Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   Contraste de pareceres     
 
 Informaciones.    26/11/1974.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Corresponsal en Madrid

Contraste de pareceres

Por Juan Luis CEBRIAN

ALEJEMOS de las asociaciones la funesta manía de pensar. Este sería un buen título para la disertación que don Raimundo Fernández-Cuesta diera ayer en el Siglo XXI. Fue día de palabras este lunes. Palabras, por la mañana, del cardenal presidente de la Conferencia Episcopal en la inauguración de la Asamblea Plenaria de la misma. Palabras, por la tarde, de Fernández-Cuesta en el Eurobuilding, ante un auditoria todavía más adicto y coherente que el que aplaudiera a monseñor Enrique y Tarancón.

Y así, esta mañana, los lectores —salvo los de «A B C», que apenas dedica una columna al viejo líder falangista—, los lectores —salvo los del «Arriba», que publica íntegra la conferencia del líder y muy brevemente y sin titulares la del cardenal arzobispo—, los lectores han podido confesarse a sí mismos: sí, señor, esto del contraste de pareceres marcha,

Hay un punto de acuerdo entre ambos oradores. Un punto fundamental: el país está sumido en la confusión, la desunión y la crisis. El presente no nos vale a casi nadie. Don Raimundo mira para atrás y se lamenta: «La verdadera tragedia de la Falange consiste en haber sido víctima de la incomprensión, pues a estas alturas hay muchos que aún desconocen su verdad.» Monseñor mira hacía adelante y señala: «Es preciso buscar los caminos de una auténtica reconciliación nacional.» «Si aquellos acontecimientos (los de hace cuarenta años) no hubieran tenido el desenlace que tuvieron, el mundo de esas generaciones sería hoy para ellas diferente del que es», sentencia Fernández-Cuesta. Diferente y peor, es preciso entender.

El permanente recuerdo y la exaltada evocación emocional de algunos acontecimientos históricos pueden ser causa de separación entre nuestros hermanos y un obstáculo para la reconciliación , arguye el cardenal.

Mírese por donde se mire, y sin ninguna gana de buscarle los tres pies al gato, lo que monseñor y Fernández-Cuesta dijeron ayer a la opinión pública fue de un tono marcadamente contradictorio.

Monseñor pidió insistentemente los derechos de reunión, asociación y expresión. Don Raimundo limitó con cautelas, que sirvan «de contrapeso a las exageraciones y desviaciones» del momento, al ambiente aperturista que nos amenaza. Y ambos se parapetaron de acusaciones que nadie les ha hecho todavía, pero que ambos piensan —por algo será— que se les pueden hacer. Monseñor, de que se diga que los obispos interfieren en el orden temporal: «La Iglesia no puede Inhibirse ente la realidad.» Fernández-Cuesta, de aquellos que vayan a tomar de pretexto su discurso para calificarle de Inmovilista.

La lectura de ambos documentos es, desde luego, aleccionadora, porque muestra bien a las claras cuan desunidos y confusos, y hasta Hados, estamos los españoles. Y cuan diferentes opciones se plantean ante nuestra sociedad. Pero lo que a mí personalmente más me llama la atención es la actitud claramente discrepante de ambos oradores respecto a un derecho pocas veces recordado que ahora alguien nos quiere sustraer: el derecho de pensar. Sabíamos desde hace tiempo, porque nos lo dijo Fernández de la Mora —uno de los aplaudientes al final de la conferencia del Siglo XXI—, que las ideologías estaban en pleno crepúsculo. Quién sabe, incluso, si algunas ideologías concretas apenas existen ya. Pero como es evidente que otras se resisten a la defenestración, el señor Fernández-Cuesta sugiere que lo mejor es prohibirlas.

Así las asociaciones políticas, sí llegan a existir, podrán hacer muchas cosas, menos una: tener ideología propia. En definitiva, la ideología ya está definida y se tiene. ¿Para qué pensar nosotros lo que otros pensaron ya?, concluye el lector de las palabras de Fernández-Cuesta. Mejor dicho: ¿para qué pensar otros lo que Fernández-Cuesta ha pensado ya? ¿Y al fuera diferente?, preguntará algún ingenuo. Pensar diferente no se puede, porque es Ilegal y anticonstitucional, sería en ese caso la respuesta del orador.

Todo esto no es ninguna broma. «Nuevo Diario» titula hoy con grandes caracteres: «Las asociaciones no podrán tener Ideologías propias.» Hombre, digo yo que eso no hay quien lo prohiba. Pero el cardenal va más lejos que mi pobre persona. No sólo opina que se debe permitir pensar, sino que pensar es un derecho y una obligación. Y reclama unas condiciones políticas «que hagan efectivamente posible la participación de los ciudadanos DESDE SU PROPIA IDENTIDAD IDEOLÓGICA (1), con efectivo reconocimiento de facultades y medios para hacerla valer».

Resumiendo: memorable jornada la de ayer, en que alguien quiso poner límites al pensamiento ajeno. Entre tanta prohibición como nos rodea, permítasenos al menos tener ideas propias. Aunque sean peregrinas, caramba.

(i) El subrayado es mío.

 

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