Autor: Moreno y Herrera, Francisco (CONDE DE LOS ANDES) (MARQUÉS DE ELISEDA). 
   Juan López, voluntario de la columna Escámez     
 
 ABC.    24/06/1964.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

D1AR1O ILUSTRADO DE INFORMACION GENERAL

ABC

FUNDADO EN 1906 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

JUAN LÓPEZ, VOLUNTARIO DE LA COLUMNA ESCÁMEZ

SERIA la medianoche del 1 de agosto de 1936 cuando don Juan de Borbón. hoy conde de Barcelona, salía, del parador de Aranda de Duero con cara entristecida, mientras le presentaban arma» voluntarios falangistas y roquetes, para subirse a mi automóvil y cumplir la orden de abandonar España, que le había transmitido, con respeto y firmeza, un capitán de la Guardia Civil. Recuerdo que al sentarse junto a mí me dijo: "Es bien triste que yo sea el único español joven que no pueda luchar en esta Cruzada, precisamente por ser hijo de mi padre y descendiente de los que hicieron la historia de España a través de los siglos."

La aventura, «n la que habíamos colaborado Rulseñada, Jorge Vigón, Eugenio Vegas y yo, acababa de truncarse porque el genera! Mola dispuso que el hijo de Alfonso XIII abandonase España, considerando que su augusta persona no debía arriesgar la vida en Somosierra. Un año más tarde el Generalísimo Franco denegaba la petición de don Juan de Borbón de embarcarse en el "Baleares", porque "su vida era demasiado preciosa y podía ser útil a España algún día".

Las cosas sucedieron de esta suerte. Cuando don Juan supo >we se había Iniciado >-l Movimiento Nacional intentaba incorporarse a él, sorteando los Inconvenientes que su nombre pudiese oponer al patriótico propósito. Un viaje a Biarritz, cumpliendo una misión encomendada por Mola, me permitió conocer estos deseos de don Juan de luchar como un combatiente más y, naturalmente, de incógnito.

Por abreviar el relato diré que llegamos a. Carines Ruiseñada, Jorge Vigón, Eugenio Vegas y yo la tarde del 30 de julio. Andrés Sorlano, que tanto ayudó en los primeros momentos con su generosidad al Alzamiento, habla puesto a nuestra disposición su Automóvil para desplazarnos a la Costa Azul. Su cuñado Pascual Vicuña se incorporó a la expedición. Nuestra llegada no pudo ser mas intempestiva.

Aquella mañana había nacido la infanta Pilar, primer» hija de don Juan de Borbón. Esta circunstancia n» cambió la decisión del principe. Quedó concertada la> salida para el día siguiente a las ocho de la mañana.

Aquella noche había comunicado don Juan a su padre. Alfonso XIII, au determinación, pidiéndole su autorización antea de partir al frente. "Ve, hijo mío, y que Dios te ayude", contestó el Ftey. A la mañana siguiente se despedía don Juan de doña María de las Mercedes y de su hija, recién nacida. Ya en el umbral de la puerta recuerdo al infante don Carlos, padre político de don Juan de Borbón, y s, su madre, la Reina doña Victoria Eugenia, que le despedía con una frase digna de una Reina de España: "Así tiene que ser: las mujeres a rezar y los hombrea & luchar."

Cruzamos la Provenza hasta llegar & Manipellier, donde almorzamos. En los dos coches, el de don Juan y el de Soriano, continuamos hasta San Juan de Luz, donde Andrés Soriano nos daría hospitalidad.

Llegamos muy tarde, después de haber comido en Pau, devorando, más que la comida, las noticias que traían tos periódicos franceses sobre el Alzamiento.

Al día siguiente, 1." de agosto, muy temprano, emprendimos el viaje. Se sumó a la expedición el Infante don José Eugenio, dispuesto a empuñar las armas, con nombre supuesto, como soldado, olvidando su erado de capitán de" Ingenieros.

