Misión cumplida     
 
 Ya.    11/05/1973.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

MISIÓN CUMPLIDA

A la misma hora en que unos pocos portadores de pancartas ofensivas paseaban en Madrid en actitud injuriosa contra ponseñar Enrique y Tarancón—y es él mismo quien ha subrayado el contraste—, desarrollaba nuestro cardenal arzobispo en París una actividad tan beneficiosa para los emigrados españoles como para nuestra Iglesia y Patria.

No nos excederemos en el elogio, y menos personal, porque no es nuestro estilo. Pero no podríamos menos de marcar el contraste entre ambas actitudes, la de lo irreverencia y la de la eficacia, la del apasionamiento y la de la serenidad.

& contacto del cardenal con nuestros trabajadores puede decirse histórico, si no por otra razón, porque no ha sido frecuente. Aparte diversos (y fecundos) viajes de obispos españoles para visitar obreros o marinos en cuanto responsables de una comisión especializada, o en el curso de viajes que tenían otro propósito, creemos que para registrar una visita de la cabeza del Episcopado español a nuestros emigrantes habría que remontarse al viaje que hizo a lieja el cardenal Pía en 1958, con ocasión de la Exposición Uní. versal de Bruselas.

Los sociólogos ponderan la importancia de las estructuras informales sobre las formales, para resolver problemas humanos que nunca resolverán aquéllas, Y muy lejos de negar la eficacia de nuestros consulados o la competencia de nuestros agregados laborales, creemos evidente que la conversación de un cardenal va en la misma línea, pero con un tanto a su favor: ia espontaneidad del contacto humano, avalada por la independencia oue el cardenal subraya entre Estado e Iglesia. Sinceridad e independencia tanto más necesarias cuanto que muchos de los españoles que se acercaron a| arzobispo serían política y religiosamente inabordables en otro plano que en el del corazón. La entrevista con los españoles fue, pues, un acierto.

El cárdena! Enrique y Taranto n ha dialogado, además, con periodistas, con intelectuales y con jerarcas religiosos. Al exponer la situación de la Iglecia española con la nitidez y la honrada claridad con que él lo ha hecho, ha ganado un buen tanto para ella. El curso de la historia y el de la Iglesia universal no admiten islotes ni autorizan retrocesos; y los católicos franceses han podido desechar todo temor de que de este lado de los Pirineos haya nada parecido a una remora: la Conferencia Episcopal Española y los españoles saben a dónde van por los "raíles" del Concilio.

Pero ha rendido un gran servicio al Estado español. En el cuma de artificiales tensiones y de nubes de humo sobre las intenciones políticas de la Iglesia española, no otra cosa que un gran servicio es volver a afirmar que se pretende la autonomío precisamente porque cfa credibilidad; y la no infeudacion, precisamente porque garantiza la libertad: libertad y credibilidad qu« son necesarias para colaborar con el Estado en los campos en que esto sea conveniente y con la sociedad españolo cuando la crítica serena parezca necesaria. Nadie responsable quiere en la Iglesia española la libertad para destruir, ni para dividir, ni para retroceder: [a quiere para merecer «rédito al colaborar.

En fin, el cardenal de Madrid nos ha hecho con los obispos franceses el servicio de decirles la verdad: la desinformación no se contrarresta eficazmente sino con ella.

 

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