Autor: Alós, Juan Domingo. 
   El esfuerzo liberalizador     
 
 Madrid.    14/08/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

El ESFUERZO LIBERALIZADOR

Por Juan Domingo Alós

Las revoluciones sociales y políticas de los dos últimos siglos han cambiado los cimientos sobre los que se edifica la actuación pública. Desde la sociedad estamental, todavía vigente aunque ya resquebrajada, del siglo XVIII hasta la sociedad concreta en que vivimos se ha recorrido un largo trecho en el camino hacia la democratización.

Pero el camino, lleno de obstáculos para su progreso, no solamente no ha terminado, sino que puede preverse que no terminará en plazo breve.

La política como defensa

Los primeros obstáculos provinieron, como es lógico, de las aristocracias, que actuaron como reacción írente a la acción de la burguesía. Lev aceleración creciente de los procesos sociales motivó, sin embargo, que la burguesía pasase de la acción a la reaccíón en un lapso de tiempo relativamente corto. De ahí que su lucha per mantener unas posiciones, que consolidó con urgencia, tenga unas características especiales, que han sido detectadas por los sociólogos: la negación del dualismo Estado-sociedad, la "pasión por la unanimidad", la creación de unos instrumentos legitimadores "a posterior!" de las posiciones que ha querido mantener, etc. En resumen, estrategia defensiva, que no excluye en su conjunto, cuando es oportuna, la táctica de la contraofensiva. "Ser es defenderse", afirmará Maeztu, dejándose llevar por una corriente verbal impuesta por las circunstancias, que, afortunadamente, no logró arrastrarle & todas sus consecuencias.

Toda esta política de elevación de baluartes, que consciente o inconscientemente ha impedido a los ciudadanos sentirse plenamente tales, ha llevado a los más impulsivos a romper con unas reglas de juego de cuya formulación no se sienten solidarios. Entonces se han pasado por el extremo opuestos, con todos los tipos de movimientos que pueden incluirse bajo el epígrafe común y amplio de anarquía.

Quisa sean pocos dos siglos para sedimentar los resultados de un esfuerzo liberalizador del hombre y simultáneamente integrador en la sociedad de un hombre dotado ya de su impecable libertad. En cualquier caso, es indudable que no se ha conseguido llegar plenamente a la participación política. Más aún: que se corre el riesgo de utilizar la idea teórica de la participación como una maniobra de diversión, sin proposito de llevarla a todas sus consecuencias la participación se convertirá en un nuevo recinto defensivo si no se la realiza en su sentido propio. En el de que todos y cada uno se consideren agentes de las decisiones políticas tanto en su condición de ciudadanos cuanto en la de miembros de las agrupaciones intermedias de todo tipo.

La conciencia pública

Un avance sincero hacia la democratización exige la creación de unas premisas ideológicas y fácticas que no siempre se han dado. En muchos casos basta con invertir la óptica con la que tos hechos se han contemplado.

Así, el reconocimiento del pluralismo social no es un obstáculo, sino un antecedente necesario para la democracia. "Los miembros de la ciudad se parecen exactamente a los marineros; no obstante las diferencias de sus destinos, la prosperidad de la asociación es una obra común, y la asociación en este caso es el Estado." El texto es de Aristóteles, a quien podría atribuirse la idea de que ser causa eficiente del quehacer político supone tener conciencia de tal participación, como la tienen los marinos que constituyen la tripulación de una nave.

Esta conciencia es lo contrario a considerar que en política todo se da hecho, que las decisiones públicas se cuecen en hornos inaccesibles. Es lo contrario a adoptar una actitud pasiva de indiferencia o de inconformismo. Actitudes de las que fácilmente se concluye la renuncia cotidiana al poder de decisión y la enajenación, formal o de hecho, de este poder político para el futuro.

El argumento dilatorio

Cabe mostrarse conforme con todo este enunciado teórico, pero cómodamente respaldado en una situación de hecho de la que resulta difícil salir. La excusa fenomenológica de la oligarquía es que la masa no está educada para la democracia. Pero el argumento para lo que ha servido en realidad es para cerrar el paso a toda posibilidad democrática. Porque el adiestramiento para la democracia solamente puede llevarse a cabo mediante el ejercicio de la democracia misma.

Ha servido también para otra cosa. Para dejar al pueblo en una amorfa situación de masa, esterilizando la base para hacer de la política cuestión exclusivamente de la cúspide. Con ello se ha vuelto a consagrar la discriminación política, no basada en los estamentos o en las clases, sino en las amalgamas de fuerzas que concentran la decisión en unos pocos, dejando el poder Invertebrado, sin la osamenta de una verdadera autoridad.

La descripción de este panorama no tendría más valor que el histórico si no estuviera en juego la dignidad del individuo, menospreciada desde el momento en que abdica su derecho a moralizar el Estado de abajo a arriba, sin la entrega previa e incondicional a la moralidad futura de un gobernante no electivo o a la de un representante elegido con mayor o menor pureza democrática, pero sin posibilidad de revocarle el mandato.

La veritente del deber

Es cierto que la transición de masa a pueblo exige por parte de las minorías directoras o intelectuales la creación de un ambiente y de unos estímulos para que los ciudadanos ejerciten una libertad a la que tienen derecho, en lugar de renunciar cómodamente a ella. Con lo que se crea un vacío que se llena Inexorablemente por la tendencia individualista y antisocial de extender el poder, aunque se crea de buena fe que se hace en servicio de aquellos que se han inhibido.

Pero tal acción estimulante hay que completarla con otra fustigadora. La que debe llevar al pueblo la conciencia de que la participación no es solamente un derecho, ni siquiera un derecho irrenunciable, sino que es también un deber.

 

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