Pasamos la frontera sin contratiempos, donde nos esperaba mi coche conducido por el alférez Antonio Ochoa, provisto de pases para los controles. Con él venía el batallador concejal monárquico madrileño Luis Zunzunegui.

En un cuarto del hotel La Perla cambiamos todos nuestro atuendo civil por el mono azul, que en los primeros momentos era el uniforme militar de los voluntarios. Don Juan y don José Eugenio, igual que los demás, brazalete en el brazo con la bandera española.

Nuestro propósito era quedarnos en Burgos para almorzar, pensando hacerlo en casa de la viuda del heroico coronel del Tercio Juan José Liniers. Pero Eugenio Vegas, que salió por delante, se equivocó de casa y entró en la vecina del teniente coronel Besgas, sorprendiéndole con el anuncio de la visita que iba a recibir. En casa de Sesgas no había comida preparada, como es lógico, para tanta gente y fue preciso traerla de un hotel. El encargado de este cuidado avisó con el mayor sigilo a Juan Luís Rocamora, capitán con destino en el Estado Mayor de Burgos. Este avisó también a Goicoechea, Vallellano y Valdecasas, que acudieron al improvisado escondite burgalés del paseo de la Isla, que nos albergaba.

Nuestro propósito era llegar de noche a. Somosierra. donde don Juan, que adoptó el nombre supuesto de Juan López, y su primo, el infante don José Eugenio, el de José Martínez, pudiesen incorporarse como

voluntarios con mayor discreción. Alguno de los visitantes, no recuerdo cuál, no supo o no quiso mantener el secreto y la noticia llegaba al general Mola mientras nosotros, llenos de ilusión, íbamos camino de Aranda de Duero para comer allí y seguir después hasta el frente.

Poco antes de llegar a Aranda hubo una avería en uno de los dos coches de la expedición.

Era una de esas tardes del verano_de Castilla en que se respira el tamo denso de las parvas y se oye el ruido de la trilla y el "runrún" paciente de las yuntas. Paseaba don Juan por la carretera mientras se reparaba la averia, recordando que no contemplaba tierra española desde que tuvo que embarcar para el destierro. Imaginábamos cómo serían los días de guerra que le esperaban, repasando todos al mismo tiempo la lección aprendida para que no se descubriese la identidad de don Juan.

Dios quiso que la indiscreción de Burgos cortase la ilusión del principe.

Cuando, ya bien entrada la noche, nos disponíamos a abandonar el parador llegó la orden de detección y poco después, con un coche de escolta de la Guardia Civil, desandábamos el camino del día.

Con los ojos cargados de cansancio y de sueño llegamos, al despuntar el alba, a la plaza del Castillo, de Pamplona. Ya no había por qué guardar secreto y don Juan quiso abrazar a su cuñado el principe don Carlos de Borbón, hijo del infante don Carlos, cuya presencia en Pamplona conocíamos. Allí se abrazaron por última vez don Juan y don Carlos, hermano de doña María de las Mercedes, hoy condesa de Barcelona. Meses después murió gloriosamente cerca de Tolosa el príncipe don Carlos.

La tristeza y el desaliento de nuestro fracaso al tratar de conseguir que don Juan llegase a Somosierra hacían que todos estuviésemos cariacontecidos. Pero para don Juan la pena era más honda; cada árbol, cada casa se le grababan en la mente en forma indeleble. En la frontera de Dancharinea don Juan departió con los policías y requetés voluntarios que la guardaban. Ya no volvió a España hasta que. muchos años después, se entrevistó con el Generalísimo en la finca extremeña de "Las Cabezas".

Al cumplirse los veinticinco años de paz, ganada por el esfuerzo del Ejército y de los voluntarios que lucharon por conseguirla, la historia del Movimiento demanda un recuerdo para ese egregio voluntario de la columna Escámez: Juan López, como firmó el hoy conde de Barcelona en un libro del parador de Aranda al frustrarse su patriótico anhelo. Si no pudo tomar parte en la Cruzada, fue, sin embargo, combatiente de deseo.

EL CONDE DE LOS ANDES

 

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