Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   Dinámica y estabilidad     
 
 ABC.    10/02/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DINAMICA Y ESTABILIDAD

ALGUNOS españoles, tan respetables como los demás, anteponen a los deseos de perfeccionamiento de la convivencia política—materia en la que, quizá, no les falta algún viejo motivo para ser escépticos— su instintivo deseo de estabilidad. Son lo que por el mundo llaman conservadores y se sienten gustosamente inmovilistas; no por una adhesión ideológica a estos o aquellos principios, sino por una «praxis» pesimista que les lleva a ver, ante cualquier innovación, antes sus riesgos que sus ventajas. El poseer recuerdos dramáticos, fácilmente relacionables con la historia política de España, crea, en algunas personas, cierta confusión mental al no distinguir con claridad cuándo sus criterios están condicionados por una experencia nunca despreciable; la historia es .laestra básica del político. Pero, en cualquier caso, estos condicionamientos existen aquí y en todas partes, por unos u otros motivos, y es un hecho sociológico con el que hay que contar, del mismo modo que hay que contar con las tensiones de la juventud, con el peso en la opinión económica de las amas de casa, con la influencia de los intelectuales en la conformación de la conciencia colectiva o con las interrelaciones entre la moral social y las ideas religiosas. Por otra parte, la preocupación por la seguridad es parte esencial de la misión del Estado y sólo el prudente equilibrio entre estabilidad e innovación es una resultante positiva del quehacer político.

Ahora bien, partiendo de una actitud absolutamente estimativa para el peso de los sentimientos que describiríamos como de preocupación prioritaria por la estabilidad, no deja de ser conveniente evitar que, por lo que tienen de sencillos, sinceros y honrados tales sentimientos, sean adulterados en sus consecuencias prácticas,, dándoles a quienes los profesan el gato por liebre de la identificación entre estabilidad e inmovilidad.

Es gato confundir estabilidad con inmovi-lismo. Cuando se actúa sobre cuerpos estáticos, no moverlos es impedir su calda. Cuanse actúa sobre mecanismos de naturale-dinámica—como es la vida política, inda por el devenir de las sucesivas geneones, por los factores del cambio social, as consecuencias del proceso económi´a incansable germinación de las

ideas en la mente humana, por las interrela clones de la historia—las pérdidas del equilibrio las provocan los parones. La estabilidad política es estabilidad en la conducción. El equilibrio lo produce la marcha, cómo en la bicicleta, y nunca son mayores las amenazas de pérdida- de estabilidad que cuando se pretende rodar demasiado despacio.

Es por ello, que persona de una experiencia histórica tan larga y singular como el Generalísimo Franco Invocó, sin duda porque lo consideró oportuno y conveniente, en su mensaje a los españoles de fin de año de 1972, una interpretación dinámica y perfeccionadora del desarrollo político. Con extrañeza, la opinión pudo observar cómo este popularmente bien acogido mensaje provocó, en algunos que parecían obligados a valorarlo, un predominante empeño en cuidar de que no fuese interpretado «abusivamente» o en alegar que no decía nada nuevo o distinto de lo que siempre se había dicho. Tan curiosa reacción olvidó que la importancia de las palabras políticas está en relación con la realidad que las rodea, con su circunstancia. La sensibilidad social ha sido más despierta al valorar ciertas palabras porque «los árboles no le Impiden ver el bosque». Las palabras tenían importancia no por ser distintas, sino por ser estimulantes y orientadoras en un momento de la vida nacional con necesidad de orientación y estímulo. Tanta fue su oportunidad, en este sentido, que ya están operando de forma que matizan de momento, en el plano teórico al menos, valoraciones y expresiones políticas de la esfera oficial que van configurando el nuevo año.

Ha habido, en los últimos tiempos, demasiados recelos ante cualquier propósito creativo o aperturista del devenir político. Ha habido énfasis superfluo en argumentar que los intentos de innovación o actualización política eran globos, artificiosamente fabricados y perversamente hinchados por hipotéticos y misteriosos grupos que esperaban hacer de ellos nuevos caballos de Troya capaces de explotar dentro de la ciudadela del Régimen. Ha habido interpretaciones restrictivas de las posibilidades de nuestras leyes políticas que fueron, en su día, esperanzadoramente recibidas, precisamente, por interpretarse como posibilitadoras de fundamentar legalícente un ritmo de evolución más dinámico. El sano y ordenado pluralismo hacia el que se orientaban los principios constitucionales, y sobre el que se reiteran las más autorizadas y ortodoxas doctrinas de la moral social de nuestros días, era y es una posibilidad constructiva capaz de afianzarse sin hacer tabla rasa del pasado ni provocar la destrucción del presente. Quienes bautizan esta posibilidad de futuro con adjetivos atroces y anatemas excluyentes no cierran el paso a la marcha de la historia ni anulan la fuerza de las ideas, sino que, por el contrario, desplazan materiales nobles hacia los polvorines confusos de la subversión y debilitan, al menos moralmente, la capacidad de convocatoria e integración en que se basa la estabilidad duradera de cualquier situación política.

Algunos españoles, tan respetables como los demás, anteponen a los deseos de perfeccionamiento de la convivencia política su instintivo deseo de estabilidad. Parece llegada la hora de hacerles ver, con amistosa claridad, que ese instintivo deseo conservador no es la antítesis del desarrollo político. Muy por el contrario, además de las razones morales que lo justifican, existe una coincidencia de objetivos. Un largo futuro de estabilidad no se logra poniéndole la tapadera a una olla de vapor, sino instrumentando las vías para que la energía ni se desborde ni se desparrame, sino que acelere, con la conveniente potencia, el avance seguro, pero progresivo, del vehículo en el que todos viajamos.

Gabriel ELORRIAGA

 

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