Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   Carta a Gabriel Cisneros     
 
 Informaciones.    13/10/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

FIRMAS EN (INFORMACIONES»

EL PAÍS Y SUS HABITANTES

CARTA A GABRIEL CISNEROS

QUERIDO Gabriel Cisneros: Acabo de leer tus primeras notas beligerantes en «Blanco y Negro» y tus declaraciones en «A B C» y tengo que escribirte la alegría de encontrar un nombre verdadero —y más el tuyo— al pie de unas palabras políticas. Está el cotarro tan lleno de seudónimos, que a veces se me desmayan las ganas de escribir por temor de estar hablando entre fantasmas y mascaritas. Aquí, el único que sigue firmando sin tapujos ni tapadillos es el viejo Pemán, y la verdad es que igual daría que no firmase, porque le conoceríamos en seguida todos por las travesuras y el alfonseo. Me dicen que Wifredo Espina es nombre de verdad y no un apodo, que yo no le habría encontrado otro que le viniese más pintiparado. Y algún otro ejemplo se podría buscar Pero la verdad es que de «Cándido» a «Ariel» y de «Argos» a «Copérnico», he hallado tantos seudónimos en la apostilla política, que no me bastan a contarlos los dedos de las manos ni aun de los pies. Algunos de ellos desaparecen pronto y apenas si se advierten, como los cometas que no traen cola, y otros no persisten en el recuerdo a pesar de la frecuencia. Manolo Alcántara dice que hay quien escribe en los periódicos y consigue hacer perfectamente desconocidos dos nombres al mismo tiempo: e! falso y el verdadero. Confiesas no saber quién hay detrás dé Diego Ramírez», y tal vez yo pueda socorrerte en esto si fuese verdad lo que me aseguran: que se trata de un tocayo del Gran Capitán, crítico, diplomático, político y escritor, precisamente aquel que ayer no más decía lo que decía. Lo cierto es que la costumbre de los apodos ha llegado a tanto que hasta Emilio Romero, para escribir en esta etapa, se firma con el ilustre seudónimo de «Emilio Romero».

Como, además, hace tiempo que casi nadie inventa, pocos hablan, algunos repiten y otros se contradicen, no es pequeña la confusión y vamos a terminar por ser unos para otros políticamente unos desconocidos de toda la vida. Hace ya algunos años que Muñoz-Alonso se preguntaba en un precursor artículo que «qué, quiénes y cuántos somos», pregunta a la que se puede contestar cada vez con menos seguridad, la tomes por donde la tomes. Más tarde, un alcalde cuyo nombre me gustaría saber dijo aquello casi ingenioso y casi patético: «Yo ya no sé si soy de los nuestros.» Y hace poco, el conde de Mayalde se quejaba de que nos habíamos tomado tan en serio eso de prohibir los partidos políticos, que habíamos prohibido incluso el nuestro.

No es ya que las viejas familias políticas estén disueltas y diseminadas. Ni que haya resultado rigurosamente cierto aquello de que en este país hay tantas ideologías como habitantes. Lo que sucede es que algunas voces políticas no logran ponerse de acuerdo consigo mismas, y hay políticos que hoy echan a andar la Constitución y mañana la encierran en el frigorífico. Tú lo dices más científicamente: pretenden hibernarla en estado declarativo. Algo parecido pasa con la juventud, y algo semejante sucede con Europa, que todo es uno y lo mismo. No parece sino que estuviésemos en camino hacia metas a las que no se quiere llegar.

los datos que poseo —por ejemplo— sobre el tema de las asociaciones políticas. No sólo es que están ahí, como tú recuerdas, la Ley Orgánica del Estado, la Ley Orgánica del Movimiento, el Estatuto Orgánico del Movimiento y otro Estatuto —no publicado— de Asociaciones. Es que ahí están también las declaraciones del ministro Torcuato Fernández-Miranda a su tocayo Torcuato Lúca de Tena. Otros ministros abundaron en el fervor asociacionista, hasta lograr la atención de los más desentendidos y la unanimidad de los más recelosos. El propio ministro secretario general nos explicó un día el juego magistral de los siete errores, que consistió en definir rigurosamente las siete diferencias esenciales que distinguen las asociaciones políticas de los partidos políticos. Todos quedamos convencidos, tirios y troyanos, romanos y cartagineses; todos, menos cierto señor apodado «Diego Ramírez», de quien no tenemos otras noticias fidedignas que sus navegaciones en el siglo XVII. Cuando ya estábamos todos convencidos y unánimes, escribió un artículo en el periódico y envió a las asociaciones políticas a navegar por las aguas del estrecho de Magallanes.

Más datos. José Miguel Ortí Bordas, vicesecretario general del Movimiento, y el consejero nacional más joven (aún no habías llegado tú al Consejo), pronunció un día un discurso en el que se hablaba de asociacionismo, y al poco tiempo fue sustituido por Manolo Valdés, e! más antiguo falangista vivo, que en unas declaraciones a «Nuevo Diario» había discrepado de la tesis asociacionista del propio ministro.

Aquel relevo político se hizo bajo el símil deportivo del fichaje de un «defensa», y en eso parece que seguimos. Hace poco, Rafael Ruiz-Gallardón ha sido separado de una delegación nacional que por lo visto ya no tiene misión ni sentido. Y tú mismo debes defender ahora la apertura de las asociaciones ante los ojos jóvenes que miran al futuro, no desde la delegación de la Juventud, sino desde las páginas de «ABC».

José Antonio Girón, cuya reconocida capacidad de adhesiones no hubiese sido posible si anduviera jugando al escondite detrás de los seudónimos, deja su retiro del sur y se viene un 4 de marzo a la Castilla de Valladolid, a la cuna de la doctrina, y propone la articulación de la diversidad, en la unidad, sobre el eje de tres grandes tendencias. Nada he sabido acerca de la consideración que en Alcalá, 44, haya merecido la propuesta de Girón, porque nadie con autoridad se ha referido a ella. Pero tuvimos en seguida ocasión de saber que a «Diego Ramírez» tampoco le convencía eso de las tendencias. Al parecer, a «Diego Ramírez» la única tendencia que le convence es la tendencia ramirista, y todo lo que no sea eso encierra el peligro de volver a las andadas. Tú podrás no estar de acuerdo con los artículos, pero, como diría Fernández de la Mora, ahí queda su eficacia.

Es natural que todo esto y más te preocupe. Nos preocupa a ti, a mí y a muchos más con nosotros, cerca de nosotros, más o menos lejos de nosotros. Menos mal que al reverso de la preocupación está la esperanza. Ahí, donde tú dices: en la solución sucesoria, en la calle, en la gente, en el desarrollo económico, en el cambio social; en la vida real española. En la España real, nueva, viva e imparable. Lo otro es, más o menos, burocracia.

Tu homónimo el fraile, regente de Castilla, se asomó u i día por la ventana de su despacho y, señalando una formación de cañones, dijo: «¡Esos son mis poderes!» Ya no es tiempo de cañones, sino de voluntades y de asentimientos. Desdichado el político que abra un día la ventana de su despacho y sólo encuentre en el patio un pequeño ejército de burócratas y de ordenanzas.

Te abrazo en la preocupación y, muy fuerte, en la esperanza.

Por Jaime CAMPMANY

 

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