1/4 Ciclos de Miércoles Músicas para una exposición Matisse

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  1. Este acto tuvo lugar el
María Antonia Rodríguez, flauta. Aurora López, piano

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NOTAS AL PROGRAMA
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PRIMER CONCIERTO
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Fantasía, Op.79, de G. Fauré
Aunque la flauta sea teóricamente un instrumento en el que la música francesa tiene mucho que decir, en la abundante obra camerística de Fauré -transcripciones aparte- encontramos una dedicación muy parca a este instrumento que, en realidad, se circunscribe casi exclusivamente a dos obras que se componen casi seguidas: el Andante en si bemol op.75, para flauta y piano, que es de l897 y, también para flauta y piano y de 1898, esta Fantasía op.79. La obra se escribe durante un viaje a Londres que realizó para el estreno, con mucho éxito, de La bonne chanson, precisamente el viaje del que salió el encargo para la suite orquestal Pélleas et Melisande.
La Fantasía sabemos que fue estrenada en el Conservatorio Nacional de París el 27 de Julio de 1898 y que después sería muy usada en los concursos de dicho Conservatorio pero no consta exactamente que se escribiera para ellos aunque todo hace sospechar que así fue. De un lado, el indudable aspecto virtuoso de la obra y su extraordinaria adecuación a la técnica flautística indica hasta que punto Fauré, que, como hemos visto, no se había preocupado mucho hasta entonces del instrumento como solista, se molestó en adecuar el contenido musical a las características precisas de la flauta. La misma forma de fantasía avalaba mejor las intenciones de una obras hecha para mostrar las cualidades de un intérprete que lo que hubiera posibilitado una forma más estricta. No es que Fauré no las amara, por el contrario es un gran dominador de la forma en sus amplias composiciones camerísticas, sino que a menudo se encuentra cómodo con la libertad que le otorga la fantasía y que por eso es una vía formal que utiliza varias veces en su trayectoria creativa.
Hay que se señalar en esta obra la inventiva melódica, siempre tan personal en Fauré, y su armonía refinada y sutil pero ajena a la delicuescencia impresionista, así como un concepto del timbre que va más allá de la simple adecuación instrumental para convertirse en un elemento de manejo del color.

Nocturno y Allegro scherzando, y Fantasía, de P. Gaubert
Para la mayor parte de los aficionados musicales, el nombre de Philippe Gaubert dice muy poco ya que habitualmente no figura en los programas generales de los conciertos orquestales, ni siquiera se le menciona en la mayoría de los diccionarios. Sin embargo se trata de un autor que en el mundo flautístico tiene importancia por haber dedicado a este instrumento la mayor parte de sus esfuerzos. Natural de Cahors, estudió en el Conservatorio de París con el célebre flautista Paul Taffanel a quien sucedería en la cátedra a partir de 1919. No se piense sin embargo que se trata de un flautista que escribía piezas para su instrumento. Él tenía una formación compositiva completa que adquirió en el mismo conservatorio, con Fauré entre otros, y llegó a quedar segundo en el Concurso para el Premio de Roma de 1905. También desarrolló una carrera como director de orquesta ya que fue quince años segundo director de la Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio de París, pasando a primer director en 1919, año en el que también accede a la dirección de la Opera de París. Más tarde enseñaría dirección orquestal en el propio conservatorio parisino.
Gaubert compuso varias obras orquestales, entre ellas una sinfonía y otra curiosa que se titula En el País Vasco, así como numerosas canciones. Pero el grueso de su producción es naturalmente flautístico. Realizó numerosas transcripciones, pero también diversas obras originales, entre ellas tres sonatas. Las piezas que hoy se interpretan fueron destinadas a sus propios conciertos y orientadas hacia la enseñanza del virtuosismo en el Conservatorio en cuyos concursos han figurado en diversas ocasiones. Se trata de piezas muy adecuadas al instrumento con una preferencia virtuosa y melódica, con insertos rítmicos muy interesantes y un ambiente general que las emparenta con la música de Fauré. Gaubert es también autor de libros como un Método completo de flauta y de 17 Grandes ejercicios diarios para el mecanismo de la flauta.

