Autor: Gállego, Vicente. 
   Los tecnócratas     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 12. 

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LOS TECNOCRATAS

UN personaje de Caldos, el infortunado Maximiliano Rubín, quería transformar los sueños en realidades con la sola mutación de las palabras. Todo es cuestión de nombre —decía—y de que diéramos en llamar "dormir" a lo que llamamos "despertar". Inocente simplicidad. Más realistas, los franceses sostienen que "le nom ne fait pas a la chose". Las cosas son por sí mismas, no por el vocablo que las clasifica. Por su condición y no por su nombre, la "pura encendida rosa" es una flor fragante, sin que importe a su naturaleza la denominación que cada país le atribuya.

Pero hay una superstición que impone el trueque soñado por Maxi Rubín. Así ocurrió que allá por los años cuarenta, la U.R.S.S. desapareció de los periódicos españoles y, como un fantasma del pasado, resurgió Rusia; era una orden, lo que se llamaba una consigna. La potencia comunista dejó de existir, aunque sólo en la letra impresa. Por otra consigna tampoco podían imprimirse los nombres de Baroja y Benavente, que tuvieron que ser enmascarados con los títulos de sus obras: don Pío era el narrador de "La Busca"", y don Jacinto "el autor de "La Malquerida"". Estos son hechos tan históricos como increíbles. A la U.R.S.S. no se la retiró del campo de batalla, ni a Baroja y a Benavente se les impedía escribir, pero no se les dejaba nombrar. De la arbitrariedad se deducía que lo vitando eran los nombres, no las obras.

Con la política y los partidos acontece ahora algo semejante. La política se transforma en tecnocracia, los partidos en asociaciones y las discrepancias en contraste de pareceres. Contra lo que digan en Francia, el nombre es más importante que la función. Chiarelli no habló en vano de "la máscara y el rostro". Un antifaz oportuno resulta una filosofía práctica.

El "asociacionismo político" no ha conducido a ningún resultado, y menos aún a cualquier aplicación efectiva. Se ha quedado en ensueño, en fruto de la imaginación, en humo, en nada, sin que se vislumbre el camino que lo saque del limbo, que es el lugar que acoge a los niños que mueren sin recibir el primer sacramento. En cambio, y con sorpresa general, ha cobrado alto y asombroso vuelo la "tecnocracia", palabra de tan reciente invención que la Real Academia de la Lengua no la tiene inscrita en los diccionarios en uso y, en consecuencia, carece de difinición autorizada. Se habla ahora de los tecnócratas como de una moderna especie redentora para la salvación de los pueblos y todavía se les atribuye un don superior: la homogeneidad. Cualquier Gobierno formado por miembros de aquella clase asegura la unidad de la obra ministerial.

Sin embargo, se trata de una anti-ideología, no de una comunidad de pensamiento. Los tecnócratas discrepan entre sí con mayor encono que los políticos, por creer que arrancan de bases técnicas indestructibles, de axiomas que, por serlo, no necesitan demostración. Lo vimos una vez más en la ardorosa polémica sobre la revalorización del marco; discutían con acritud las ventajas o los peligros de corregir la paridad de la divisa alemana y sus discrepancias rugían como las olas de un mar encrespado.

La revalorización, por fin acordada, ha sido una decisión política del Gobierno que encabeza el canciller Brandt, medida aconsejada por el ministro de Economía, KarI Schiller, que no es un tecnócrata, sino un polínico de disciplina socialista, porque en la Europa occidental gobiernan los partidos, no los tecnócratas. Quien en Alemania no logró romper su envoltura tecnocrática, a pesar de sus actividades partidistas, fue Ludwig Erhard, principal autor del llamado "milagro económico". Adenauer, que era un gran hombre de Estado, se oponía tercamente a que Erhard le sucediera en la cancillería porque le negaba la suficiente calidad política, pero no fue escuchado y aquel grueso profesor se convirtió en el segundo canciller de la República Federal Alemana. Su fracaso al frente del Gobierno fue tan gigantesco que abrió un período histórico que ha culminado en la plena entrada de los socialistas en el Poder, y en el arrumbamiento de los cristiano-demócratas, el partido que Erhard condujo a la frustración y al fracaso.

