Afirmación mayoritaria     
 
 ABC.    07/12/1978.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

AFIRMACIÓN MAYORITARIA

Aunque a la hora de redactar este comentario no se conocen los datos finales

sobre los resultados del referéndum, si se dispone, en cambio, de los elementos

de juicio suficientes para entender que el pueblo español ha dado su conformidad

a la Constitución sometida a su veredicto soberano.

Se ha culminado, en un día de diciembre no exento de tensiones, aunque

exteriormente igual a tantos otros del invierno, todo un proceso político que

arranca de otra fecha histórica, la del 15 de diciembre de 1976, en que una

mayoría similar seguramente a la que ha aprobado la Constitución, afirmaba su

decisión de reformar las estructuras que rigieron la vida del país en el pasado

reciente.

Entonces, un 77 por 100 de los veintidós millones y medio de electores ejerció

su derecho, siendo positivos el 94 por 100 de los votos emitidos. Casi todos los

que entonces decidieron impulsar a España hacia un futuro, social, político y

económico habrán repetido su voto para concluir la obra iniciada, para dotar al

país de una base firme, de un sistema que no excluye a nadie y que permite un

juego holgado de opiniones y de intereses, además de una garantía general de

libertades y de derechos que nos sitúa en el nivel que disfrutan los pueblos de

Occidente, los que con nosotros comparten historia, cultura y geografía.

Los síes han dado medida del deseo mayoritario de sustentar la naciente

democracia española en un texto legal suficiente y suficientemente integrador,

medida también de su responsabilidad como pueblo, de su aceptación de la

soberanía que de él emana. Los noes, sin embargo, incluso los más calificados,

no significan que quienes así hayan votado rechacen de plano la Constitución y

cuanto ésta significa en el orden social y personal, integrantes del juego

democrático, han manifestado claramente su oposición a algunos puntos concretos,

a algunos de los artículos que en la ley se contienen, Y, a la vez, han

subrayado su aspiración a la reforma. Aspiración legítima, dentro del propio

marco constitucional, porque ya no hay ninguna ley que haya de ser considerada

inalterable por su propia naturaleza, y ellos pueden y deben trabajar, con

arreglo a las normas democráticas, para convencer a la soberanía que reside en

el pueblo, de la bondad superior de sus ideas y de sus convicciones.

¡Cómo no habríamos de entender nosotros, desde este espacio editorial en que

como periódico nos pronunciamos, muchas de las razones que han llevado a no

pocos a la expresión de un voto negativo! A lo largo de año y medio hemos,

sistemática y constantemente, expresado

nuestra preocupación por la suerte que constitucionalmente se pudiera deparar a

cuestiones tan fundamentales para nosotros como la unidad de España, la libertad

de enseñanza, la creatividad individual en todos los órdenes -desde la libertad

para la cultura a la libertad para la creación de riqueza, a la economía de

mercado-. la preservación de mínimos vitales de orden público y seguridad

ciudadana... Decenas y decenas de trabajos editoriales, infinidad de artículos

de colaboración, crónicas, comentarios y coloquios convocados por ABC,

testimonian en términos absolutamente inequívocos el calado de tales

preocupaciones nuestras y la jerarquía que reconocemos a estos temas.

Dentro de la Constitución -y ésta es una de sus innegables virtudes- caben

todos, incluso los que, como decimos, se han opuesto noblemente a su aprobación

popular. Tan sólo quedarán, definitivamente descontentos con ella, los que

quisieran verla convertida en un programa político: precisamente el suyo, el que

querrían aplicar a todos los demás, sin que les importasen nada las opiniones,

ideas o anhelos ajenos. Nadie, pues, con esta excepción de los que alientan

ansias dictatoriales, debe quedar marginado, no ya de la sociedad, sino del

tablero político, tras la aprobación de la Constitución. Esta, a través de sus

más directos gestores, deberá dar prueba de generosidad, para que su aplicación,

que todos

hemos de respetar, no excluya y separe, sino que, al contrario, integre y una.

No debe servir, bajo ningún concepto, el resultado de las urnas para crear de

nuevo -o para mantenerlas- esas dos Españas perennemente enfrentadas, sino para

eliminar esa dualidad de forma natural y espontánea, sin imposiciones que por el

simple uso de la fuerza, del poder, ocultasen las diferencias y los deseos de

revancha de una frente a la otra. Merecen nuestro respeto cuantos, movidos por

su amor a España -idéntico sentimiento que ha llevado a una mayoría a votar

afirmativamente- han manifestado su oposición. Para los más, con la Constitución

se ha instaurado una esperanza nueva en el país y en sus hombres. Mala

Constitución sería si no lograse, al procurar el respeto y la independencia de

todos, que cuantos han votado en su contra no acaben, con su puesta en práctica,

admitiéndola de buen grado.

Saludamos, en fin, con satisfacción serena -y nada exenta de preocupaciones

deparadas por la sana intemperie del tiempo de plena libertad en el que hemos

entrado- el sentido fundante del veredicto expresado por el pueblo español. Y

añadimos a la expresión de nuestra satisfacción ésta otra de la esperanza o, si

se quiere, del crédito que en principio otorgamos a los partidos políticos, en

lo que respecta a su capacidad de conjugar con prudencia y patetismo, en el

constante norte de la libertad, las amplísimas posibilidades que la Constitución

consagra.

Nuestra médula es conservadora, como bien saben quienes nos conocen y nos

insisten en su fidelidad como lectores, y nuestro espíritu se compadece más,

naturalmente, con las esencialidades que la Constitución acoge que con las

posibilidades de acoso a ellas que la Constitución, asimismo, contempla.

Nuestra médula es también liberal, y por ello aceptamos tales riesgos.

Nuestra definición es monárquica y nuestra vocación de servicio se expresa en la

defensa, tan fundamentada y asistida ahora, de la Corona. Antes de que con esta

Constitución se intentara la síntesis política, en convivencia, de las dos

Españas, el Rey, con generosidad y riesgo ceñidamente proporcionales a la

significación histórica de la Monarquía, había adelantado su voluntad

integradora. Don Juan Carlos es el Rey de los que ayer votaron sí y de quienes

votaron no, de quienes sufragaron en blanco y de los otros que se abstuvieron:

el Rey de todos los españoles.

 

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