Autor: Fontán Pérez, Antonio. 
   Treinta años de historia     
 
 Madrid.    01/04/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

TREINTA AÑOS

Por ANTONIO FONTAN

En treinta años, según la cronología popularizada entre nosotros por Ortega, irrumpen en el protagonismo de la historia dos generaciones nuevas. Treinta años son también, bastante comúnmente, el espacio que separa a un hijo de sus padres. En treinta años cambia mucho la composición humana de los pueblos.

A los treinta años del fina] de la guerra civil española es un hecho que más c¡e la mitad de ja población adulta del país ha nacido o se ha abierto a una experiencia personal de la vida después de 1939. Son aproximadamente unos nueve millones los españoles de ahora que tenían más de quince años en 1939. Y hasta doce millones los que hoy cuentan entre dieciocho y cuarenta y cinco. Estos simples datos demográficos proyectan sobre el treinta aniversario del 1 de abril de 1939 una luz de la que no sería razonable prescindir en la conmemoración de la efemérides. Sírvanos la contemplación da la pirámide de edades como una primera perspectiva de pre ente y de futuro en esta fecha.

Otra perspectiva es la realidad española actual, considerada desde los puntos de vista cultural, económico, sociológico y político: con sus logros y sus fallos, con sos frustraciones y esperanzas, con las aspiraciones creadas en un ambiente de paz pública y de orden, generalmente aceptado y de muy notable duración. Pero también con las tensiones que snbyacen y a veces afloran en la vida nacional. Porque en estas se albergan las semillas del mañana y porque encierran va» energía potencial capaz d« estimular el progreso futuro.

Mayoría de edad de España

La España de 1969 difiere mucho de la que precedió a la guerra. Donde ayer había un país rural y agrícola, hoy M alza oía sociedad urbana e industrializada. £1 nivel cultural ha subido en todos loa sectores sociales. El despegue económico es ana realidad con lustros ya d« historia. Los hábito» mentales han «árido una renovación, quizá más amplia que profunda, pero no por eso menos verdadera. Muchos imposibles m han esfumado del horizonte español. Es normal que, en el transcurso de los treinta años, »e haya conformado na pueblo adulto.

La España de hoy toe alumbrada con dote en b qn» te sido llamada última guerra civil del Occidente.

Creció «orneada • una ortopedia política, explicable como consecuencia del trauma de la guerra y los decenios de discordia qn* la precedieron. Vivió después bajo la presión ideológica de la ola sotalitaria y antidemocrática europea y sofrió más tarde el aislamiento del bloqueo diplomático d* los vencedores de la segunda guerra mundial, Durante esos años se cultivaron celosamnete en nuestro jardín cultural, en la Prensa controlada y en el reducido campo de juego de la vida politica intramuros, los «hechos diferenciales". Se mantuvieron estilos, formas de organización y símbolos que en su origen habían tenido Justificación histórica, pero que «e despojaban paulatinamente de ella a medida que el tiempo enfrentaba al país y a tus gobernantes coa realidades no sólo nuevas, sino imprevisibles desde la experiencia histórica anterior.

El camino de la modernización

El proceso se aceleró en el último decenio. Abiertas las fronteras, empezó a producirse la modernización de España y « incorporación pausada, pero irreversible, a lo que antes se había llamado el concierto de las naciones. Los efectos iniciales de la comunicación recobrada fueron de orden económica y, en seguida, social. Un mundo entero estaba cambiando, r los españoles, sobre todo los más jóvenes, se aplicaban con ferrar a la asimilación de las nuevas experiencias.

Algunos sucumbían a la orgullos» afirmación de que nosotros éramos un pueblo diferente y que todos loa valores universales del espíritu habían encontrado una especie de sublimación en los modos de vida, de pensar y de sentir representados por nuestras más nobles tradiciones: sólo necesitábamos, si acaso, importar algunas técnicas. Otros caían en el extremo opuesto, entregándose al mimetismo como a una tabla de salvación. Pero todos, al encontrarse con la prosperidad de los países desarrollados en el segundo decenio de la posguerra mundial, con que resultaban compatibles la libertad y el orden, con los éxitos económicos y humanos de la moderna democracia, eran penetrados por la nueva mentalidad en que, sin darse cuenta, vivían ya plenamente inmersos. Las generaciones nuevas se vieron asediadas por una inquietud análoga a la de sus bisabuenos "regeneracionistas" de finales del siglo XIX: ¿Cuáles son las causas del atraso técnico y económico de España y cuáles los caminos que es preciso seguir para que los elementos diferenciales de nuestra personalidad histórica no redunden en menoscabo de las posibilidades del país?

Pasos adelante

Las tensiones se producen cuando el caudal de estas preguntas no encuentra un cauce, sino un muro. Y cuando a las naturales diferencias de mentalidad de las generaciones o de las diversas actitudes derivadas de una realidad plural no se le ofrecen alternativas suficientemente amplias para la participación y el despliegue.

Por eso, determinados pasos políticos, dados desde el Estado, de estos treinta años, han sido trascendentes e íntegradores y ganaron más asistencia nacional de la que se podía esperar desde algunos sectores de la clientela inmediata. Eso ocurrió con la liberalización económica, con la incorporación a las Naciones Unidas y la aceptación de sus principios progresivos en el orden de la política exterior y, señaladamente, con la ley de Prensa de 1966—punta de lanza del ordenamiento político, según una definición especialmente autorizada—. Y ello, a pesar de las limitaciones teórica» y prácticas de que esos mismos pasos adelanto no se han despojado todavía.

El Estado existe

Hay otro hecho capital que queda como herencia de estos treinta años para los periodos subsiguientes: el Estado existe. Hay, pues, un cuerpo político para la continuidad histórica, que puede abrirse, como decíamos hace pocos días, a las nuevas realidades y a los nuevos valores por ellas segregados.

La incorporación de los valores nuevos no significa la liquidación dé los antiguos. La necesidad de hoy, al crear las fórmulas políticas correspondentes a la situación igualitaria y a la vocación democrática o de participación del mundo desarrollado de esta época, es construir la síntesis que no se logró en períodos anteriores.

Los españole» de 1936 tuvieron que pagar con precio de sangre el egoísmo de loa anos y la irresponsabilidad d« los otros. Gracias a ios sacrificios de estos españoles, que liquidaron el pasado, sus hijos pueden ahora edificar sobre una historia de treinta años, guardando lo que en ellos ha habido de conquistas permanentes: ese Estado que existe, el propósito de la concordia, la voluntad d« crecimiento.

El carácter de "constitución abierta" del cisterna político hace pasible el progreso sin rupturas»

Sobre este experiencia, íntegramente asumida, y no sobre el vacío, es como los españoles «edén levantar con solidez una nueva realidad política y *jaL El desafío de nuestro tiempo es la modernización del *»* no solo en los ordenes económico y de la tecnología, si también en el político y social. Precisamente ató es áo» España necesita que se abracen las generaciones y las entalídades separadas por estos treinta años transcnrridos desde 1939

 

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