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Ramón Pelinski

Tango popular - tango erudito URL: http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p1=100108&l=2
Le han llamado de todo: desde “reptil de lupanar,” y “lamento del cornudo”, hasta un “elegante flirt de piernas finas y discretas”, o “una orgiástica diablura”. Para unos es dolor, machismo y violencia; para otros, nostalgia, pasión y amor. Pululan las teorías sobre su origen, como si el ayer de hace un siglo y medio hubiera tenido el poder de determinar lo que hoy ha devenido el tengo. Su difusión mundial no partió del lugar en que se originó, sino de la ciudad que adecentó la ejecución de sus figuras, sin embargo, dejando intocable el secreto de su magia: bailar en un abrazo estrecho con un extraño. Por cierto, estoy hablando del tango porteño, un baile popular, que, alrededor de los años 1880, emerge con un rasgo distintivo: el baile se ejecuta no sólo como pareja enlazada (que así se bailaban el vals, la mazurca, o la polka en el siglo XIX), sino como pareja estrechamente abrazada –una propiedad seductora, potencialmente erótica, que le ha asegurado al tango una difusión global inmediata, y, desde luego, un diluvio de prohibiciones. Un baile tan particular exigía una música propia, que se fue gestando desde la última década del siglo XIX, cuando el tango se distrajo de la flauta, para meterse por los recovecos del bandoneón. Desde este encuentro, la música del tango olvidó su alegría tonadillera y devino cansino, severo y triste. Una tercera modalidad del tango es el repertorio de sus imperfectas letras humanas, que pocas veces salieron de los suburbios porteños. Quizás quedaron reservadas para los amigos del barrio –o para las íntimas conversaciones con el psicoanalista... (En efecto, se supone que en el Barrio de Palermo de Buenos Aires existe la mayor densidad mundial de psicoanalistas por metro cuadrado, o bien, doscientas criaturas por analista.) El programa del concierto de hoy está dedicado a la segunda modalidad del tango, esto es, a su música. Intercaladas entre las “Cuatro estaciones porteñas” de Piazzolla –“Verano porteño”(1965), “Otoño porteño” (1969), “Invierno porteño” (1970), y “Primavera porteña” (1970)”–, oiremos composiciones de Gardel, Guastavino, Ginastera, Ravel y Plaza, quienes con sus canciones, romances, milongas, milongas-candombes, habaneras, van explorando las cercanías del tango hasta confluir en los “tangazos” de Paulos, De Caro y Francini.
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