A la unidad de acción política se llega por otras vías, no por la seca y áspera de la tecnocracia. La homogeneidad procede de fuentes que, como el agua que alimenta a los lagos, pueden ser de curso exterior o subálveo. Sí un partido tiene mayoría parlamentaria—caso del laborismo británico—, constituye un Gabinete homogéneo; si las elecciones no dan la mayoría a ningún partido, como ha sucedido en Alemania, se forma un Gobierno de coalición, o sea, heterogéneo, en torno a un programa públicamente trazado. En ningún supuesto pesa o interviene la tecnocracia, porque no es "arte, doctrina u opinión referente al gobierno de jos Estados", definición que de la política hace la docta casa que "limpia, fija y da esplendor" al idioma.

El actual ministro de Industria, señor López de Letona, ha declarado su contrariedad de que se le considere tecnócrata. En el cargo que ocupo—ha dicho— retendrán fundamentalmente mi atención todos los problemas sociales y humanos que se planteen, y no sé muy bien qué significado debe darse al calificativo de tecnócrata que me aplican.

Parece indudable su razón al afirmar que su tarea es mucho más política que técnica. ¿De dónde sale, pues, el equivocado calificativo? Se trata de una palabra suplente, de un sustitutivo, casi de un polizón.

¿Cómo se ha introducido en el vocabulario corriente? En las listas _de Gobierno figuran siempre las filiaciones políticas de los ministros. Si tan esencial dato falta, la opinión pública busca un denominador común: tecnocracia. Pero esta no es vía asociativa, no auna las voluntades, no es ninguna bandera ni ninguna doctrina que conduzca a la agrupación ministerial. Siendo esto asi, ¿de dónde han salido la

disciplina y la homogeneidad? ¿Cuál es la procedencia unificadora ?

Si se oye a los ministros y se siguen sus trabajos y declaraciones, pronto se revela que se trata de un grupo político; "tecnocratizarlo" es ponerle antifaces, como antes a la U.R.S.S., a Baroja a Benavente, a los partidos y a las discrepancias políticas. La verdad es otra, al modo que la auténtica faz es la que tapa la careta.

A la política y a los partidos se les colocan antifaces porque en su derredor se ha generado tan inconmensurable de´ crédito que se ha llegado a culparles de todos los males públicos. Les sucede, no obstante, algo parecida a lo que Churchill decía de la democracia: el peor de los sistemas de gobierno, con excepción de los demás. Como todo en la vida, los partidos pueden degenerar y dar frutos malsanos; el Poder—decía un lord inglés—corrompe siempre, y el Poder absoluto corrompe absolutamente. La democracia es árbol delicado que exige cultivo generoso y asiguo para que no se seque, pero su sombra es tan codiciada que los regímenes que más la combaten y persiguen se autodenominan democráticos. Oficialmente, los países comunistas se titulan democracias populares.

Se atribuye a los políticos condición letal y se les aparta de la cosa pública, pero no gobernarán con mayor acierto si se les califica de tecnócratas, ni los partidos serán más eficaces sí cambian su nombre por el de asociaciones. AI igual que en todas las actividades y profesiones—sin excluir la vocación religiosa—hay en los partidos, aquí y fuera, gentes aptas e incapaces, honestas y venales, buenas y malas.

Sin embargo, los políticos son los más preparados, como los médicos son los que mejor saben curar y aunque tengan errores mortales, a nadie se le ocurre condenarlos en bloque para que actúen los curanderos. El que tenga pleitos tendrá que recurrir a los abogados, aun a sabiendas de que algunos podrían figurar en la casta hindú de los "kayaths", de quienes dicen en la India que son tramposos como los leguleyos de Occidente. En cualquier caso, son los profesionales de cada sector los más capaces para la misión que ha sido objeto de su estudio. La política genuina exige vocación especial e inagotable espíritu de sacrificio; lo proclama la larga lista de los que dejaron su vida en el empeño. Por mala que sea una corrida, ^unca la mejoran los espontáneos.

Tan difícil es el ejercicio político, que un estadista de relevante capacidad, Charles De Gaulle, perdió el equilibrio, cayó derribado y no pudo ya levantarse. Cuando emprendió aquella aventura, que al cabo de los meses le llevó al ostracismo, en su retiro de Colombey-les-deux-Eglíses, se encontraba en París Peter Ustinov, autor y actor británico. "Alguien me ha dicho—declaró—que el general De Gaulle ha perdido los pedales. He replicado que no, que ha perdido la bicicleta aunque todavía conserve los pedales".

Vicente GALLEGO

 

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