Autor: Vicent, Manuel. 
   Aquello de la Segunda República     
 
   25/06/1969.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Aquello de la Segunda República

Por MANUEL VICENT

Cuando hace unos años visité la ciudad de México, en las callejuelas coloniales que rodean el Zócalo, había dos bares de estilo singular, sobre todo por la clientela. En un ambiente de fritangas aztecas, de pulquerías, de colorido en las tiendas de abarrotes, de cafeterías americanas y del tráfico endiablado de una ciudad con más de seis millones de habitantes, aquellos bares eran dos islas: había penumbra, sillones de peluche, mesas de mármol veteado y lámparas de cobre y allí una parroquia específica tomaba el ibérico café con leche y... hablaban todavía de Azaña, ponderaba hasta el éxtasis las verónicas de Belmente, comentaba apasionadamente cierto discurso de Indalecio Prieto en el que zarandeó a Calvo Sotelo y se repartía cargos políticos para un próximo futuro, siempre al caer. Allí se reunían cada tarde nuestros exiliados de la guerra civil, los pocos que en México aún ejercen de exiliados. Hoy los dos bares han cerrado las puertas.

Debo adelantar en seguida que no se trata de ningún símbolo, sino de un puro asar comercial. La triste lección estriba en que lo único racional que podría hacerse en honor de aquellos paisanos tan tenaces en la nostalgia sería sólo una cosa estética: levantarles una estatua. Porque sus ficciones políticas, su sonambulismo histórico y su talante ideológico lleno de candor la merecen. Una estatua se fabrica para recordar.

Las causas del derribo

Desde que cayó la Segunda República española han sucedido muchas cosas. Para mi juicio concreto, dos muy importantes: primera, que después de tantos años está ya bastante claro por qué cayó; segunda, que las causas fundamentales del derrumbamiento permanecen.

En el capítulo de las causas, a costa de reducir una complicada cuestión a esquema, podría descubrirse un rasgo esencial en cada parte. En la izquierda, la desunión: división del partido socialista, dualidad en la organización del trabajo, dicotomía entre la gran fuerza teórica del anarquismo y su escaso poder práctico.

En la derecha, la progresiva unificación de voluntades a partir del treinta y cuatro. Y en el centro, la debilidad del Gobierno. Pero esa debilidad era un epifenómeno, el reflejo de que en la España de 1931 un sistema liberal-parlamentario no representaba a casi nadie. La oligarquía no necesitaba del Parlamento, y la fuerza laboral no se reconocía en él. Lo usaba como espoleta.

Ya se sabe que un sistema liberal -parlamentario es cosa de burgueses. Incluso históricamente la figura del diputado nació como un representante que los contribuyentes mandaban á los aledaños del Poder para que vigilara lo que se hacía con su dinero. El Parlamento se convirtió en guardián del presupuesto nacional, precisamente la raíz de las leyes. Sin embargo, resulta que la burguesía en los años treinta carecía de fuerza social; estaba compuesta de pequeños comerciantes y profesionales, capitaneados por profesores laicos, poseídos del afán de llevar a cabo la transformación estructural del país desde la ley y la moral. Cabe decir que aquellos políticos radicales, mandatarios de comerciantes, no eran ellos mismos buenos comerciantes, esto es, buenos políticos. Una república parlamentaria es en el fondo fruto de una transacción entre un poder revolucionario y otro reaccionario. Ellos no supieron maniobrar. Se limitaron a excitar a la derecha a amenazar sus intereses sólo con un moralismo progresista y con una legalidad sin fuerza social, dos armas tan brillantes como ineficaces; y a dejar que la izquierda extremista usara el Parlamento como campana demagógica. Y como sucede en el poker, el peso de la opuesta se lo llevó quien tenía más resto para aguantar.

Nada nuevo

Desde entonces el mundo ha dado muchas vueltas, pero ha cambiado poco. Se han depurado los intereses, siguen confusas las doctrinas. Por una parte, el marxismo, esa ideología muy bien vertebrada en teoría, ha bajado de los libros a la práctica y en la acción se ha llenado de contradicciones; por otra, el capitalismo tiene demostrada hasta la saciedad su propia contradicción. La derecha sigue unida y la izquierda permanece confusa, llena de divisiones internas. En medio de este espectro internacional, muchas de las raíces socioeconómicas que derrotaron a la República están ahí.

Un joven ingenuo y revolucionario intuye confusamente lo que hay que salvar de Occidente y lo que hay que aprovechar de Oriente para afrontar una transformación estructural de España. Pero no creo que haya muchos ingenuos que piensen que una reforma de estructuras tan honda se puede volver a intentar desde una República como aquella, donde la fuerza social, los resortes económicos, estén de parte de los contrarios. Eso lo pueden seguir pensando aquellos que en otros bares de México siguen hablando de Azaña y de aquel fabuloso discurso en el que Indalecio Prieto, etc.

 

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