Sonatina, Op. 76, de D. Milhaud
La ingente obra de Darius Milhaud, que se acerca a los 500 títulos, ha sido una rémora en el conocimiento de un autor que escribió muchísimas obras maestras hoy poco conocidas. Cada vez es mayor la importancia que se concede a Milhaud en la música de su momento y va siendo hora de conocer más de su interesantísimo catálogo. Milhaud fue experimental en el sentido strawinskyano al mismo tiempo que el autor ruso, y si no compruébese con sus magistrales Coéforas, sublimó la tentación del jazz en La creación del mundo y rescribió su Brasil ideal y cercano en Saudades do Brazil o Scaramouche. Practicó la politonalidad y la atonalidad, las óperas grandes, desde El pobre marinero o el sensacional Cristóbal Colón, o las originales óperas-minuto. Pero no desdeñó tampoco la pequeña forma ni renunció a su mediterraneidad natal. Él mismo se definió siempre como "un judío francés de Provenza".
Precisamente en Aix en Provence es donde se compone la Sonatina para flauta y piano op.76, durante una estancia veraniega en 1922. Y se estrenaría en los Conciertos Wiener de París en Enero siguiente. Nos hallamos ante una obra muy francesa y que en más de una aspecto podría merecer el calificativo de fauvista. Se trata de un divertimento donde lo ornamental llega a convertirse en esencial por una especie de reelaboración manierista que tiene mucho que ver con lo que Matisse hacía. Música muy francesa por su ligereza elegante pero también audaz por su andadura moderna, desprejuiciada y hasta un poquito mordaz. La obra lleva sólo movimientos más bien rápidos. El primero es tierno, como ya lo indica el título, pero no débil, mientras el segundo observa una ligereza móvil que también hace honor a las intenciones de su título y acaba por ser una especie de transfiguración del aire de barcarola. En el tercero, el ritmo cobra una dimensión más presente para constituirse en la base de una construcción que pone así fin a una pequeña obra maestra.

Romance, de A. Honegger
Aunque Honegger participó plenamente del espíritu general que animó al Grupo de los Seis, su evolución posterior diverge notablemente de la de otros compañeros de promoción. Él tenía un origen suizo por el que se fue decantando más adelante (hasta la Sinfonía Deliciae Basiliensis) pero no pierde ciertos rasgos franceses que le son perennes. Se interesó inicialmente por el maquinismo hasta llegar a describir la puesta en funcionamiento de una poderosa locomotora (Pacific 231) pero luego fue interesándose más por elementos trágicos y patéticos (Sinfonía Litúrgica) sin poder escapar a cierta grandilocuencia muy francesa de la grandeur (Juana de Arco en la hoguera).
Pero Honegger también fue capaz para la pequeña forma y para ciertas manifestaciones de ironía. Incluso en una fecha bastante temprano como es 1919 produce una obra para flauta sola, la Danza de la cabra, que enseguida fue pasto de los flautistas de todo el mundo. Para el instrumento produce además una importante y temprana (1917) obra, la Rapsodia para dos flautas, clarinete y piano que, en razón de su formación poco habitual, no se toca lo que merecería.
Romance, que figura en este programa, se inserta en una serie de piezas que Honegger escribía al final de su vida para los Concursos de Ginebra. Tiene el interés suplementario de ser la última obra que el compositor escribiría pues está compuesta en 1953 y Honegger no volvería a crear nada en los dos años que le restaban de vida. En cierta medida eso da un aura terminal a la obra que probablemente el compositor sabía que era ya un momento crepuscular. Sin ser extremadamente virtuosa desde el punto de vista de la técnica, la obra tiene en cambio un interés por su necesidad de una interpretación verdaderamente asumida y estudiada.

