Autor: Prego, Adolfo. 
   Hemos cambiado poco     
 
 ABC.    04/07/1970.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA. SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN Y TALLERES: SERRANO, 61

ABC

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

HEMOS CAMBIADO POCO

EN realidad, el muestrario de las virtudes que son o «e consideran características de cada país es muy amplio. Lo que pasa es que ningún país las reúne todas, y ahí está lo malo. A los españoles nos gustaría poseer la claridad mental del francés, el respeto al prójimo del ingles la tenacidad del alemán, la sabiduría milenaria del indio o del chino... Pero, claro está: tenemos nuestras propias virtudes y nuestros propios defectos. Y entre esas virtudes, y pese a la intensa campaña de publicidad que se viene haciendo sobre las ventajas del diálogo, -no parece que entre ellas figure la posibilidad de discutir con objetividad y calma sobre cualquier tema. Ya sospechaba uno, desde hace bastante tiempo, que así como ciertas circunstancias o envolturas sociales ofrecen hoy notables cambios respecto a las que regían hace algunos decenios, era más que dudosa la alteración de las condiciones de temperamento fogoso e inclinado —¿irremediablemente?—a la contundencia, al golpe de mano y la improvisación. Decir que en cada español no hay un déspota sólo se puede decir por negar púdicamente lo que nos parece feo y detestable. Cada uno de nosotros impondría—si pudiera—al resto de la sociedad sus propíos puntos de vista. Desde un escenario madrileño se nos recordaba en esas semanas pasadas una de las máximas que han sido citadas con mayor frecuencia y mayor regocijo: "Procure en todo acertarla el honrado y principal»." Esta primera parte nos deja, más bien, fríos; la segunda, en cambio, nos conmueve: "Pero si la acierta mal, sostenella y no enmendalla." ¿Qué es esto? Despotismo, y casi nunca ilustrado. Se trata de acogotar al contrario.

¿Diálogo, partiendo de tal actitud? Difícil, muy difícil. Téngase en cuenta que Guillen de Castro adoptó—quizá solamente por necesidades de rima—la precaución de hablar del "honrado y principal". Ahora bien, ¿cuál sería la conducta del que no es principal ni honrado? A ese ni siquiera se le podrían dar los buenos días, porque todo en su ser estaría preparado para la cólera antes de que el diálogo se iniciase. Dos espectadores de un partido de fútbol entre "eternos rivales" esperaban congestionados y ceñudos el comienzo dé "la noble pugna". Saltó al campo, en primer lugar, el equipo forastero, y los jugadores empezaron >» dar carreritas y a flexionar las piernas (precalentamiento, dicen los técnicos). Uno de los dos espectadores masculló al oído del otro, con voz siniestra: ";Lo ves? Ya vienen provocando." Escena corta, escena elocuente, escena, sin embargo, tan reciamente española como puede serla, en U literatura de los ojos, el cuadro de "Las lanzas".

Y no vamos ahora a ignorar que la simple emisión de opiniones concretas en un periódico puede desencadenar una lluvia de anónimos * sobre el opinante. Anónimos lanzados por gentes aparentemente pacificas y en cuyo interior arde la. antorcha de una indignación permanente. Sin hablar—porque es innecesario—de las asambleas en que se impide a un señor hacer uso de la palabra, o se cubre a otro de improperios en cuanto dice lo que no se quiere oír.

La motorización, la industrialización, la socialización y todos los otros fenómenos que, colocados uno detrás de otro, podrían componer una buena letra de rumba hechicera no nos han cambiado de la noche a la mañana. Porque hasta los más lerdos han descubierto alguna vez que el progreso material no va acompañado paralelamente de la misma intensidad de progreso moral. Y uno de los aspectos del progreso moral es, sin duda, la actitud de cada quisque respecto a los contertulios que formamos el censo de la población española.

Parece que la convicción más extendida y más sólidamente fundada se expresa así: "Necesitamos en España un sistema que nos permita opinar con la máxima libertad y que a la vez impida que la afición despótica de cada uno estalle y se imponga." La idea es buena, pero el sistema, cualquier sistema, lo han de crear y administrar personas de nuestra gitana sangre. ¿Y qué les vamos a pedir? ¿Que piensen como ingleses y actúen como noruegos?

E! firmante no tiene inconveniente ninguno en declarar aquí que la ley de Prensa e Imprenta le pareció una de las conquistas más asombrosas de la sociedad española en el curso de los últimos treinta años. Y esa opinión se fundaba en una larga, triste, penosa experiencia profesional. Sin ninguna revolución ni cambio fundamental del Estado nos encontramos un día con que cada periódico adquiría una fisonomía distinta, y a los escenarios subían obras teatrales nunca soñadas. A los de mi edad nos parecía imposible que todo aquello fuese verdad. Pero en seguida brotaron los primeros síntomas de que no había, contentamiento general. Los jóvenes universitarios iniciaron la marcha pidiendo la Luna, como el "Caligula", de Camus Incluso en los mismos periódicos principales beneficiarios de la nueva situación surgieron polémicas desabridas. Una la pecie de carrera para situarse en postura de "oposición" se inició a la vista ds los espectadores. Todo parecía concertado en este sentido:

—Ande, señor Fraga Iribarne... ¡ A ver si se atreve ahora a coger la estaca! ¿A que no se atreve?...

Postura manifiestamente suicida porque no tenía en cuenta la situación de la cual acabábamos de salir... ¿A quién no le gustaría una ley de Prensa que dijera: "Cada uno de ustedes puede decir y hacer lo que le dé la gana"? Sin embargo, y a la vista de las aficiones nacionales, uno murmuraba para sí, en idioma popular, que es el que verdaderamente !r gusta: "¡La vais a pringar!... {La vais a pringar!..." Téngase en cuenta que España es el único país donde, sin escándalo de nadie, se obliga a los propietarios de automóvil a llevar su nombre y sus señas personales en el parabrisas del coche. Identificarse ante los agentes de la autoridad cuando éstos lo solicito» -es lo normal y civilizado, pero obligar a la gente a que vaya diciendo públicamente cómo se llama y dónde vive constituye una de las mayores novedades que nuestros legisladores pueden aportar a los nuevos usos v costumbres del mundo occidental. Naturalmente, al legislador no se le pasó por la imaginación la idea de que aquello fuese una radical manifestación de falta de respeto a los derechos ciudadanos, y que yo sepa no se le pasó tampoco a los comentaristas de esta clase de asuntos. Es, sencillamente, que en el ambiente nacional no circula la idea de que el prójimo sea un consocio; el prójimo suele estar considerado o como un enemigo o como un subalterno. Y no se advierten grandes diferencias entre tirios y troyanos. Si yo digo—como voy a decir ahora mismo—que la dosis homeopática de libertad qué se me ofrece para elegir en una urna a uno de entre diez botarates no me estimula a la colaboración, habrá infinidad de lectores que cementarán: "Este tío es un fascista." No me extraña. Hace años, y cuando v? era evidente que Alemania tenía perdida la guerra v uno trataba de explicárselo moderadamente a un colega, éste comentó luego: "Este tío es rojo." Hemos cambiado muy poco. Esa es la verdad. ¡Qué lástima!

Adolfo PREGO

 

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