Autor: Aracil, Lluis V.. 
   Defensa de la democracia     
 
   21/05/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 32. 

Defensa de la democracia

SE suele concebir la democracia de dos maneras extremas, ambas muy desafortunadas. Algunos ven en ella un ideal de perfección inalcanzable. Otros la quieren reducir a un aparato jurídico-político cuya instalación clave sería el sufragio.

Las dos nociones son igualmente extraviadas. Quienes sublimai» la democracia, la alejan insidiosamente de nuestra pobre realidad sublunar. Y quienes no ven más que el aparato formal, despojan a la democracia de todo ideal y la convierten en algo prosaico y rutinario.

Cultura democrática

La democracia es algo más amplio que todo eso. Es más que un sueño etéreo, y es también mucho más que un artefacto técnico Consiste en una cultura, que comprende tanto unos ideales como unas instituciones, y éstas no sólo jurí-dico-políticas, sino de todo orden.

La democracia es un estilo general de vida, i lo van descaminados quienes la relacionan con la "educación": es decir, con la madura plenitud de la racionalidad Sólo que esa plenitud no puede

realizarse fuera de un marco social muy concreto

Desajustes

Como las formas jurídico-politicas son más palpables y sencillas, se comprende que las reivindicaciones populares hayan apuntado en esa dirección. La democracia formal sería así el instrumento o trámite—y no la culminación—del proceso global de democratización de la sociedad. La fórmula simplificada sería ésta: "Conseguid el sufragio, y lo demás se os dará por añadidura."

Por desgracia, la evolución cultural es mucho mas laboríos;! que los cambios institucionales. No basta, pues, con instaurar el sufragio para que la democracia florezca de la noche a la mañana Entre los cambios jurídico-políticos y la evolución cultural hay siempre un cierto desfasamiento. cuando no un peligroso anacronismo.

La "inmadurez"

La democracia formal no es una panacea si :», basta a si misna. Necesita apoyarse en ciertas condiciones culturales. Para prosperar, debe formar parte de una democratización global y sobre todo educativa A falta de eso. será un logro inseguro.

Los conservadores se han apresurado a sacar partido de ese aprieto, arguyendo aquello consabido de la "inmadurez social". Pero su actitud negativa elude el verdadero problema y corta por la tremenda el nudo gordiano.

Quienes recurren al triste tópico de la "inmadurez" no pretenden endereza) la democratización, sino cortarla de raíz. Como la democracia no les conviene, les gustaría probar que es metafísicamente imposible. En el fondo, creen que es un peligroso desvarío que ataca los sagrados cimientos del orden social. No olvidemos que los conservadores son incapaces de concebir otro orden social que no sea el jerárquico.

Echarse al agua

Los enemigos del progreso explotan deslealmente una paradoja. Sin embargo, la democratización no plantea de hecho más problemas que los obvios de toda evolución social de gran envergadura. Que sea un proceso laborioso, no prueba en absoluto que sea imposible.

Recordemos que, cuando ciertos filósofos griegos habían "demostrado" a base de sofismas la imposibilidad del movimiento, un compatriota y colega suyo más sensato les replicó que el movimiento se demuestra andando.

Es cierto que la democracia formal depende de la cultura democrática, y viceversa. Pero el atolladero no es insuperable, porque se trata de un círculo "no" vicioso. Lo mismo ocurre en todos los procesos evolutivos y de aprendizaje. Por ejemplo, para mantenerse en el agua hay que saber nadar, y para saber nadar hay que echarse al agua. Y bien, a pesar de todo ese docto problema, la natación es un deporte floreciente.

La demagogia

Claro está que, cuando la democracia formal se instaura en un medio cultural no democrático, se producen grandes aberraciones. Pero su causa no es aquella irremediable "inmadurez", sino las discrepancias entre el aparato jurídico-político y el resto de la cultura.

Para explicar esa situación, el sociólogo Max Scheler contrapuso una "democracia de la razón" y una "democracia del impulso" También los pensadores antiguos distinguieron ya entre la democracia propiamente dicha y la demagogia. No cabe duda de que esta última es la que prevalece—casi por definición—en las llamadas "sociedades de masas". Pero sería tendencioso achacar ese vicio a la democracia formal, cuando su omisa obvia es casi contraria: la persistencia e una cultura no democrática.

La demagogia no es un achaque inédito de nuestro tiempo, sino la fatal secuela de épocas más oscuras No es un mal "nuevo", sino un deplorable anacronismo, demasiado fácil de explicar. Las "masas" pueden ser hoy engañadas y conducidas como rebaños, porque, durante mucho tiempo, permanecieron sometidas y privadas de una educación racional. Alguna huella habían de dejar los siglos de opresión y de ignorancia.

Victoria pírrica

Ciertos autores han gustado de hablar de la "inercia social" y han repetido que "las masas son siempre conservadoras". No podía ser de otro modo—bien lo sabían quienes opusieron con tanto éxito a las problemáticas "masas revolucionarias" las infalibles "masas de orden".

Karl Mannheim caracterizó muy bien el desencanto de aquellos idealistas que "descubren acongojados que, en una democracia política (= formal), la mayoría no es necesariamente progresista". Y añadió: "Aunque la democratización política favorece realmente al principio las tendencias izquierdistas, muy bien puede ocurrir que las contracorrientes conservadoras y aun reacionarias acaben prevaleciendo, por efecto del libre juego de las fuerzas políticas".

Tal es lo trae sucede cuando la democracia degenera en una ate tadura plebiscitaria de cuño cesarista. Esa evolución "natural" equivale, según Mannheim, a "la autoneutralización de la democracia política". En lugar de "autoneutralización", pudo haber escrito "suicidio".

Río revuelto

La degeneración autoritaria üe la democracia no es quizá un fónómeno tan "natural" como parece. ¿Qué duda c:.be de que lo precipitan aquellas minorías abiertamente antidemocráticas que procuran llevar el agua a su molí no?

Esos grupos se aprovechan cínicamente del artefacto democrático, que les asegura la impunidad para sus manejos desleales. Poce les cuesta acogerse a la sacrosanta "libertad" para destruirla, o incluso a la "igualdad" para atrincherar los privilegios. Como su mentalidad es irracionalista, perpetran esas y otras fullerías retóricas con pasmosa desenvoltura.

Además — contra lo que se cree—, la demagogia es un arma favorita de las minorías antidemocráticas.

Su otro recurso típico es la "acción directa". Y toda su estrategia consiste en alternar esas dos tácticas, según las circunstancias. Al principio, la demagogia es indispensable para "popularizar" ideologías que son antipopulares.

Caso de conciencia

La paradoja es vieja. Los liberales decían ya que no se puede ser liberal con todo el mundo. Porque quien respete las reglas del juego llevará siempre las de perder si tiene que habérselas con un oponente que no lo haga. Los desaprensivos saben sacar partido de los escrúpulos de las gentes honestas.

Ahora bien; la procacidad antidemocrática es una amenaza de muerte para cualquier democracia. Un régimen democrático no puede subsistir si no previene a tiempo las causas de su propia destrucción.

Pero el peligro consiste más bien en la apatía y en la inconsciencia mayoritarias. Alegres y confiados, los ciudadanos se desentienden de su responsabilidad y prefieren alimentar una euforia imprevisora. Todo eso es grave, porque una democracia sana no puede dejar de defenderse contra la perfidia de sus enemigos. Y sería del peor augurio que dejase impune la subversión antidemocrática.

 

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