Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
 Historia breve de las dos Españas (11). 
 Las izquierdas durante la República     
 
 Ya.    06/12/1975.  Página: 17. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

6-XII-75

INFORMACIÓN NACIONAL

HISTORIA BREVE DE LAS DOS ESPAÑAS (11)

LAS IZQUIERDAS DURANTE LA REPÚBLICA

Lo» socialista», "amigos peligrosos para Madariaga • La reforma agraria que se quedó sin hacer •

Asturias dio una aureola revolucionaria al socialismo • Febrero del 36: Largo Caballero, señor de España

He hablado de lo» repúblicanos. Pero a su extrema izquierda están lo» anarquistas, entre los que, fulminantemente, la tendencia moderada que representan un Peiró y un Pestaña es aplastada por el radicalismo de la FAI, a cuyo influjo debe atribuirse el que los sindicatos confederales se convirtiesen en los enemigos implacables de una República que antes de tres meses era para ellos "República administrada por verdugos y asesinos". No hablo de lo» comunistas, que por entonces no contaban; sin masas, sin dirigentes de relieve ni garra revolucionaria, apenes se los considera. Y hablo sobre todo del socialismo, con su tradición de hosca austeridad,, con el ya lejano precedente revolucionario del año 17, pero también con el más cercano de su reformismo durante la Dictadura, y que s« muestra dispuesta a romper con este último antecedente y a empalmar con el anterior Hasta dejarlo chico.

La colaboración del socialismo

HAY "amigas peligroso», quizá más peligrosos aún que lo» enemigos" escribía Madaríaga lo dice por los socialistas, a cuyos ataques—´explica— estuvo expuesta la República "desde sus primero» días", y en: cuyas manos estuvo por eso el destino del régimen que tan decisivamente habían contribuido a traer.

Colaboraron con él, se objeta, y, efectivamente, de esa colaboración da fe la presencia de ministros socialistas en los gobiernos, eu mayoría en las constituyente» y su intervención decisiva en la elaboración de la Constitución; pero deducir de eso que "el socialismo español se condujo infaliblemente como republicano" no resiste la confrontación con los hechos. Recordemos el texto de Madariaga: "desde sus primeros días", porque, efectivamente, desde el principio se .produce en el seno del socialismo la tensión que al cabo se resolvió con el triunfo de la opción radical.

Con esto no digo que e] socialismo hubiese debido dejar de ser socialista. Su colaboración no se tenía que entender en el sentido de que renunciase a meter en la República la mayor cantidad posible de socialismo, sino como aceptación leal del régimen y repudiación de tas vías revolucionarias para modificarlas incluso con el propósito de evitar la reacción de una sociedad que sólo en parte era socialista, y en proporción mucho menor, revolucionaria. Esa línea de conducta habría sido la más conveniente para e] socialismo, a la larga,, e inmediatamente habría hecho de él un firme apoyo de La República.

PERO véase el caso de la reforma agraria. En la práctica se quedó sin hacer. Lo atribuyo a que fue tardía; a que se daba la tierra, pero no medios de cultivarla; a que en gran parte se enfocó como represalia política; a que perjudicaba a te pequeña y media propiedad; a que sólo dio tierra a un número ínfimo de campesinos, debido a qu« no se le dotó económicamente como habría hecho falta; a que

el Instituto d* Reforma Agraria funcionó mal; a! desinterés de los gobernantes y no a la actitud de las derechas, que en aquel momento habrían aceptado una reforma razonable y razonablemente expuesta. En mi "Historia política de las dos Españas" demuestro esas afirmaciones. Baste aquí con decir que a« habla, previsto un promedio d* 60.000 a 75.000 asentamientoo anuales, y en conjunto 930.000 familias, convertida* ya en titulares de propiedad, ya en miembros de las nuevas colectividades de explotacion. Pues bien, a finales de 1933 sólo se habían instalado a 4.399. Se pueden añadir toa 40.000 asentados al amparo de la legislación de intensificación de cultivos, pero sólo i. título temporal. Se explica por eso qu« cuando Marcelino Domíngo, ministro de Agricultura, presentó la reforma como "una nueva reconquista de la tierra española", Balbontin comentase: "Sí..., ocho siglos, aproximadamente´".

Las causas eran las mencionada»..., y un socialismo que, con tres ministros en el Gobierno y mandando en el Parlamento, prefería suscribir e1 juició de Largo Caballero sobre la reforma. como "una aspirina par» curar 1* apenaicitis". ¿Por qué en tal caso no la habia hecho mes eficaz ¿O era su propósito que no ge resolviera nada, para que la República no se consolidara y el socialismo pudiese mantener su doble juego, gubernamental en 1* cúspido y revolucionario en 1» base? ¿O era sencillamente falta d* mentalidad social en los dirigentes socialistas, al menos para, lo» problemas del campo?

Lo que al socialismo le interesa es la revolución y su posición, reflejada fielmente en loa editoriales & e 1 periódico potavoz dsl partido, es: la República para los socialistas, mientras, éstos no consideren oportuno pasar a] socialismo y rotunda negativa a la colaboración de la derecha, contra la cual el socialismo anuncia que recurrirá a todo. A la dictadura, por supuesto; a la violencia también. Y a la revolución se lanza, efectivamente, antes de que se cumpla el año d« su derrota electoral, y cuando lag derechas son llamadas a participar en el poder.

