Autor: Moreno y Herrera, Francisco (CONDE DE LOS ANDES) (MARQUÉS DE ELISEDA). 
   Democracia y responsabilidad     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ABC

FUNDADO EN 1906 POH DON TORCUATO LUCA DE TENA

DEMOCRACIA Y RESPONSABILIDAD

EL Príncipe de España es ya hoy Jefe de Estado en funciones y mañana lo será de pleno derecho. Y Rey e España. Y después, ¿qué? En la vida del país se especula a dia-:o sobre el futuro de nuestra conviven-ia. Se presume que las cosas no serán amo han sido. Que algo nuevo, distinto. a a ocurrir. Hay un consenso mayoritario a todos los niveles de que ia vida politica de los próximos tiempos tendrá :ras características.

Se dice que los españoles no somos monárquicos. Muchos piensan que no estamos preparados para la democracia. Los epañoles tampoco somos, no se puede segurar que seamos, republicanos. Pero tanto los que dicen una cosa como otra, los que afirman y los que niegan sobre el ser y eí no ser de los españoles, lo hacen, lo hacemos, a título personal, intuitivamente. Movidos por nuestras inclinaciones personales, por nuestros deseos y muchas veces por nuestras ambiciones.

Sí, por el contrario, se le preguntase a un francés o a un italiano si son demócratas y republicanos y a un inglés o a un belga si son monárquicos y demócratas dirían que si, que naturalmente lo son. Pero la pregunta sería en cierto modo extemporánea y sorprendente y su respuesta un tanto desconcertada. ¿Qué otra cosa se puede ser en Europa? Para el europeo contemporáneo este tipo de preguntas es casi prehistórico.

Para los europeos de nuestro tiempo ios temas políticos empiezan precisamente a partir de ahí. Se discuten los temas laborales, la eficacia o ineficacia de las escuelas y universidades, la repercusión de las alzas en el coste de la vida, los problemas regionales, las medidas contra ia polución y un sinfín de problemas similares. En estos problemas caben todas las opiniones y son lícitas todas las actitudes. En estos temas, a veces, la tensión de los intereses en juego, ya sean privados, regionales o estatales, produce rupturas y enfrentamientos. La vida política se polariza entonces en un aspecto concreto y unos y otros buscan soluciones negociadas.

Los estudiantes y los obreros se manifiestan en reivindicación de derechos que consideran inalienables.

Los vecinos de un Ayuntamiento protestan por !a polución. Los profesionales, médicos, arquitectos, ingenieros, le reclaman al Estado igualdad de oportunidades. La política en Europa es política de cosas concretas, de temas urgentes o graves para 5a difícil y tensa convivencia ciudadana d>s 3a sociedad de consumo. Lo que no está en juego es e! marco de la Constitución, sus grandes principios y la forma de Estado. En nuestro país, por el contrario, estamos, seguimos todavía, en la fase constituyente. En aquella en la que se discuten los principios trascendentes, es decir, la propia interpretación de las leyes constitucionales y la validez de las instituciones del sistema político. En este Ierren. d« juego las diferencias a veces, se hacen abismales, el diálogo muchas veces imposible y los enfrentamientos a vida o muerte.

En estas circunstancias está entrando -en la ";da politíca el Príncipe de España

nárquico, será proclamado Rey en cumplimiento de los textos constítucionales vigentes. El anterior, su abuelo, abandonó el país hace ahora casi medio siglo. Tanto el Príncipe como la gran mayoria de los habitantes de este país no vivieron la etapa del reinado de Alfonso XIII. Heredará el Príncipe cuando inicie su etapa de Jefe del Estado un gran país con un brillante futuro y un sinnúmero de problemas. Y se especula sobre si podrá o no superarlos.

En las conversaciones llamadas políticas se saca la impresión de que Sos problemas del país los tiene planteados el Príncipe y él solo nos los tiene que resolver. Subyace aquí, en mi opinión, un problema básico en la educación cívica de Jos españoles. Entendemos que las cuestiones de la vida comunitaria corresponden al Estado y a los hombres del Gobierno. Tenemos todos el íntimo convencimiento de que es el Estado, el jefe de Gobierno, los ministros, los gobernadores civiles o los alcaldes quienes tienen que resolver los problemas de nuestra balanza de pagos de nuestras exportaciones, de las huelgas, de la luz, del agua y del telefono. Da la impresión cuando se nos habla de discutir los temas públicos que esos temas tan concretos de la comunidad no nos corresponden, que somos simplemente sujetos pasivos de las soluciones acertadas o equivocadas de los hombres de gobierno.

