(I) Música de la época virreinal Ciclos de Miércoles Música iberoamericana

(I) Música de la época virreinal

  1. Este acto tuvo lugar el
Dante Andreo, dirección y tenor
Grupo Vocal Gregor

PRIMER CONCIERTO ___________________________________________________

MÚSICA DE LA ÉPOCA VIRREINAL
Es común entre los cronistas y viajeros del Virreinato la agradable sorpresa que les causaba la música escuchada en los templos, paseos y plazas de ciudades y pueblos. Afirman algunos, en el primer cuarto del siglo XVIII, que las gentes acudían a los oficios religiosos más por gustar de la música que por devoción. El comentario coincide con otros testimonios de las postrimerías del siglo XVIII. El gusto por los sonidos bien concertados y el desarrollo admirable de las formas musicales cultas, junto con otras populares, atrajo la atención de aquellos relatores gratamente sorprendidos.
La música desempeñó un rol funcional en la vida espiritual de los hombres que poblaban el recién hallado continente. Es fácil comprender su arraigo cuando advertimos que ella constituía una parte fundamental de la cultura del siglo XVI y que sirvió como instrumento de gran valor en la evangelización de los indios; lo señalaron claramente algunos misioneros, quienes, en el afán de incorporar al «tierno rebaño» dentro del seno de la Iglesia, se valieron del canto para adoctrinar y hacer del aprendizaje del catecismo algo atrayente. Legiones de misioneros franciscanos, dominicos y agustinos, tras los que siguieron los benedictinos, jesuitas, etc., se dedicaron en cuerpo y alma a «abolir el paganismo». La disposición natural de los nativos y el fervor religioso hicieron que pronto se aclimataran y desarrollaran como propias las formas musicales traídas por los frailes. Los misioneros, desde los primeros años de la colonización enseñaron a los indígenas a construir y tocar los instrumentos con que formaban pequeñas orquestas para acompañar el coro de sus voces.
Por otra parte, las catedrales fueron organizadas tal como en España; cada ciudad importante tenía su catedral como centro de la vida pública y cultural. Bajo su protección se reunían artistas de toda índole que contribuían con su arte a engrandecer el culto religioso. Eran además el máximo centro educativo ya que controlaban y dirigían las actividades artísticas e intelectuales.
Sus archivos musicales guardaban inestimables tesoros de los que se conserva una ínfima parte debido a que fueron destruidas miles de obras por el paso del tiempo, las guerras o la negligencia, que llevaba a quemar cada cierto tiempo las partituras en desuso. No obstante aún queda una enorme cantidad de obras que testimonian el altísimo nivel a que llegó la producción musical en el Nuevo Mundo.
En este concierto se oirán algunas obras representativas de los distintos estilos musicales que se manejaron en la época virreinal y fueron escritas por los más importantes maestros de capilla españoles, portugueses y nativos:
Gutiérrez Fernández Hidalgo:
Nacido en charcas, Bolivia, alrededor de 1553, está considerado el más importante compositor de América del Sur durante el siglo XVI. Su nombre aparece por primera vez en 1584 en la catedral de Bogotá. Poco más se sabe sobre su vida en esa ciudad en la que dejó lo más importante de su producción musical: los espléndidos Códices de los Magnificat en los ocho modos y las Salves.
Fue a Quito (Ecuador) para entrar al servicio de su catedral y del nuevo seminario conciliar. A finales de 1589 abandona la ciudad para dirigirse a Cuzco, donde permanece hasta 1597, año en el que es nombrado maestro de capilla en La Plata (luego llamada Sucre), donde muere en 1620.
Juan de Araujo: Nació en Villafranca de los Barros, Extremadura, en 1646. Llegó a lima a temprana edad con su padre, que era funcionario del conde de Lemos, virrey del Perú. Seguramente estudió allí con Torrejón y Velasco.
Hacia 1670 fue nombrado maestro de capilla de la catedral de esa ciudad, puesto que desempeñó hasta 1676. De Lima viajó a Panamá y probablemente a Guatemala, para regresar más tarde nuevamente a Perú. Fue contratado como maestro de capilla de la catedral de Cuzco y finalmente, en 1680, de la de la Plata, hoy Sucre, donde permaneció hasta su muerte en 1712.
Tomás de Torrejón y Velasco: Nacido en Villarrobledo, Albacete, en 1644, pasó sus primeros años en Fuencarral, cerca de Madrid, donde probablemente estudió con Juan Hidalgo.
Se embarcó hacia el Nuevo Mundo en Cádiz, el 6 de febrero de 1667, rumbo al Perú. En 1676 es nombrado maestro de capilla en la catedral de Lima, sucediendo a Juan de Araujo. En 1701 compone por encargo del virrey una obra dramático-musical sobre texto de Calderón de la Barca: La púrpura de la rosa, que se convierte en la primera ópera escrita en América.
Su fama se extendió por todo el continente, hasta Panamá y Guatemala. Murió en Lima en 1728 después de ochenta y tres años de una existencia laboriosa y jalonada de éxitos.
Hernando Franco: Nació en Alcántara (Extremadura) en 1532. De niño fue miembro del coro de la catedral de Segovia. Sus maestros fueron Jerónimo del Espinar y Bartolomé de Olaso en esa ciudad.
En 1573 aparece su nombre en las actas capitulares de la catedral de Guatemala, de lo que se deduce que pudo haber sido maestro de capilla en esa ciudad antes de trasladarse a México en 1575. Ese año fue nombrado maestro en la catedral de la capital azteca, puesto que desempeñó hasta su muerte en 1585. Durante ese período, la capilla musical alcanzó un altísimo nivel pocas veces alcanzado en años posteriores.
Su obra, esencialmente religiosa, incluye salves, magnificat en todos los tonos, responsorios y otros géneros de obras litúrgicas.
Juan Gutiérrez de Padilla: Nació en Málaga alrededor de 1590, en cuya catedral recibió enseñanzas del maestro de capilla Francisco Vázquez. En 1608 se encontraba en Jerez de la Frontera, donde fue maestro de su colegiata, para ocupar posteriormente ese puesto en la catedral de Cádiz.
Se desconoce la fecha de su arribo al Nuevo Mundo, aunque se sabe que fue maestro de capilla en la Catedral de Puebla (México) desde 1629 hasta su muerte acaecida en 1664. En el archivo de esa catedral se encuentra toda su obra, que testimonia el talento creador de uno de los más grandes compositores españoles enviados a América.
Gaspar Fernández: Nació en Evora, Portugal, en 1585, donde fue niño cantor de su catedral.
A principios del siglo XVI ya se encuentra en Guatemala al frente de la capilla de la catedral, para trasladarse luego a Puebla (México), donde ingresa al servicio de la catedral primero como organista y más tarde como maestro de capilla, sucediendo a Pedro Bermúdez.
En septiembre de 1627, y tras haber servido durante más de veinte años en esa ciudad, muere, sucediéndole en el puesto otro insigne músico: Juan Gutiérrez de Padilla.
Casi toda la obra que de él se conserva, en su mayoría con textos referidos a la Navidad, es de fuerte corte vernáculo manifestado en los ritmos muy vivos y sincopados, producto del aporte de la cultura negra en Hispanoamérica, como en los rasgos lingüísticos.
Pedro Bermúdez: Nacido en Granada en torno a 1555, ganó su primer puesto de maestro de capilla en la colegiata de Antequera en 1584.
En 1597 es mencionado por primera vez en las actas capitulares de la catedral de Cuzco. Entre su estancia en Cuzco y su llegada a Puebla (México) en 1603, se supone que estuvo de maestro de capilla en Guatemala debido a la gran cantidad de obras que de él se conservan en dicha catedral.
Fue el primer maestro de capilla importante en Puebla, donde estuvo desde 1603 hasta su muerte, acaecida sólo tres años después.

