Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   Los límites del posibilismo     
 
 ABC.    28/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LOS LIMITES DEL POSIBILISMO

DESPUÉS de las elecciones del 15 de junio, muchas personas tuvieron la impresión de que un

nuevo clima de convivencia se extendía sobre la política española, sobre todo visto el

funcionamiento de las Cámaras. Los Plenos eran correctos, las cuestiones más vidriosas se

discutían en pasillos y comedores y hasta se ventilaban en pactos públicos y sonados, como el

de la Moncloa. El Parlamento, quizá hasta con exageración, se convertía en foro, a veces con

su significado histórico y otras con su acepción teatral. Pero no parecía mal todo esto, porque,

en definitiva, los partidos estaban dando la sensación, salvo raras excepciones, de querer

convivir, aprendiendo la experiencia del pasado, o sea, implantando aquello de que tanto se

había hablado en la época del tránsito: la .convivencia civilizada.

Seguramente una de las manifestaciones más significativas de este clima fueron las

declaraciones y actuaciones posibilistas de ciertas personalidades de la derecha, cualquiera

que fuese su filiación política formal. Parecía que estos líderes de la derecha, embarcados en

la empresa democrática y parlamentaria del 15 de junio, se hallaban dispuestos a llegar ai

límite de sus concesiones y actitudes en el Parlamento y fuera de él en las declaraciones

públicas, en la elaboración de la Constitución y, donde viniera a mano y hasta a trasmano, para

hacer patente el propósito posibilista. De otro lado, algunos líderes de la izquierda, que no

todos, ni mucho menos, parecían actuar en sentido coincidente desde* un punto de partida

distinto, de lo que quizá ha sido el testimonio más concreto las declaraciones del diputado

socialista señor Múgica, y sobre todo su discurso, breve discurso, al tomar posesión de la

presidencia de la Comisión de Defensa del Congreso.

La incógnita residía en conocer el grado de conexión entre los partidos y sus actitudes

parlamentarias, así como el grado de influencia que tenían sobre las masas en sus reacciones

y hasta en sus radicalizaciones. Los hechos nos están advirtiendo seria y alarmantemente de

que, una vez más, este llamado intento de convivencia o es una estratagema encaminada a

ganar tiempo, o con cualquier otro fin, o se desvanece por una nueva y trágica seoaración entre

«la España real y la España oficial», entre la España oficialmente democrática y la España

realmente instintiva, agresiva y radicalizada que no muchos desean se les atribuya su

protagonismo, pero que muchos quieren imponer a sus conciudadanos.

Hace pocos días, el periodista Abel Hernández, en las columnas de «Informaciones», hacía un

sobrecogedor resumen: «Este país está llegando a una situación crítica. El deterioro de la vida

social, de la vida política y de la economía lleva una carrera galopante. Nadie está conforme.

Nadie ve salida. Ha llegado la hora de dramatizar la situación. Este período constituyente, si no

se acorta considerablemente, va a llevar a España a un callejón sin salida. Arden las cárceles,

crece en todos los rincones el terrorismo. Se rebelan los empresarios, aumentan los parados,

nos invade la delincuencia impunemente, siguen subiendo los precios. Da la sensación de que

la nave del Estado va a la deriva.»

He buscado, de propósito, este testimonio ajeno para que nadie vea en palabras propias

intenciones de alarmismo o de exageración. Por otra parte, pienso que a la hora de contabilizar

las consecuencias de esta situación no se puede hacer de manera inexacta o incompleta,

atribuyéndoselas al Gobierno, sino que los partidos deben tomar la parte de responsabilidad

que en ellas puedan tener.

Por eso, ante esta situación, debe recordarse a los partidos parlamentarios de la izquierda que

si, como declaran, quieren estabilizar la democracia en España, la filosofía sostenida. por ellos

hasta ahora es equivocada: no se puede mantener una simpatía ostensible hacia quienes

atacaron al Orden Público usando de la violencia, simplemente porque ese Orden Público

defendiese al régimen anterior, y creer aire con un «borrón y cuenta nueva» el Orden Público

de la Democracia sería por aquéllos respetado. Esta es una suposición errónea y hasta Dueril,

porque la radicalización de la violencia no es democrática ni quiere otra cosa que el monopolio

del Poder por los grupos que han hecho de ella profesión y vida. Además, no puede omitirse

otra circunstancia: con las medidas políticas propugnadas por la izquierda en la Moncloa se ha

creado un clima de relajación total, ética y política, en el que se hace cada día más difícil

luchar, contra la violencia y asegurar la libertad personal y la de trabajo, así como la

convivencia pacifica. La consecuencia de todo ello es que o esos partidos encubren el

desencadenamiento de las agresiones y el desorden público, lo que no quiero creer, o de lo

contrario han creado las condiciones idóneas para que la España democrática sea otra de las

víctimas que vuele por los aires.

De otro lado, empiezo a sospechar que hay muchas personalidades de la derecha sociológica

—vuelvo a insistir que cualquiera que sea su filiación política formal— que ven con creciente

Inquietud los derroteros por los que el país se encamina. Creo que es la hora, y deseo no sea

la última, de rectificar, de crear una gran derecha política que responda a ese clamor de la

derecha sociológica, pues a ella también hay que recordarle que, si no se une en una

formación coherente y eficaz, la posibilidad de una democracia viable y moderada habrá

desaparecido. Mas para ello hemos de renunciar todos a la actitud exclusivista y excluyente de

que la derecha somos nosotros y que todos los demás deben acomodarse a nuestras

actitudes. Hacer un partido es cosa difícil, pero lo importante no reside en la construcción

formal del partido, sino en la capacidad de convocatoria que encierre, en las esperanzas que

despierte y en la solidez de la ideología que represente. Eso es lo que, a mi juicio, debe hacer

la derecha política, si quiere identificarse con la derecha sociológica.

En definitiva, si la izquierda parlamentaria no es capaz de imponer a sus masas una actitud

convincente, suprimiendo la violencia de la calle y contribuyendo a que la paz pública se

restablezca desde todos ios ángulos; si no colabora con el Gobierno y las Fuerzas del Orden

para acabar con la delincuencia política y no política, y si, por otra parte, no somos capaces ios

demás de crear una formación política que represente a toda la derecha sociológica, en la hora

misma en que, al parecer, un nuevo intento de frente popular se fragua con ciertos pactos

anunciados en la Prensa, me parece que por la propia dinámica de los acontecimientos

habremos llegado a los límites del posibilismo. Porque, sin jactancia, mantengo lo que en estas

páginas escribí el 30 de julio de 1976 bajo el título «Adonde va España»: «O se establece un

orden para construir una nueva etapa democrática y civilizada o caemos de plano en la

revolución, si llamamos a las cosas por sus nombres, como en 1868, como en 1873 o Como en

1931.»

Federico SILVA MUÑOZ

 

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