Autor: Senillosa Cros, Antonio de. 
   Momios y momias     
 
 El País.    09/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

POLÍTICA

EL PAÍS, sábado 9 de diciembre de 1978

TRIBUNA LIBRE

Momios y momias

Antonio de Senillosa

Vicepresidente de Acción Ciudadana Liberal

Los planteamientos de cualquier tipo -ideológicos, artísticos, culturales,

políticos-, hechos en un clima falto de libertad, son siempre falsos. Por eso,

desaparecida la dictadura, todo se resquebraja y debe ponerse a revisión. No

importa que la ausencia de libertades haya durado muchos años: sin libertad, los

planteamientos pecarán siempre de artificialidad, tendrán siempre un tono

provisional. El escritor, el pintor, el cantante, deben ratificar, en una

democracia, día a día su valía; aquí no caben las letras aplazadas. Quienes

salían a los escenarios gritando «paz», «libertad», «amnistía» y emocionaban a

los oyentes, a pesar de desafinar muchas veces como unos locos, han desaparecido

por el esportón sin dejar rastro alguno y sólo han quedado los pocos cantantes

que verdaderamente sabían cantar. Las motivaciones extraartísticas no son ya,

felizmente, una credencial de éxito ni un pasaporte para la fama. Aquellos

pintores a los que se les abría un crédito tan sólo por firmar manifiestos,

regalar cuadros a los perseguidos o poner en sus telas alusiones, siempre

gratificadoras, contra el poder, están obligados ahora a pintar bien si no

quieren correr el riesgo de alquilar unos grandes almacenes para guardar su

obra, pues a nadie va a interesar lo que no esté bien hecho. El mismo Lenin ya

dio el ejemplo, hace muchos años, cuando tras visitar una exposición de pintores

comunistas, opinó que eran muy malos. «Pero si son revolucionarios —le

replicaron—. No lo dudo, pero ninguno es pintor.»

Los escritores cuyo único valor, no desdeñable, consistía en escribir entre

líneas alguna audacia no permitida por el poder o deslizar ciertas osadías de

lenguaje, sexuales, políticas o religiosas, necesitan, si pretenden interesar a

los lectores, escribir inteligentemente cuando existe la libertad de expresión;

y los periodistas, además, deben estar informados y analizar las situaciones.

Las procacidades van a cansar muy pronto a la mayoría de lectores, y los otros

buscarán su pasto o sus fantasmas en publicaciones especializadas.

Muchos políticos, en revancha, se han beneficiado de la confusión del primer

momento, tal como aquellos toreros mediocres que dan pases aprovechando el viaje

del toro sin pararlo, templarlo ni mandarlo. Pescadores en río revuelto, se han

instalado en el Gobierno o en las Cortes y pretenden usufructuar sus sillones,

sus escaños y sus rentas durante cinco años; algunos hablan ya de seguir en el

machito hasta el año 2000 e incluso los más desahogados se atreven a predecir

que mandarán durante centurias —quizá recordando las que mandaban en el Frente

de Juventudes—, de manera análoga a la de Hitler cuando hablaba de milenios.

Su preocupación por conservar los cargos les impide encararse eficazmente con

los graves problemas que afectan a cada instante a nuestro país. Incapaces de un

análisis profundo y consistente, ignoran que están cambiando profundamente los

esquemas, que es preciso transformar las estructuras mentales anquilosadas, que

los grupos más dinámicos de la sociedad —la juventud, las mujeres- no se

conforman con palabras huecas o demagógicas y exigen verdaderas palancas de

poder.

Pero si se decidieran a huir de personalismos y a mirar por el interés de esta

aventura en común que todavía algunos llamamos España, debieran saber que en una

sociedad traumatizada y aquejada de arterioesclerosis, todo debe hacerse con

mimo, con tacto, sin reabrir heridas ni cicatrices.

«La grandeza -decía Burckhardt— es una necesidad de las épocas terribles.» Y la

falta de seguridad en las personas, el desprecio a la integridad física, los

continuos atentados y asesinatos, el paro, el deterioro del orden público, en

fin, obligan a una respuesta imaginativa, inaplazable y urgente. Es inútil

intentar convencer al país de que aquí no pasa nada, utilizando sin pudor los

medios audiovisuales de que dispone el poder.

Para decirlo todo, el problema más grave y más sangriento aquí es, sin embargo,

global, afecta al mundo económicamente desarrollado al que pertenecemos por

derecho propio, aunque algunos insensatos quieran conducirnos al tercermundismo.

La ausencia de una idea sugestiva, creadora, imaginativa, idea que nadie ha

sabido crear en los últimos cincuenta años, no puede ser compensada, a la larga,

por el aumento del nivel de vida, de la prosperidad, de los televisores y los

coches. Jamás se llegó a tan elevado coeficiente de escolaridad, de higiene, de

esperanza de vida. Nunca la técnica y la ciencia alcanzaron tan altas cotas,

pero nunca se sintió la humanidad tan triste y desamparada. El riesgo del hambre

ha sido sustituido por el del aburrimiento, por la decepción y por la

inseguridad.

La revolución rusa no da el poder a la cocinera —como quería Lenin—, sino a los

asesinos: ya Marx, profetizándolo, confesaba a Lafargue que él no era marxista.

Las gentes cuando se acercan al poder son iguales todas. Y así llegamos al

programa que formulaba Pierre Dac: «Estamos a favor de todo lo que es contra; en

contra de todo lo que es a favor.»

Porque hasta la misma cultura sin una idea atractiva y un hilo conductor del

pensamiento, se convierte nada más en un acarreamiento de conocimientos que

paralizan e inhiben. Y la política, sin estar sometida a la ética, no es más que

ambición o defensa de intereses.

También las momias egipcias se conservaron incorruptas durante siglos y siglos.

Sin embargo, si las sacamos de su contexto y las ponemos al sol, se desintegran

rapidísimamente. Por eso me niego a creer que tenga razón Tchejov cuando nos

lanza al rostro su tremenda frase: «Dicen que la verdad acabará por triunfar,

pero es completamente falso.

 

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