LAS OBRAS MUSICALES


1. HIMNOS INDÍGENAS

Hanacpachap Cussicuinin

El idioma quechua implantado por los conquistadores incas en el Perú recibió especial atención de parte de los misioneros como medio de evangelización. En Cuzco, en 1631, el terciario franciscano Juan Pérez Bocanegra escribió su Ritual formulario e institución de curas, que finaliza con la primera obra de polifonía vocal impresa en el Nuevo Mundo: Hanacpacbap Cussicuinin, compuesta probablemente por un indígena «para que lo canten los cantores en las procesiones al entrar a la iglesia». El texto, en verso sáfico, está en quechua.
Sancta Maria yn il huicac

Los más antiguos motetes que se conocen en lengua nahuatl aparecieron en un códice de 139 páginas, encontrado por don Octaviano Valdés, canónigo de la catedral metropolitana de México. En las páginas 121 y 123 de dicho códice, hecho de papel y elaborado entre 1561 y 1571, hay dos invocaciones a la madre de Dios: Sancta María yn il huicac y Dios itlaçonantzine. La fecha de copia de este códice es 1599. El primer motete tiene el nombre del autor: don Hernando Franco. El empleo del «don» honorífico nos señala que se trata de un compositor indígena, pues solamente los caciques indios y los emigrantes españoles con rango de oidor y otros aristócratas podían utilizar tal apelativo. En estas obras, el autor muestra un dominio absoluto de las complicadas prácticas mensurales europeas de la época, a diferencia de su rudimentario tratamiento de las voces contrapuntísticas.

2. POLIFONÍA RELIGIOSA

Magnificat IV toni (Gutiérrez Fernández Hidalgo)

Hidalgo escribió los Magnificat en los ocho modos conservados en espléndidos códices que se custodian en el archivo musical de la catedral de Bogotá. El Magnificat IV toni transcrito por Robert Stevenson, alterna la polifonía de los versos impares con el canto llano en un equilibrio de extremada sencillez y profundidad expresiva. Mueve sus voces elegantemente en una composición de melodías imitativas construidas a partir del canto gregoriano en un clima de austeridad y reposo.
Magnificat I toni (Hernando Franco)

Las mejores obras compuestas por el gran maestro extremeño son los Magnificat sobre los ocho modos, siete de las cuales se conservan en un libro copiado en 1611 que actualmente está en el Museo Virreinal de Tepozotlán (México). Podemos advertir en ellas su maestría para elaborar una compleja polifonía sin alejarse nunca del canto llano sobre el que están edificadas.
Salve Regina (Pedro Bermúdez)

Perteneciente a una generación después de Franco, Pedro Bermúdez utiliza un lenguaje armónico mucho más amplio. Cuatro Salves de este autor se conservan en el archivo de la catedral de Puebla, de las que se interpretará la escrita para seis voces alternando la polifonía con el canto llano, en una obra de intensa fuerza emocional.