Octubre de 1934

YA en el exilio, Indalecio Prieto confesó: "Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el partido socialista y ante España entera d* mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria." Hay que reconocer en descargo del socialismo la alarma que en él produjo la suerte de la socialdemocracia en Alemania y en Austria, y en España, más todavía que los movimientos propiamente fascistas, lo que podríamos llamar fascistizantes, y manifestaciones tan espectaculares como ta de lae Juventudes d« Acción Popular en El Escorial, en abril de 1934. Verdad es que precisamente allí Gil-Robles había hecho protestas d* acatamiento a la legalidad; ¿pero no había llegado Hitler al poder aupado por loe votos del pueblo alemán? Mas fácil era relacionar al jefe d» la CEDA con el católico Dollfus, canciller de Austria, que en febrero de aquel año había reprimido duramente al socialismo de su país. Pero también se debía haber considerado la moderación de las derechas españolas tras su triunfo en noviembre de 1933, y que ni lo exiguo de la recién creada Falange ni las extremo-sidades de las Juventudes de Acción Popular justificaban en laa izquierdas más que recelo, prevención, cautela; de ningún modo una ¡insurrección. ¡Si lo decía el mismo Araquistain, socialista! Me refiero al estudio que en abril de 1934 publicó en "Foreign Affairs", donde rechazaba categóricamente que concurriesen en nuestro país las condiciones necesarias para un golpe militar ni para el fascismo.

Por otra parte, ¿de cuándo databan tos avisos del socialismo, gus amenazas, sus preparativos? ¿No eran aquéllos anteriores incluso a la constitución de la CEDA? ¿No fue ésta el pretexto para algo que habría acabado por producirse de todos modo»? Octubre fue la confirmación, con hechos, de lo que se haibía declarado casi el mismo 14 d* abril: que la República era para los socialistas, que no permitirían que oíros la disfrutasen, reservándose, en cambio, el derecho a abandonarla cuando les diese !«. gana. Fue le negación por la mitad de los españoles del derecho a existir de la otra mitad; por tanto, del juego normad de tos partidos; por consiguiente, de la República.

La revolución fue dominada. Pero sorprendentemente, una represión torpísima, y no precisamente porque fuese dura respecto de los máximos responsable, permitió que el socialismo saliese de aquella derrota fortalecido. No fueron héroes sus dirigentes ni gallarda su conducta, con la excepción de loe militantes asturianos, y, sin embargo, de octubre salió el socialismo, repito, con una no merecida aureola revolucionaria y una bandera: Asturias. Con ella triunfará antea ´de dos años.

Febrero de 1936

DIECISEIS de febrero. Fue la victoria d&l Frente Popular, en el que no hay que ver la trampa tendida a la inocente burguesía de izquierdas, sino a¡ contrario: la maniobra con que esta burguesía quiso retener bajo su control a as masas que sa te escapaban; la maniobra de unos republicanos qu« habían aprendido moderación y, por boca de Azaña, invitaban a todos los españoles a agruparse "bajo eea bandera en la que caben republicanos y no republicanos, y todo «i que sienta, el amor a la Patria, la disciplina y el respeto a la autoridad constituida".

¿´Pero qué representaban ya Azaña y ios republicanos? Peor aún cuando aquél se retira a la jaula dorada >le la Presidencia de la República y le sucede en el Gobierno Casares, en «1 cual ¡a debilidad se hizo complacencia. "El Gobierno... no fu« una víctima de la izquierda revolucionaria, sino eu voluntario colaborador." El texto no &s de Calvo Sótelo; treinta y cinco años después !o firma un norteamericano: el historiador Stanley G. Payne.

El verdadero señor de España, el que menda en la calle, es Largo Caballero, que se ha hecho con la dirección plena del socialismo y aparece entregado a una frenética escalada de violencia, a la q>ue sin duda cooperaron los extremismos de derecha, pero sin que pudiesen equipararse a los de izquierda, ni numéricamente ni por la actitud oficia!, tan dura hacia ellos como benévola hacia los otros. Son estos últimos tos que por eso darán el tono a la época, con cuanto delata la existencia, dentro del Estado, de otro Estado qwe dicta su anárquica ley de conflictos, huelgas, atentados, violencia en "el campo, ocupaciones inútiles de fincas, crueldad, la arbitrariedad por la arbitrariedad, incendios de templos y matonismo; y no hace falta, para evocar aque! período, irse a los testimonios de la derecha, porque ahí tenemos los de Unamuno, Prieto, Madariaga, Clara Campoamor, Górdón Ordás, Marcelino Domingo o Miguel Maura. Es este último quien, entre el 18 y el 27 de junio, publica en "El Bol" la serie.de artículos donde acaba pidiendo la dictadura republicana, no unipersonal ni d« partido, sino un Gobierno nacional que abarque desde el socialismo reformista hasta la derecha conservadora y que practique una política avanzada en lo social, pero conservadora en sus procedimientos y actuación gubernativa.

Era lo que Azaña. se había comprometido a hacer desde la jefatura del Estado; lo que se intentó en torno a Prieto y acaso, luego, con Marcelino Domingo. Si alguien se hubiese atrevido, habría tenido detrae a los militares que se subrevaron el 18 de julio, habría salvado la República y evitado la guerra civil.

José María GARCÍA ESCUDERO

 

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