Las ciudades necesitan agua, luz y un parque de bomberos suficientemente eficaz para ^evitar la catástrofe del fuego. Y nos miramos expectantes, como si el tema no fuera con nosotros, como si fuera algo que la mano misteriosa de los hombres dedicados a! ejercicio de la política tuvieran, no se sabe cómo, la clave y, sobre todo, el dinero oara resolver el problema. Si nuestros productos industríales, por poner otro ejemolo, no se venden con suficiente margen en los mercados exteriores esperamos oue el Gobierno prime nuestras exportaciones o absorba nuestros excedentes. Si las playas y los bosques están polucionados es también el Gobierno el único responsable.

Sin embargo, esta actitud de los españoles ante los problemas comunitarios no es producto de la casualidad. A lo largo de nuestra Historia hemos renunciado con perseverancia al ejercicio de nuestros derechos y, lo que es más grave, a ¡a carga de nuestras obligaciones. Y hemos renunciado para que sea el Gobierno quien resuelva por nosotros el problema de tener mejores colegios, carreteras, hospitales o viviendas.

Se dirá que han sido los Gobiernos los que nos han exigido nuestra renuncia, los que a cambio de su tutela nos han eximido de estas responsabilidades. Pero es difícil aceptar que un pueblo de muchos millones de habitantes como es el nuestro se haya doblegado, contra su voluntad, al deseo de unos pocos ministros y unos pocos políticos. Por mucho que queramos vendarnos los ojos, la realidad es que hemos sido nosotros mismos los que hemos renunciado a gobernar nuestro propio destino dentro de un marco constitucional en el que cupiesen todas las opiniones. Y donde los derechos y las obligaciones estuviesen equitativamente repartidos.

Con ía llegada del Príncipe a la Jefatura dei Estado volvemos a plantearnos los mismos interrogantes.

¿Será el Príncipe capaz de organizar la vida política española? ¿Podrá sobrevivir en el juego político posterior a la complejidad de los problemas que quedan por resolver? Estos interrogantes presuponen esa misma actitud pasiva de quienes quieren ser espectadores en vez de partícipes.

Y hay que decir, y decirlo con claridad, que el Príncipe no es el superhombre capaz de resolver ñor sí solo nuestros problemas. El poder que va a ejercer el Príncipe desde la Jefatura del Estado no es «n poder omnímodo. En una sociedad pluralista, moderna y con ia dinámica de crecimiento material y espiritual de ia sociedad española hoy, el Principe, el Gobierno y la clase política tienen que gobernar eí país, que es una cosa muy distinta que mandar.

En contra de lo que pueda parecer por las imágenes amables que han proyectado hasta ahora sobre la personalidad del Príncipe los medios de difusión, su vida, su acceso a la Jefatura del Estado, ha sido difícil y compleja y muy pocos en sus circunstancias hubieran sido capaces de actuar con la prudencia y ía habilidad con que él lo ha hecho.

Esto es, efectivamente, un elogio, pero un elogio condicionado, porque lo que tiene que hacer en e! futuro es mucho más difícil que lo que ha hecho hasta ahora a la sombra de una personalidad y de un sistema político donde su capacidad de error está muy limitada.

Se dirá que en ios libros de texto hay otras formas de gobierno aparte de ´a Monarquía. Se dirá que en la década de ios 70 la instauración de la Monarquía e» el nieto de un Rey es una operación difícil. ¿Hay otra más fácil?

Se preguntará usted por último, si el Príncipe es demócrata. ¿Lo somos usted y yo? ¿Estamos decididos a asumir ¡a carga de nuestras obligaciones, a responsabilizarnos en el ejercicio de nuestros derechos y obligaciones?

En Sa medida en que los españoles estemos dispuestos a pagar el precio de la libertad, a compartir solidariamente el esfuerzo .de ia democracia, y sólo en esa medida, el Príncipe de España será como usted y yo deseamos, un gran Rey demócrata.

 

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