Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Universidad: no se trata, creo yo, de cerrar; sino de cerner.     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 72-73. Páginas: 2. Párrafos: 26. 

Política y diccionario

Universidad: no se trata, creo yo, de cerrar; sino de cerner

A muchos aperturístas lo que les molesta, a lo que se ve, es que la apertura la hagan otros

La verdad es que esto del fulanismo es un viejo mal del país

Por Jaime Campmany

(Enviado especial de «G. i.» en Madrid)

TINA de dos: o eso de la apertura se nos está haciendo viejo, o hasta la Real Academia de la Lengua ´Española nos está dando ejemplo de aperturismo y rejuvenecimiento. Las palabras apertura» y sus derivados («aperturismo» y «aperturista») han entrado en el diccionario de la mano de los inmortales y ya pueden ser usadas por los puristas más rigurosos en sus acepciones políticas. De pronto, el diccionario de la Real Academia se ha llenado de actitudes y de nombres propios de ia política. El diccionario, políticamente hablando, se ha poblado, como el Movimiento, de treinta y cuatro millones de españoles, porque, al mismo tiempo que «aperturista», los académicos han admitido las palabras «dogmático», «inrnovilismo» y «apoliticismo».

En el Diccionario de la Academia ya estamos definidos todos los españoles como sujetos políticos, desde don Pío Cabanillas a don Blas Pinar, desde don Laureano López Rodó hasta esos estudiantes de las encuestas que confunden a José Antonio Girón con un torero o un novelista. Alguien tendrá que escribir y publicar un día de estos e! Diccionario Secreto del vocabulario político del Sistema para que queden clasificados y definidos los individuos y las especies políticas de nuestra evolución, desde el pancista hasta el ejecutivo.

No es que la Real Academia se haya dado demasiada prisa en reconocer las palabras y en añadir las acepciones. Porque, según el historiador don Ricardo de !la Cierva, ya vamos por la apertura tercera, y porque, según otros cronistas, los ejecutivos, por ejemplo, se han convertido ya en especies a extinguir. Cautos, prudentes y estupendos articulistas, como José María Alfaro, han ensayado en la tercera página de «ABC» la definición del aperturismo político, y hasta el conde de Montarco, que hasta ahora era considerado por algunos como una especie de diplodocus terrateniente y cavernícola, solicita, desde la misma tribuna periodística, nada menos que la participación del socialismo. La apertura —ya ´lo veis— se ha metido por las ventanas de la Academia y por los artículos del conde de Montarco, Casi podemos decir ya que es un «fenómeno irreversible». «Voilà!»

Las puertas de la Universidad

En tiempos de abrir, lo fácil, es decir, lo demagógico, habría sido decir que se abrían también, de par en par, las puertas de la Universidad. En cambio, los padres de la patria están discutiendo en las Cortes, por voluntad de don Cruz Martínez Esteruelas, la Universidad selectiva: más de veinte enmiendas a la totalidad y no sé cuántas más a! texto de la Ley. El proyecto de una Universidad selectiva fue acogido con mes recelos que entusiasmos. Algunos creyeron ver de nuevo los viejos fantasmas del clasismo universitario y del «numerus clausus».

Seguramente es que el equipo de Martínez Esteruelas está pagando, en el Ministerio de Educación y Ciencia, pecados heredados. Después de una etapa de legislación tan frenética como delirante, muchos habían llegado a la conclusión de que lo mejor que podía hacerse en materia de educación era no hacer nada. Todo cuanto se hacía era para peor Pero la crisis de la Universidad estaba ahí, como uno de los más difíciles retos de la vida española. A la Universidad española le faltaba capacidad, calidad, seriedad, tranquilidad... y selectividad. La demanda de puestos universitarios había llegado a puntos insostenibles de inflación. La calidad de la enseñanza presentaba índices aterradores. Las aulas estaban (lenas de asambleístas frivolos, y no de universitarios de vocación. El nivel cultural de los llamados contaminaba nocivamente el nivel mínimo de los escogidos. Por las puertas abiertas de la Universidad se había colado de rondón la huelga —y la juerga— de la subversión, y salía la enfermedad de la «titulitis». La Universidad española, en palabras de don Federico Mayor, estaba a punto del hundimiento y la ruina, como esos edificios que ahora son derribados por ta piqueta municipal.