Sonata para flauta y piano, de F. Poulenc
Cada vez cobra más importancia la excepcional categoría de la música de cámara de Francis Poulenc en la que llama la atención la dedicación que tuvo con los instrumentos de viento. Tanto, que su corpus camerístico para viento puede reputarse como el más completo de todo el siglo XX. Y hay que decir, que ese interés se muestra a lo largo de toda su carrera puesto que hay obra primerizas y ya encantadoras, como la Sonata para dos clarinetes de 1918, hasta llegar a las magistrales sonatas del último período.
Es en este último momento en el que se inserta la espléndida Sonata para flauta y piano. La obra le había sido encargada en memoria de la mecenas americana Elisabeth Sprague Coolidge y Poulenc la compone durante una estancia veraniega en Hotel Majestic de Cannes en 1956. El estreno tendría lugar en Estrasburgo, el 18 de Junio de 1957, con el concurso del flautista legendario Jean Pierre Rampal y el propio Poulenc en el piano. Éxito enorme, que les obligó a repetir la Cantilena y una crítica que proclamó la obra entre las mejores de la más grande tradición francesa. Por una vez, no les faltaba razón, ya que nos encontramos ante una de las grandes sonatas del siglo XX y, en lo que respecta a la flauta, probablemente la más grande.
Nos hallamos ante una estructura arquitectónica formalmente muy clásica que, al mismo tiempo, conlleva una exultante libertad no exenta de esa elegancia y alegría vital del Poulenc juvenil aunque ahora asentadas por una lúcida madurez. El Allegro malincolico inicial está recorrido por el motivo inicial de la flauta, delicado y subterráneamente alambicado. En la Cantilena nos encontramos con una melodía grave de gran belleza que algunos críticos franceses han emparentado con el melodismo de la ópera Diálogo de carmelitas. Pero aquí el corte melódico es indudablemente instrumental y es arropado por un piano en el que el pedal tiene gran importancia. Abruptamente caeremos en el vertiginoso Presto giocoso donde la flauta desarrolla un extraordinario virtuosismo marcado por un piano percutivo muy incisivo. Aún habrá un recuerdo hacia la inicial melancolía antes de caer en la precisa exactitud del cierre de una obra que se muestra en toda su creativa grandeza.

Chant de Linos, de A. Jolivet
La obra de André Jolivet muestra una preferencia por la flauta que le llevó a componer para ella una serie de obras que se sitúan hoy día entre lo mejor de su producción. El compositor, que con el ciclo pianístico Mana (1935) ofreció la primera muestra francesa plena de composición atonal, practicó un lenguaje amplio y libre que, sin embargo, resulta siempre muy comunicativo. A la flauta dedicó un primer concierto que quedó luego eclipsado por el éxito y la originalidad de su Suite de Concierto (1965) para flauta y percusiones. Pero ya antes había conseguido obras flautísticas muy notables en el terreno de la música de cámara. Entre ellas están las famosas 5 Incantations (1937) que, junto a la ya citada Mana y a las Danzas rituales, constituye el núcleo de su periodo llamado mágico. Pero la categoría, y el éxito internacional de las Incantations no deben minusvalorar otras obras como la que hoy figura en este programa.
Chant de Linos para flauta y piano fue escrita en 1944 y, como tantas obras maestras de la música francesa, tenía como destino los concursos instrumentales del Conservatorio de París. Se ha dicho que resulta más convencional de lenguaje que otras obras que acabamos de mencionar y son sin duda audaces. Pero esta opinión ha ido variando con el tiempo y hoy Chant de Linos figura en la base de los repertorios flautísticos. Y es que su melodismo, aunque parte del tradicional, se desarrolla muy personalmente y el virtuosismo de la escritura no sirve sólo a los fines competitivos para los que la obra nace, sino que es capaz de configurar una técnica trascendental en el sentido lisztiano que convierte la ornamentación en sujeto y el fondo en figura principal, un poco como ocurre con la obra pictórica de Matisse que en este concierto se recuerda.
Tomás Marco

  1. I
      1. Gabriel Fauré (1845-1924)
      1. Fantasía Op. 79
      1. Philippe Gaubert (1879-1941)
      1. Nocturno y Allegro scherzando
      2. Fantasía
      1. Darius Milhaud (1892-1974)
      1. Sonatina, Op. 76
  2. II
      1. Arthur Honegger (1892-1955)
      1. Romance
      1. Francis Poulenc (1899-1963)
      1. Sonata para flauta y piano
      1. André Jolivet (1905-1974)
      1. Chant de Linos