Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Después de la Constitución     
 
 ABC.    08/12/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

DESPUES DE LA CONSTITUCIÓN

DESPUÉS de aprobar la Constitución hay que funcionar con ella,

evidentemente. Todos sabemos que es más fácil escribir una Constitución que

hacerla funcionar, del mismo modo que es más fácil fabricar un producto que

luego venderlo a gusto de los consumidores.

La historia de las anteriores Constituciones españolas es terriblemente

Ilustrativa al respecto. Nuestra primera Constitución, el Estatuto de Bayona, de

1808, nos la quiso regalar Napoleón; el pueblo español rechazo el obsequio, en

la guerra de La Independencia, y aunque teóricamente gobernó con ella José I,

«el Rey intruso», es lo cierto que nunca tuvo la más leve apariencia de

efectividad.

Los patriotas de las Cortes de Cádiz replicaron con su propia Constitución de

1812. La famosa Pepa» (promulgada el día de San José) no tuvo mejor suerte. En

sus dos primeros años de vigencia, España, en medio de «tos horrores de la

guerra» la exaltó, le dedicó las plazas principales de los pueblos, pero no la

aplicó; y Fernando VIl (equivocada e Ingratamente) la abolió de un plumazo en

1814. La sublevación de Riego la estableció en 1820: debemos reconocer que «tos

tres mal llamados años», de 1820 a 1823, fueron un verdadera desastre; y esta

vez, cuando Fernando Vil volvió a derogarla (lamentablemente, apoyado en las

bayonetas de los «cien mil hijos de San Luis»), no lo lamentó nadie.

Restablecida de nuevo, en 1836, tras la sargentada de La Granja, todos

reconocieron que no era una solución, y dio paso a la Constitución «progresista»

de 1837.

Ni el Estatuto Real de 1834 ni la Constitución de 1837 dieron estabilidad ni paz

a una España sacudida por la guerra de los siete años, la primera guerra

carlista.

Los liberales moderadas, apiñados en torno a Narváez, lograron hacer la primera

Constitución estable de nuestra Historia, la de 1845. en la que intervino mucho

la brillante pluma de Donoso Cortés. Esta Constitución, a veces forzada, a veces

suspendida, a ratos con proyectos de reforma (en ambas direcciones), al fina!

completada con un acta adicional, aguantó hasta 1868: es decir, una veintena de

años que, en la España Isabelina, puro tejer y destejer, fueron muchos,

La Constitución de 1869 y los intentos republicanos de 1873 vuelven a las

aventuras. Cánovas logra el segundo gran intento de estabilidad constitucional,

y el texto de 1876 rige teóricamente hasta 1931. si bien desde 1923 dejó

prácticamente de aplicarse. Era la Constitución de 1845, con importantes mejoras

tomadas de lo menos malo de 1869.

En 1931 volvemos a las aventuras y al país se tomó una larga dieta de

constitucionalismo durante cuarenta años. Ahora volvemos a empezar un nuevo

ciclo y sería bueno aprender de los anteriores.

Las Constituciones españolas han tenido poca y mala vida por tres razones

principales. La primera, excesiva ambición en los planteamientos, confundiendo

lo dogmático de las declaraciones con la eficacia de la reforma; la segunda,

unas defectuosas fuerzas políticas que las apliquen; la tercera, la falta de

respeto de los mismos que las hacen a lo que han escrito en su texto.

Punto primero. La Constitución del 78, como la de Cádiz, es larga, ambigua y

llena de cosas que debieron quedar a la Ley. Por lo mismo, es frágil e

Inconcreta, y propensa a litigios de todas clases. El Tribunal Constitucional va

a estar más ocupado que la estación de la Puerta del Sol del Metro de Madrid,

En segundo lugar, los partidos políticos. O vamos rápidamente a dos grandes

bloques o coaliciones, o seguiremos el modelo italiano, y todos sabemos lo que

esto quiere decir.

En tercer lugar, respeto a las reglas del juego. Este es el punto tal vez más

importante. Nuestro refranero ha Incorporado una vieja convicción social de que

en España la Ley se hace para los demás y, sobre todo, para los no amigos; y que

no se hace para todos, empezando por uno mismo. «Allá van leyes, do quieren

Reyes»; «hecha !a ley, hecha la trampa», y así sucesivamente. Parece comodísimo,

al principio, pero el que abusa de la norma no se da cuenta que la está

destruyendo para cuanto más falta le haga. Unas reglas de juego han de ser como

las del fútbol: claras, talantes, con arbitros precisos e imparciales y que no

trabajen para el equipo de casa. De no ser así, no valen, y nadie las respeta.

Esto supuesto, ¿qué se debe hacer después de la Constitución? A mi juicio, las

siguientes cosas (y perdón porque siempre que las cosas son importantes, algunas

hay que repetirlas).

La primera es constituir un Gobierno neutral, que pueda convocar unas elecciones

generales con garantías, sobre todo en cuanto al uso de la televisión.

La segunda es hacer, rápidamente, una nueva ley electoral, corrígiendo los

grandes defectos de la anterior, que fue hecha por decreto legislativo del

Gobierno y a su medida. Las demás leyes orgánicas deben quedar a las nuevas

Cortes, salvo, tal vez. la del Tribunal Constitucional. Tras ello, las presentes

Cortes deben ser disueltas.

Tercero, las elecciones deben ser generales: es decir, municipales, provinciales

y legislativas, terminando de una vez con una serie de situaciones ambiguas y

clarificando de una vez la situación.

Cuarto, el Gobierno encargado da hacer las elecciones debe recoger la más amplia

información y documentación posible sobre la situación económica y social, para

que el Gobierno que surja de las elecciones pueda entrar cuanto antes a formular

la política correspondiente y fas negociaciones necesarias.

Quinto: un ministro del Interior, respaldado por todas las fuerzas políticas, y

con las calificaciones necesarias, debe dar y ganar la batalla del orden

público, para que las elecciones se hagan, en todo el territorio nacional, en un

clima adecuado de paz y de sosiego, y auguren una verdadera posibilidad de

convivencia ciudadana.

Sexto: El período electora! debe gozar también de una completa paz social y un

claro gesto de prometedora productividad, asumido por todos, y en particular por

las centrales sindicales.

Séptimo: en este clima, todas las fuerzas políticas podrían y deberían hacer

alarde de moderación, eludiendo las diatribas generales y concentrándose en

planes concretos de soluciones inmediatas para la sociedad española.

Octavo: las intervenciones en televisión, muy en particular, deberían orientarse

en este sentido, siendo por ello indispensable los diálogos cruzados, con

verdadero y espontáneo debate, entre los distintos dirigentes políticos.

Noveno: toda la Administración central, y sobre todo la periférica y local, debe

concretarse a su funcionamiento normal, y asistir a los ciudadanos en el

cumplimiento de los deberes electorales.

Décimo (y último): todos debemos respetar el fallo electoral, sin perjuicio de

empezar a trabajar al día siguiente, tos que les toque este papel, en la

importante función de una oposición leal y responsable.

Estos diez puntos se encierran en dos: no se puede comenzar una etapa

constitucional sin iniciar desde el primer día el respeto pleno a las nuevas

reglas de juego; y no se puede olvidar que lo urgente es restablecer, con la

colaboración de todos, una situación de paz civil, de cumplimiento de la Ley, y

de estímulo al trabajo, al ahorro y a la inversión. Si estas condiciones se

cumplen, un día se hablará con elogío de la Constitución de 1978; de lo

contrario, será otra ocasión perdida, y pasará a enriquecer el ya rico museo de

nuestras curiosidades políticas.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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