Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   El aburrimiento     
 
 Informaciones.    08/11/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 1. 

AL HILO DE LOS DÍAS

EL ABURRIMIENTO

Por Juan Luis CEBRIAN

AQUEL hombre se aburría mucho. Habló con otros hombres igualmente martirizados por el tedio y decidieron unirse para combatir su aburrimiento. Después de sus primeros contactos llegaron a la conclusión de que eran per tonas formadas y cultas, civilizadas y con cierto "status" económico y social: estimaron así que podían divertirse —si se ío proponían— sin grandes dificultades. Fue cuando las autoridades del lugar comenzaron a ponerse nerviosas. No es que estuvieran contra la diversión de los ciudadanos. Trataban más bien de fomentarla y protegerla. Pero se necesitaba orientar —decían— Zas diversiones, divididas, como todo el mundo sabe, en buenas y malas. (Por ejemplo: la televisión y el fútbol eran diversiones buenas. Las cenas políticas eran diversiones malas.) En realidad, las autoridades pensaban que había que dirigir, tutelar y amparar absolutamente todas las actividades sociales. El pueblo entero había comenzado por eso o ver la televisión en masa, horas y horas. Y se dormía profundamente ante ella. Asi que cuando las gentes comenzaron a unirse para organizar sus juegos y entretenimientos, se quiso en principio prohibir semejante conspiración, pero dadas las ganas que tenía todo el mundo de divertirse, optaron sólo por especificar qué juegos podían contribuir a sacudir el tedio sin incurrir en delito: podían hacerse juegos de palabras. Nada más. Pasaron algunos años los hombres entretenidos en sus lizas semánticas. Arremetíanse unos contra otros en las páginas de los periódicos, y teorizaban sobre cómo deberían construir un país a la vez divertido y próspero. Hasta que llegó el día en que los ciudadanos comprendieron que la aburrida tecnocracia que les regía era obstáculo insalvable para poder divertirse. Y comenzaron los tediosos notables del lugar a temer por sus cargos y privilegios. El miedo les incitó a una dura persecución contra los amantes de las diversiones, acusándoles de subversivos. Fue cuando los ciudadanos se dieron cuenta de que un hombre aburrido no es un hombre libre. Pero no hay peor forma de aburrimiento que la muerte. Y se sentaron todos a ver la TV.

 

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