José-Carlos Mainer
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La crematística de los escritores es algo más que un dato biógrafico o que una enojosa intrusión de sus intereses en sus escritos, puesto que, por un lado, ha configurado la cambiante imagen del escritor ante sus contemporáneos y, por otro, ha fijado la estimación del producto literario. A lo largo de la historia las situaciones han ido evolucionando hasta la vigente, que deriva del Romanticismo pero también de la activa relación de las letras y las ideas en la edad de la Ilustración.

Durante siglos, el escritor había sido un elemento más en una proceso determinado por las diferentes formas del mecenazgo de los poderosos, que favorecía el convencionalismo de los modelos estéticos y la tendencia al refinamiento. Sólo en los autores que pertenecían a una comunidad cerrada, poderosa y autosuficiente –una orden religiosa, un estamento social superior o una curia civil- podía darse una mayor inclinación a la innovación y una mayor conciencia de autoría, dentro siempre de un arte literario sometido a pautas y expectativas muy cerradas. La creación popular se reducía al suministro de espectáculos públicos donde abundaba la anonimia y, en el caso de las formas teatrales, se confundían a menudo los papeles: escritor, actor o recitador, empresario…
 
Pero la autonomía de la literatura dio pasos de gigante con la invención y difusión de la imprenta. Cervantes o Lope, por ejemplo, se mueven en la cultura del mecenazgo o intentan insertarse en los grupos favorecidos por el poder, pero también juegan un incipiente mercado independiente. En unos años muy fecundos para los géneros narrativos, Cervantes lleva a la propia trama del Quijote la escenificación de la lectura de libros y habla de la fama del escritor y la repercusión de su propio producto. Lope participa de un género –el teatro- ampliamente industrializado y en el Arte nuevo de hacer comedias discute los términos de su trabajo en un complejo pacto de sus intereses y los de su público.

En 1800 o en 1830, Moratín y Larra saben ya hasta qué punto depoenden del público y cómo les desasosiega esa nueva dependencia. Y a lo largo del nuevo siglo, los escritores se autorreconocen como tales y se representan como adalides de nuevas ideas, a la vez que ya se les acepta o discute como tales. Y son ellos los que en los nuevos Estados promueven el reconocimiento de sus ilustres antecesores del pasado, los “escritores nacionales”. En los siglos XIX y XX, la bohemia constituyó una enfatización de esa presencia pública y una directa llamada de atención sobre la ingratitud de la sociedad con respecto al abnegado creador. Más tarde, la noción de crítico, primero, y de intelectual, después, instauró un modo de mediación entre los públicos y las grandes ideas, donde el escritor se reservaba una instancia privilegiada. Y así entró en la época definitiva de su gloria: hubo nuevos “escritores nacionales” (como Galdós, Carducci o Hugo) y, a la vez, una internacionalización progresiva (como demostraron Tolstoi o Ibsen); la vida y las rarezas del autor fueron motivos de admiración y, a menudo, la residencia de los grandes de la pluma se transformó en una  expresión de su consagración (como sucedió con Rostand o D’Annunzio). El culto al escritor no viene de hoy.

 

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