Autor: Alonso-Castrillo, Álvaro. 
   Valençay     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

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DIARIO FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

VALENÇAY

RAZONES conyugales me llevan, con cierta

frecuencia, al país del Loire, la tierra de los castillos de Francia. Viaje tras viaje he descubierto los encantos de Chaumont y Chenonceaux, propiedad de dos mujeres rivales por el amor de un mismo rey, Catalina de Médicis y Diana de Poitiers, la arrogancia de Langeais y Luynes, fortalezas medievales que defienden el paso del río, la soberana majestad de Bloís y Chambord, palacios reales: con el entusiasmo de un turista anglosajón y la paciencia de un historiador alemán, he buscado a juana de Arco en Chinón, a Leonardo de Vinci en Amboise, a Balzac en Saché, a Agnes Sorel en Loches, a Ricardo Corazón de León en Fontevrault. Pero un pudor de español patriota me tuvo alejado, durante más de una década, de Valençay, la resistencia de Talleyrand, que sirvió de prisión a Fernando VII mientras el pueblo ibérico moría luchando por su independencia,

Valençay, Valençay... Hace más de veinte años, un profesor de Historia, honesto republicano, me enseñó a menospreciar este nombre. Allí fue donde un rey de España, cuando el cañón tronaba en Zaragoza y Gerona, aprendía a bordar con su tío Antonio y a bailar en brazos de la bella princesa de Benevento, esposa de Talleyrand; desde allí, Fernando VII escribió a Napoleón para solicitarle, con ocasión de la boda del Emperador, permiso de trasladarse a París para asistir a la ceremonia. En ese rosario de nombres, leyendas y hechos tristes que ensombrecen mis recuerdos de niño apasionado por la Historia de España—el conde don Julián y el obispo don Oppas, la campana de Huesca, Bellido Dolfos; Rocroy, Trafalgar y Cavite—Valençay era el lugar donde todo se había perdido, incluso el honor.

Pero esta primavera no he sabido resistir a la tentación. Una fuerza secreta, casi telúrica, me impulsó: si con los años, la actitud de ciertas personas frente a la Monarquía ha evolucionado desde una oposición biológica, visceral, propia de jóvenes rebeldes educados en un ambiente revolucionario, hasta una aceptación razonada que cree ver en la institución monárquica, y en su continuidad, una posible garantía frente a los excesos que -.os amenazan tanto desde la derecha integrista como desde la izquierda anarquizante, ¿dónde medir mejor la fuerza e su desapasionada adhesión, ayuna de do sentimentalismo, y ahondar más profundamente en su significado último, que entendiendo al lugar donde la Monarquía española vivio su "noche triste"? Fernando VII ha sido el Rey mas duramente por el infalible veredicto de la Valençay marca el momento trío disonante, la flauta, la trompeta marina y el flajolé, allí fui para intentar comprender las razones de la evolución de estos españoles. Dejo a otros la grata tarea de entonar la loa de Don Pelayo, San Fernando, los Reyes Católicos, el Emperador y Carlos III; pueden llorar de emoción recordando Pavía y Mühlberg, Lepanto y San Quintín, Las Navas y El Salado. Para ellos la Reconquista, los Tercios, el Siglo de Oro, el Descubrimiento y Colonización de América. Yo, con la cabeza fría, quería poner mis codos encima de la mesa de billar de Valençay y preguntarme a mí mismo ¿qué servicio puede prestarle la Monarquía a España en las últimas décadas del siglo XX?

Me enteré en Valençay que los bordados del Infante don Antonio, objeto de mofa en los libros de texto de mi juventud, son, por su calidad, admirados como obra de arte particularmente conseguida, tal vez una de las más destacadas del castillo. Fernando, con escasísimos recursos, no pierde en el destierro una costumbre, propia de todos ios Reyes de España y responsable, en buena parte, del maná turístico que hoy impulsa nuestro desarrollo: colecciona objetos artísticos de toda clase, gasta menos que su tío Antonio o su hermano Carlos, y olvida posibles aventuras galantes para adquirir cuadros. Con una escuálida pensión, que no siempre el Gobierno francés abona a tiempo, el Rey compra libros. Todavía le sobra dinero para ayudar a los habitantes de Valençay, con quien gusta platicar y que no le han olvidado: la fonda del lugar sigue llamándose "Hotel d´Espagne". Fernando se somete aparentemente a Napoleón, pero dedica sus ocios a traducir a Chateaubriand, el gran enemigo de Bonaparte; manda quemar las obras de Rousseau y Voltaire, autores preferidos del corso, y a pesar de que, como él mismo comentó más tarde, "los de mi sangre no han nacido para célibes", prefiere permanecer casto durante sus seis largos años de permanencia en Francia antes que caer en la trampa que e! Emperador le tiende de manos de las galantes damas francesas de su minúscula Corte. He aquí la lección de Valençay: estos príncipes, de tan pocas luces, cuyas escasas capacidades nadie discute, no olvidan, en ningún momento, que sus modestos afanes y gestos tienen rango histórico. Las tenues sedas del Infante don Antonio, símbolo de la hora más débil, de la Monarquía, no han sido menos resistentes que las pétreas estructuras de El Escorial, del Palacio Real de Madrid, de los Alcázares de Segovia o Toledo, concebidas en momentos de gloria, porque fueron elaboradas con afán de eternidad, pensando en el futuro, es decir, con esperanza. El hijo de Carlos y María Luisa, culpable de tantos abandonos, legó a los españoles el Museo del Prado, símbolo universal de nuestro patrimonio artístico, al que el propio Monarca contribuyó con sus modestos ahorros de Valençay, acumulados en parte con sacrificio de sus naturales inclinaciones de hombre en flor de vida.

Estoy en la "Chambre du Roí": aquí reposó, solitaria, durante dos mil noches, la encarnación humana menos atractiva de la Monarquía española contemporánea ; buen momento éste para meditar, junto al lecho vacío, sobre el futuro y las posibilidades de la institución monárquica en España. Pido al guía que me deje solo; me asomo a la ventana; a mis pies, los prados verdes y tranquilos de Francia; más allá del paisaje bucólico, del otro lado del horizonte, intuyo la presencia violenta, desmesurada, incompatible de las dos Españas, herederas por mutaciones sucesivas de los descendientes físicos y espirituales de esos dos hermanos, Fernando y Carlos, que convivieron estrechamente unidos, inseparables —¡oh, ironías de la Historia!—en Valençay. Los padres involuntarios de las dos Españas del siglo XIX, ignorantes todavía de los conflictos que iban a despedazar el país, durmieron juntos en un " castillo francés. ¿ Las dos Españas del siglo XX, conscientes del desastre que estuvo a punto de hacer desaparecer la nación, podrán descansar juntas alguna vez, como los hermanos de Valençay?. Una idea brota en mi mente; los monarcas menos merecedores de aprecio suelen ser adorados por sus pueblos. Luís XV, culpable de la Revolución Francesa, fue el "Bienamado". Fernando VII, el peor Rey de España, no dejó nunca de ser para sus subditos el "Deseado". Tai vez, por una de esas jugadas maestras del destino, cuyo último sentido nos escapa, la Monarquía, tan malamada, tan indeseada, en estos momentos, por ciertos sectores de la nación, consiga, si las circunstancias históricas lo permiten, unir bajo su manto, tejido en la concordia, a todos los españoles.

Alvaro ALONSO-CASTRILLO

 

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