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Las consecuencias devastadoras de la Primera Guerra Mundial en el campo social y político, así como la irrupción de las vanguardias en el terreno artístico, anunciaban premonitoriamente el rumbo del siglo que entonces comenzaba. Si la historia de la música hasta el siglo XX puede narrarse, al menos en sus trazos elementales, a partir del pequeño número de ciudades que han promovido las novedades de cada momento, el nuevo siglo trajo un ordenamiento completamente nuevo. Las técnicas de reproducción mecánica del sonido, las comunicaciones cada vez más veloces, la definitiva incorporación cultural de los continentes americano y asiático y la progresiva internacionalización de la vida musical han acabado por eliminar la centralidad de la que habían gozado unas pocas ciudades importantes. Ya no hay ciudad que acapare toda la atención cultural o presente en exclusividad las innovaciones musicales (ni en programación, ni en composición, ni en interpretación). En este contexto, la elección de Nueva York como final de este viaje por la historia urbana de la música no debe entenderse como un predominio musical en estas décadas, sino más bien como metáfora de los cambios radicales del mundo actual. Nueva York ha sido símbolo del mundo globalizado que difumina progresivamente las señas de identidad, de la convivencia como nunca antes de tipos de música muy distintos y de la expansión geográfica en el consumo y producción de la música, abandonando la idea de Europa como único referente.
La novedad que supuso la aparición del jazz no fue tanto el nuevo estilo compositivo que implicaba, como la capacidad para inspirar a ciertos compositores de la hoy llamada “música clásica” con sus nuevas armonías y ritmos; al mismo tiempo, el sólido bagaje técnico de ésta también dejó su huella en el jazz. Es esta influencia recíproca la que trata de recrear este programa, donde se combinan autores centrales en la tradición clásica europea de los últimos tres siglos, como Mozart, Verdi y Mahler, con compositores de jazz igualmente clásicos como Gershwin, Wallers, Parker y Ellington. No deja de ser significativo que las carreras de estos últimos cuatro músicos –en realidad también la de Mahler– pasaran en algún momento por Nueva York, cuyo papel en la historia del jazz fue decisivo a partir de la década de los veinte atrayendo los mejores músicos en busca de oportunidades para darse a conocer y desarrollando una potente industria fonográfica y editorial. Además de los autores ya citados, las figuras más importantes de la escena jazzística en sus distintas corrientes y estilos decidieron asentarse en esta ciudad, como Louis Amstrong, Scott Joplin y Benny Goodman, Las consecuencias devastadoras de la Primera Guerra Mundial en el campo social y político, así como la irrupción de las vanguardias en el terreno artístico, anunciaban premonitoriamente el rumbo del siglo que entonces comenzaba. Si la historia de la música hasta el siglo XX puede narrarse, al menos en sus trazos elementales, a partir del pequeño número de ciudades que han promovido las novedades de cada momento, el nuevo siglo trajo un ordenamiento completamente nuevo. Las técnicas de reproducción mecánica del sonido, las comunicaciones cada vez más veloces, la definitiva incorporación cultural de los continentes americano y asiático y la progresiva internacionalización de la vida musical han acabado por eliminar la centralidad de la que habían gozado unas pocas ciudades importantes. Ya no hay ciudad que acapare toda la atención cultural o presente en exclusividad las innovaciones musicales (ni en programación, ni en composición, ni en interpretación). En este contexto, la elección de Nueva York como final de este viaje por la historia urbana de la música no debe entenderse como un predominio musical en estas décadas, sino más bien como metáfora de los cambios radicales del mundo actual. Nueva York ha sido símbolo del mundo globalizado que difumina progresivamente las señas de identidad, de la convivencia como nunca antes de tipos de música muy distintos y de la expansión geográfica en el consumo y producción de la música, abandonando la idea de Europa como único referente.
El último concierto de
El sonido de las ciudades muestra también otra faceta que el jazz ayudó a poner de manifiesto con meridiana claridad: la labor creativa del intérprete. Si la ejecución musical siempre implica una actualización de la voluntad creadora de un compositor plasmada en la partitura, el jazz elevó definitivamente el papel del intérprete a la categoría de coautor de la obra, en tanto que la composición en este género no exige la fijación de todos sus parámetros. En este contexto, el pianista Uri Caine encarna perfectamente la figura del intérprete como creador, no en su acepción habitual de intermediario entre el compositor y el público, sino como autor de versiones y arreglos muy personales que transforman obras conocidas en nuevos mundos musicales. La improvisación no era, ni mucho menos, nueva en la historia de la música. De hecho, los vihuelistas sevillanos del siglo XVI con los que se iniciaba este viaje musical eran consumados improvisadores. Pero ningún otro estilo como el jazz ayudó tanto a reivindicar la aportación original del intérprete.