarla pueden pensar que a los diputados de

a pie, que no son ni portavoces ni ponentes, les basta para discutirla con quince días (y ya ha empezado a

decirse por ahí). Pero no creo que se atreva a tanto la «dictadura del sistema democrático de portavoces».

Luego, la Constitución tiene que pasar al Senado, que no podrá despacharla en una sesión del Pleno.

Tendrá que discutirla en Comisión, hacer enmiendas, etcétera, etcétera; y en ese etcétera incluimos una

posible Comisión Mixta para dirimir las diferencias entre el Senado y el Congreso, y nuevas votaciones

en una y otra Cámara. Habrá que hacer milagros para que todo esto pueda estar terminado a primeros de

julio. Algún plazo habrá que dar para que el pueblo se entere de las excelencias de un producto tan

«elaborado» ¿Para cuándo el referéndum? ¿Para finales de julio o primeros de agosto? Malas fechas. Por

ello hay quien opina que, tal como están las cosas, va a ser muy difícil que el referéndum constitucional

pueda tener lugar antes de septiembre, por muy buena voluntad que se tenga.

¿Para cuándo entonces las muncipales? ¿Y las sindicales? ¿Y las legislativas? ¿Cuáles van a ser primero?

¿Cada cuánto tiempo se puede permitir un país movilizar electoralmente al pueblo sin que todo se vaya al

garete? ¿Puede un país que está atravesando una de las peores crisis de su historia permitirse el lujo de

vivir, además, en una permanente campaña electoral?

Se quiera o no se quiera, si el pueblo español aguanta todo esto necesita para digerirlo un calendario

bastante más amplio del que se piensa por ahí.

VERDADERAMENTE hace falta un calendario político. Pero un calendario político pensado con cabeza.

No vaya a ocurrir que por no pensarlo lo hagamos con los pies. Y vamos a tratar de que en ese calendario

se pueda leer, aunque sea entre líneas, la posibilidad de ir atendiendo los problemas reales que todos los

días agobian a los españoles. Que no sólo de calendarios políticos y campañas electorales vive el hombre.

Aunque una y otra cosa ayuden a animar al personal (como se dice ahora).

LICINIO DE LA FUENTE

(Diputado de Alianza Popular)

 

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