En esta situación limite, podrán ser discutibles los procedimientos y las fórmulas de selección. Pero no puede ser discutida la necesidad de la selección misma No se trata creo yo, de cerrar; sino de cerner. No se trata de ahorrar una inversión —que siempre resulta altamente rentable—, sino de invertir el esfuerzo justo para asegurar la mínima rentabilidad exigible. No se trata de numerar y de restringir los títulos, sino de impedir que aquellos que nunca obtendrán los títulos ocupen el sitio de quienes aspiran a ellos con capacidad y con voluntad. No se trata de resucitar el cadáver del clasismo económico de la Universidad, sino de todo lo contrario: de hacer del universitario una clase intelectual que nada tenga que ver con los medios económicos familiares. Se trata, en definitiva, de salvar a la Universidad, que es la mejor manera de salvar la España del futuro. ¡Ojalá acertemos entre todos a hacer una Universidad de universitarios y para universitarios! Una Universidad que sirva de contraste óptimo de la calidad que debe alcanzar nuestra Enseñanza; que proporcione una auténtica igualdad de oportunidades a las vocaciones universitarias de los españolitos; que ofrezca al país, en calidad y cantidad, los titulados justos que e! país necesita para su desarrollo y su progreso indefinidos.

La Ley está haciéndose. La Universidad, después, tendrá que hacer honor a la grave responsabilidad que la Ley le atribuye. De la nueva Universidad, como de la nueva política, no deben quedar excluidos sino aquellos que se autoexcluyan con su propia incapacidad.

Los escombros del laberinto

En el laberinto hay edificios —y uso la palabra en el más amplio sentido, para quienes quieran entender— que se están viniendo abajo. Los muertos de la calle de Fuencarral han puesto en movimiento algunas piquetas inmovílistas. Se ha demostrado que o derrumbamos algunas piedras viejas o las piedras se derrumban encima de nuestras cabezas. No sé cuáles entretenimientos burocráticos han hecho posible ese derrumbamiento. Pero, en principio, parece claro que ha existido alguna pereza en derribar lo viejo en espera de buenos tiempos para edificar lo nuevo. En estas dilaciones, de pronto nos encontramos con un solar, con unos escombros y con algunos muertos. Es una enseñanza urbanística que puede ser aplicada, por quien quiera, a algunos otros edificios de la vida nacional.

El tiempo, la herida del tiempo, termina por agrietar muros que fueron sólidos («miré los muros de la patria mía») y por dar en tierra con torres que fueron altas. Y a veces nos entretenemos en labores de apuntalamiento o nos preocupamos, casi instintivamente, por desalojar lo que parece que se hunde. Pero son pocos ´los que se sacuden la pereza más peligrosa: la pereza por reedificar. La obligación de reconstruir no termina con una generación, ni es algo que se pueda hacer de una vez para siempre. Los que se empecinan en ignorar algunas de estas verdades, terminarán exclamando ¡a ironía de don Francisco de Quevedo:

Huyo lo que era firme, y solamente lo fugitivo permanece y dura.

Más sobre el fulanismo

En el laberinto, algunos esfuerzos se observan para tratar de que la política no sea soto cosa de fulanos, sino participación de grupos. En las Cortes, en ´los clubs, en la Prensa y en ¡as tribunas de los conferenciantes, se multiplica ia enfermedad española del fulanismo. Hasta ahora, el esfuerzo de sumar y de agrupar es propósito de pocos y alcanza escasa fortuna. A !o más que llegamos es a los minigrupos y a los corpúsculos. La clase política está superpoblada de francotiradores. En ios periódicos y en jas tertulias políticas se habla del «gironazo», del «rebuilazo» y del «piñarazo». Aquí, los políticos, o están en el Gobierno, o cada uno hace la guerra por su cuenta.

