Autor: Ferrando, Juan. 
   La eficacia no es el último criterio     
 
 Madrid.    30/06/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

LA EFICACIA NO ES EL ULTIMO CRITERIO

Por JUAN FERRANDO

De la legitimidad de un régimen y de su eficacia depende su estabilidad. Se entiende por eficiencia el rendimiento funcional de un régimen en el cumplimiento de sus tareas gubernamentales. Pero no se ha de confundir la eficiencia, que la estructura política de todo régimen debe tener, con lo que algunos han llamado legitimación tecnocrática.

Todo progreso social está en función de la legitimidad y eficiencia que revista un régimen. Y, por eso, es de primordial importancia que todo Poder político tienda a transformar sus decisiones en mandatos libremente aceptados y tienda a adecuar su organización y fines al sistema de valores, creencias, opiniones y hábitos de vida vigentes y compartidos por la comunidad en la que se halla inserto. Sólo así el consensus de los gobernados dará fuerza y vigor al Poder y, por tanto, asegurará su estabilidad. Y el peor procedimiento para lograr el consensus es querer imponerse por la violencia. Pues la fuerza engendra la fuerza, la resistencia y, por último, la rebeldía, que son los peores enemigos de la estabilidad de un régimen.

¿Ocaso de las Ideologías?

Existe una cierta corriente en España tendente a confundir la tecníficación del Estado con el ocaso de las ideologías. Es cierto que el Estado, sus instituciones, se hacen cada vez más técnicos, en su organización y funcionamiento —especialmente debido al impacto que la complejidad del mundo económico-social ejercen sobre la política—, pero ello no quiere decir que desaparezca el hecho político que, de por sí, es irreductible a cuantificacion y a técnicas. La decisión última^ en relación con la ordenación de los medios a fines, es de naturaleza casi exclusivamente política, obedece a criterios ideológicos.

Las técnicas adquieren en nuestro mundo moderno una dimensión y volumen tales que el Poder político no puede menos de interesarse en ello. ¿Puede el Estado, por ejemplo, desinteresarse de los problemas de la energía atómica? ¿Puede el Estado desinteresarse de la investigación científica?, etc.

No es mi intento sostener una teoría sobre el Estado autoritario o sobre el Estado socialista o sobre el intervencionismo, sino constatar una situación de hecho, en la que resulta evidente, como afirma Duverger, la convergencia limitada del Este y del Oeste hacia el socialismo democrático, y en la que tanto "occidentales como soviéticos creen que el desarrollo técnico es la base de la evolución de las estructuras sociales, de la que depende la evolución de las luchas y de la integración políticas".

La regla de la eficacia

El Estado moderno toma cada vez más decisiones que no están en función de ideas políticas, sino de precisiones de orden técnico. Los problemas estrictamente políticos, en cuanto tales, ocupan cada vez menos a los gobernantes. Se podría probar esta afirmación estadísticamente, confrontando el número de órdenes, decretos, decretos-leyes, leyes de contenido económico o económico-técnico o simplemente técnicas con las otras disposiciones de contenido político.

El hecho de que el Estado esté hoy encargado de funciones técnicas ha inducido a enfocar el Estado tan sólo desde el ángulo de la "eficacia" en detrimento de su contenido ideológico. Al Estado anterior a la civilización técnica se le consideraba como realizador del orden, de la justicia, del bien común. Hoy día—empíricamente hablando—se considera que el fin del Estado, su carácter fundamental, es ser eficaz. Algunos periódicos franceses e italianos se rasgaron las vestiduras ante el éxito técnico de la U. R. S. S., al enviar su primer Sputnik y su primer hombre al espacio. En dicha ocasión se llegó a preguntar si acaso la democracia occidental no estaría en crisis. Y así se decía: "Quizá la democracia no sea el mejor régimen", pues no es el más eficaz. En otras palabras, hoy se llega a enjuiciar, por algunos, la bondad de un régimen por su eficacia en el orden técnico.

Como consecuencia de estas relaciones del Estado con el progreso técnico, el Estado tiende, espontáneamente, sin ideas preconcebidas, sin ideología, a transformarse en Estado "totalizador", es decir, abarcar, cada vez más, mayor número de acciones humanas. Debido al inmenso poder de las técnicas modernas y a que extienden o pueden extender su influencia por doquier, el Estado tiende a impedir que se desarrollen libremente y sin control por su parte.

La política y la ideología no mueren

Existen diversos intentos de institucionalizar las técnicas, de insertarlas en la vida política, y se estudia la democracia industrial y sus formas, pero la cuestión palpitante es ésta: ¿Caminamos hacia un Estado tecnocrático?

El papel de los políticos es tomar decisiones y, por ello, deben, cuando se trata de decisiones de contenido técnico-económico o simplemente técnico, elegir y coordinar los juicios de los técnicos, sus soluciones, sus preferencias, con objeto de darles unidad y ponerlas en relación con la estructura mental dominante en el país, a fin de evitar las reacciones negativas de la sociedad, que harían ineficaces los planes más perfectos, desde el punto de vista técnico.

El técnico y el experto no tienen una visión del conjunto, el político sí. En el Estado tecnocrático los técnicos serían los titulares de la función de autoridad, y es claro que ningún técnico está hecho para esto.

No parece que caminemos hacia un Estado tecnocrático, pero sí resulta evidente que estamos en presencia de una crisis de los parlamentos, porque las cuestiones de índole económica exigen normalmente unas determinadas soluciones técnicas, que escapan a la preparación de sus miembros.

Un gobierno, ante los problemas económicos y técnicos, no tendrá más solución que acoplar su ideología política o desprenderse de ella, siguiendo los imperativos técnicos con los que se encuentra al subir el Poder. De ahí la coincidencia cada vez mayor de los distintos partidos políticos en las cuestiones más importantes. Por ejemplo, en Inglaterra un gobierno de derecha, el Partido conservador, se vio obligado a aplicar las mismas decisiones de carácter económico y técnico tomadas por el gobierno laborista.

El peligro de la clase tecnocrática

A medida que los técnicos se hacen más competentes, en un sector determinado, éste queda fuera del alcance de los profanos. Los técnicos se convierten en una aristocracia y, por tanto, la esfera democrática del Estado se reduciría cada vez más, a no ser que se encuentren pronto los medios eficaces de participación ciudadana y de control político. En una palabra, la posible y problemática "futura nueva clase" de los técnicos, en cualquiera de sus ramas, está fuera de las leyes comunes que rigen a una sociedad determinada. Como la sociedad y el Estado los necesitan, porque suelen ser insustituibles, los técnicos tienden a ocupar un status social, e incluso político, particular. Por eso se hace precisa la creación de nuevos cauces de control ciudadano, capaces de enfrentarse con este nuevo leviatán tecnocrático que nos amenaza.

Si no se preparan las sociedades para este porvenir, que se entrevé en la lejanía, terminará primando en la vida pública el criterio de la eficacia y los ciudadanos correrán el riesgo de transformarse en subditos, en robots, de los "managers" políticos. La cultura de masas—intensa y extensamente impartida—, junto con los medios de comunicación de masas y de nuevos, eficaces y autónomos cauces de participación controlante, podrán permitirle a la sociedad continuar siendo —en los casos que ya lo es— democrática.

 

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