Autor: Álvarez Puga, Eduardo. 
   La disconformidad como índice de progreso     
 
 Madrid.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

LA DISCONFOMIDAD COMO INDICE DE PROGRESO

Por Eduardo ALVAREZ PUGA

Durante bastantes años hemos vivido una etapa histórica caracterizada por una exaltación constante de la docilidad como valor supremo ciudadano. La obediencia, la disciplina y el culto a la jerarquía constituían los tres ángulos determinantes del bien hacer cívico. Se identificó orden con paz externa y paz externa con ausencia de convulsiones violentas. Pocos se han atrevido, o han podido, profundizar más en el concepto de orden y tocar la raíz última de su fundamento. El aplauso, el sí y el tono laudatorio de las expresiones se llegaron casi a identificar con los símbolos del "hombre decente" políticamente hablando, claro.

Sucede, sin embargo, que estudios realizados actualmente que tienen como base la observación del comportamiento de grupos socialmente diferenciados ponen en entredicho el hecho de que la docilidad de comportamiento, la ausencia de reivindicaciones, sea un síntoma de equilibrio social. Jacques Lacaillon afirma que en las sociedades tradicionales de ciertos países subdesarrollados se puede observar la conformidad de los miembros de las clases sociales más bajas, que consideran su situación como inevitable. La desigualdad es aceptada como una fatalidad histórica.

El progreso económico y social, por el contrario, viene casi siempre acompañado de fenómenos "contestatarios". "Este crecimiento—sostiene Lecaillon—conduce a tomar conciencia de las desigualdades y hace desaparecer la creencia en un orden natural o impuesto por el destino. Así, el progreso va con frecuencia acompañado de un aumento de la agitación social y del espíritu de rebelión".

Es decir, que de la primitiva valoración de la "domesticidad como norte y guía de comportamientos, se ha pasado a considerarla como síntoma de regresión social o, cuando menos, de atavismo estructural. Una de las características de las economías que han entrado plenamente en la etapa de desarrollo es el aumento simultáneo del nivel de vida "de cada uno y las reivindicaciones de todos".

Juicio a la sociedad española

Recientemente se han hedió públicos los datos de una encuesta sobre lu juventud española realizada entre joven con edad, comprendida entre, tos quince y los veintinueve años de nacionalidad española y con residencia en la Península, islas Baleares y Canarias. Únicamente quedaron fuera de la encuesta los soldados en acuartelamientos, los estudiantes que vivían en residencias, los domiciliados en poblaciones diseminadas y los españoles emigrantes. La muestra comprendía un total ie 2.000 entrevistas, de las que fueron realizadas 1331.

La pregunta más interesante para comprobar la relación que existe entre la disconformidad social y el índice de desarrollo, es aquella que se dirigía a los encuestados interrogándoles sobre si consideraban a la sociedad española justa o injusta. Las respuestas del total de los encuestados revela que la mayoría tiene un concepto positivo de las estructuras españolas actuales ya que el 49 por 100 de los mismos las califican de "justas", solamente un 31 por 100 de "injustas", y no responden el 20 por 100. Es decir, aún sumando las opiniones negativas y las abstenciones, el resultado revela un cierto equilibrio.

Si nos contentáramos solamente con esta observación y no profundizáramos más sobre la procedencia y naturaleza de las respuestas, quizá cayéramos en el error de pensar que la sociedad española goza de buena salud, que los vínculos de conexión entre las clases elevadas, los poderes sociopolíticos y el pueblo llano son reales y efectivos. Sin embargo, si nos dejamos llevar por nuestra curiosidad investigadora y ahondamos más, la encuesta nos deparará, a buen seguro, más de una sorpresa.

Los desheredados, los más optimistas

Por sexos, las mujeres son más optimistas que los hombres: mientras un 38 por 100 de los hombres consideran injusta la sociedad actual, solamente un 28 por 100 de las mujeres comparten la misma opinión. Si fraccionamos la población por sectores económicos nos encontramos ya con la primera sorpresa- es en el sector agrario, precisamente una de las actividades en que nuestro atraso económico es mayor, en donde el saldo positivo es más acusado. Solamente un 12 por 100 de los agricultores Consultados estiman que la sociedad española es injusta, mientras que un 56 por 100 la califican positivamente. La excepción—es decir, la superioridad de las conceptuaciones "injustas´´ sobre las "justas"—se produce precisamente entre la población estudiantil: un 46 por 100 reprueba nuestras estructuras actuales y un 41 las estima justas, Pero donde se producen hechos más reveladores es cuando clasificamos a los encuestados, según sus ingresos familiares. El mayor índice de respuestas positivos tienen su origen en muchachos pertenecientes a familias—fíjense bien, familias, no personas—cuyos ingresos mensuales son inferiores a las cinco mil pesetas; es decir, entre las familias más débiles económicamente. Por el contrario, son de los miembros pertenecientes a las clases económicamente fuertes—es decir, cuyos ingresos familiares rebasan mensualmente las veinte mil pesetas— Ae donde parte la mayoría de las calificaciones "injustas". Los hijos de familias cuyos ingresos familiares mensuales están comprendidos entre las 20.000 y las 25.000 pesetas, dan las siguientes respuestas: el 31 por 100 considera justa la sociedad en que viven, y un 53 por 100 la estima injusta. Parecidas cifras, aunque ligeramente atenuados los desniveles, se obtienen entre aquellos cuyos ingresos familiares rebasan las 25.000 pesetas mensuales.

Los anteriores datos vienen confirmados cuando agrupamos a los encuestados según el "status" ocupacional del padre. Son precisamente aquellos cuyos padres tienen un "status" calificado por los encuestadores como alto los que más negativamente califican a la sociedad española actual. Como cuando de ingresos se trata, es en los niveles conceptuados como "bajos" donde proliferan las calificaciones de "justa".

Todo ello nos lleva a replantear antiguas valoraciones. Cuando una comunidad sociopolítica se caracteriza por su conformismo externo, por la abundancia del sí y del aplauso público, es que todavía no ha logrado un deseable nivel de. desarrollo.

Al menos Que los números mientan.

 

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