Sólo ef hecho de que don Laureano López Rodó se siente en un banquete junto a don Joaquín Ruiz-Giménez aparece como una picardía política. Es algo así como una procacidad del diálogo. Si don Laureano, en vez de aparecer junto a don Joaquín Ruiz-Giménez, aparece en un acto público at lado de don Blas Pinar, el hecho no sólo aparece como una picardía, sino que necesita una explicación pública desde las páginas de «Nuevo Diario», Como ni los grupos ni las familias están, todavía, institucionalizados, nadie quiere que Se confundan con unos o con otros. En el acto de «Fuerza Nueva», don Laureano no alza el brazo cuando se canta el «Cara al Sol»; don Blas Pinar se autodefine poco manos que como cabeza visible y principal de la Falange, mientras escucha, entre el público, don Raimundo Fernández-Cuesta. Y así prosigue la ceremonia de la confusión.

Algunos aperturistas de ayer ironizan sobre la apertura de hoy. No parece que les moleste la apertura; lo que íes molesta, a lo que se ve, es que la apertura la hagan otros. Hay quienes contemplan, regocijados, el espectáculo aperturista, no por gozo de ver cómo se abren las ventanas políticas, sino en espera de que alguien salga defenestrado por las ventanas entreabiertas. Ciertos políticos, no demasiado partidarios de! diálogo, pretenden un diálogo en el que nadie les responda, sino en e! que todos aplaudan. Y otros políticos, que se declaran partidarios del diálogo, atacan, pluma en ristre a quienes manifiestan su parecer pluma en ristre. Seguimos en e! país del fulanismo, en espera de que esto se ordene para que sepamos quiénes y cuántos están detrás de cada Fulano que salle a la palestra política.

Con todo, el «espíritu de! 12 de febrero» alienta esperanzadoramente en ei aire político del país, y alguna vez nos traerá, deberá traernos, ios cauces para que el fulanismo se convierta en estructura política organizada.

Hasta entonces, la fuerza de las opiniones políticas se seguirán midiendo por ios viajes a Londres, a ver a Fraga; por los comentarios puntualizadores a las palabras de Girón; por la intensidad de los aplausos en las Cortes o en ei Club Siglo XXI, y por los guiños de los señores consejeros nacionales cuando asisten a la batalla dialéctica entre el que fue presidente en funciones del Gobierno, don Torcuato Fernández-Miranda, y el que es vicepresidente primero del Gobierno, don José García Hernández, con motivo de la elección de los alcaldes. Por cierto que el señor García Hernández respondió aJ señor Fernández-Miranda con una cita de don Gabriel Cisneros, que es como mentar la cuerda en casa de! ahorcado. La cita, para ilustración de los curiosos o coleccionistas, es esta: «El sujeto real de la representación es el pueblo y cada uno de los ciudadanos que lo integran. La familia, el municipio, el sindicato, las demás entidades con representación, son vías, cauces, a través de los cuales )a representación se instrumenta. Sí confundimos cauces con sujetos si hacemos de aquéllos —como ocurre en el régimen local vigente—sujetos mismos de la representación, no estamos ante una democracia orgánica. Estaríamos ante un corporativismo, para el que el propio José Antonio Primo de Rivera reservó la más enérgica de las condenaciones».

Dicen que no será esta la única intervención de! señor Fernández-Miranda en el año político que está a punto de terminar. Como tantos otros

«ex», vuelve a ia palestra política desde la tribuna de las Cámaras. A falta de asociaciones o grupos organizados, el político fuera del poder vuelve donde solía: a oponerse al poder para opositar al poder.

Quien no está en ei Gobierno se sitúa frente o ante el Gobierno, y así la clase política actual se divide en dos grandes grupos: los que gobiernan y todos los demás. La verdad es que esto del fulanismo es un viejo mat del país, y a veces, para consolarme, vuelvo sobre las lecturas de aquel gran Fulano que fue don Miguel de Unamuno. Pero...

Lo que se dice y lo que se oye

En eso de oír lo que se dice, algo vamos avanzando. Por de pronto se han abierto unas puertas largamente cerradas: las de) Consejo Nacional. Se han abierto para los debates y se tían abierto, también, para la Prensa. Así, hemos podido enterarnos de las palabras disidentes de don Torcuato Fernández-Miranda, que guardó en sus tiempos de vicepresidente del Consejo las ¡deas de la «Cámara de (as ideas* en la caja fuerte de una política secreta. Utrera Molina daba el uso de la palabra a ios señores consejeros con luz y taquígrafos. Lo que de ahora en adelante se diga, no sólo en Jas Cortes, sino en el Consejo Nacional, podrá llegar a) oído, cada vez más atento, de los españoles.

Aparte, (lega, naturalmente, lo que se dice en la Prensa, gracias a esa Ley Fraga, que defendió Abella y en la que batió la marca de intervenciones el actual ministro de Información. Y lo que se dice en los libros, alguno de los cuales más parece, como dice «Informaciones», nostalgia del poder que homenaje sentimental a politicos desaparecidos.

Don Adolfo Muñoz-Alonso —que es político que calza muchos puntos, y que, según «Argos», es capaz de enredar dialécticamente a quien se le ponga por delante—, ha puesto nada menos que quince sobre la «i» de la Monarquía. Hablar de la Monarquía es hablar del futuro, y el profesor Muñoz-Alonso, en el Club Siglo XXI, ha hecho quince incursiones hacia el futuro con quince incrustaciones de los Principios Fundamentales. Mientras hablaba Muñoz-Alonso de la Monarquía y del Príncipe, mis paisanos de Murcia aclamaban a don Juan Carlos. No está mal: la teoría enlazaba al Príncipe con ios Principios, y ¡a realidad estrechaba al Príncipe con el Pueblo.

El cardenal Enrique y Tarancón ha dicho en Cananas que é! no se mete en política, y don Manuel Diez Alegría ha declarado que él tampoco, pero que se une fervientemente al «espíritu del 12 de febrero». Es decir, que por un lado, la Iglesia va recuperando su sitio, y el Ejército, por otro, definiendo claramente el suyo. El marqués de Valdeiglesias, que creo fue el primer español de la posguerra que tuvo e) valor y !a franqueza de declararse reaccionario, ha movido la cabeza dubitativamente ante el ditema de las asociaciones y ha vuelto a temer el fantasma de los partidos. Pilar Primo de Rivera, en la inauguración del Consejo Nacional de la Sección Femenina, que ya va por el número XXVII, dijo que debemos admitir formas actuales para la política actual, con sentido de adivinación y sin perder los principios, que es en ¡o que estamos desde hace algunos años. Y el profesor francés Maurice Duverger ha anunciado en Madrid que España, por evolución, se convertirá en una democracia occidental. Las fotocopíadoras han difundido estos días un segundo escrito de Girón que, por no sé cuales peripecias, no ha tenido en esta ocasión lugar en las páginas de «Arriba*. El señor Garrigues Walker se ha manifestado en favor de las asociaciones políticas, aunque restringe su número idea] a dos o tres. Y don Ricardo de la Cierva ha intervenido en la resurrección del «error Berenguer» para afirmar que cualquier comparación entre la España de 1930 y la de 1974 es algo así como un despropósito.

Los augures anuncian acontecimientos políticos para los últimos días de junio. Recordará el lector que los augures romanos en los tiempos da Julio César miraban el vuelo de las águilas y examinaban ei hígado de las gallinas. Sí las águilas no volaban o las gallinas no comían debían aplazarse batallas o decisiones que tenían su momento oportuno y justo en una determinada fecha. Un día Julio César ordenó: Que los augures me preparen signos y señales contradictorias para utilizar unas u otras, según mi conveniencia, en el Senado. Y los augures así lo hicieron. En el fondo, lo que hacen los augures es ofrecer opciones políticas. Como cada quisque.

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