3. LOS VLLANCICOS A LA NAVIDAD

Los villancicos negros
La música virreinal tiene un ingrediente particularmente interesante: el aporte de la cultura negra. Un género de villancicos que recibió especial atención por parte de los compositores de la época fueron las «negrillas», «xácaras», «guineos», etc., que imitaban el lenguaje deformado de los esclavos negros, su práctica de canto responsorial -donde una voz lleva el papel principal secundada por el coro- y la alegría de sus danzas, que acompañaban con todo tipo de instrumentos musicales. Muchos villancicos negros se conservan en todo el continente con características similares, de los que estos tres ejemplos nos dan elocuente testimonio: Pasacualillo (anónimo), Los coflades de la estleya (Juan de Araujo) y Asiolo Flasiquiyo (Juan Gutiérrez de Padilla).
Los villancicos barrocos

El ciclo de Navidad es uno de los motivos constantes de inspiración en toda la historia de la polifonía, y de un modo muy especial en el período barroco. Desde principios del siglo XVI se sustituyeron los responsorios entonados en los maitines de Navidad por canciones y villancicos con texto romance que incluían devotas representaciones acerca del misterio de la encarnación. El gusto por las representaciones, seguramente más cercanas al entendimiento popular que los responsorios, alcanzó en breve una dimensión extraordinaria que llegó a su cenit en el siglo XVII. El villancico religioso, y de modo especial el de Navidad, parece ser, por tanto, el punto de contacto entre la práctica polifónica y el gusto popular, por lo que advertimos en él una extraordinaria permeabilidad a las nuevas corrientes estéticas.
Los dos villancicos barrocos incluidos en el programa: Serenísima una noche (anónimo) y Desvelado dueño mío (Tomás de Torrejón y Velasco), son elocuentes muestras de una abundante producción de estas pequeñas joyas musicales del barroco hispanoamericano. Especialmente bello es el segundo, a dos coros de tres y cuatro voces respectivamente, dialogando sobre un tierno texto castellano: «Desvelado dueño mío, duerme al arrullo que tiernas entonan las aves».
Los villancicos representados

La fiesta de la Navidad dio origen a las farsas, actos de adoración, pastorelas, posadas, nacimientos, piñatas y también a la Flor de Nochebuena, llamada en nahuatl «Cuetlaxóchitl».
Los villancicos de Gaspar Fernández que cierran este programa pertenecen a dicho género, indudablemente ligados a la escena. Los tres primeros, compuestos sobre textos del tercer libro de la novela de Lope de Vega Pastores de Belén, constituyen posiblemente las ilustraciones musicales de una representación que tomaría como argumento el propio relato de Lope. Conviene destacar que estos villancicos están tomados de los 18 que fueron compuestos por Gaspar Fernández en Puebla el mismo año de publicación de la novela en España: 1612. Pueden advertirse en estas obras, a pesar de su indudable vinculación con las formas musicales renacentistas, una clara evolución hacia la estética barroca, manifestada por ejemplo en la complicación de la estructura del villancico ¿Quién llama? (entrada-responsión-copla a cuatro-responsión-copla a dos-responsión), así como la libertad en cada una de las partes, que provoca, por las notas de paso, audaces armonías. Esta misma independencia afecta sobremanera a los aspectos rítmicos, muy acusados y forzados en muchas ocasiones, característica fuertemente barroca.
Diego Durán, el fraile dominico que escribió parte de la historia del México precortesiano, menciona que antes de 1579 la zarabanda era una danza muy conocida en Nueva España. Para él y para los muchos moralistas que durante decenios mencionaron la danza, la zarabanda pecaba de sensualidad y extravagancia. La danza nahuatl con la que se asemejaba se llamaba «cuecuecheuycatl», doblemente represensible porque los varones se vestían de mujer para bailarla. El manuscrito más antiguo de origen mexicano con una zarabanda cantada proviene de la catedral de Oaxaca y pertenece a Gaspar Fernández (muerto en Puebla en 1629). La vivaz pieza a cinco voces, con breves interrupciones en las que se exalta la zarabanda, se llama Eso rigor e repente y cierra el programa del Grupo Vocal Gregor.

      1. Hanacpachap Cussicuinin (arreglo Robert Stevenson)
      2. Sancta Maria yn il huicac (arreglo Robert Stevenson)
      1. Gutiérrez Fernández Hidalgo (1553-1620)
      1. Magnificat IV toni (arreglo Robert Stevenson)
      1. Pasacualillo (arreglo Samuel Claro)
      2. Serenísima una noche (arreglo Robert Stevenson)
      1. Tomás de Torrejón y Velasco (1644-1728)
      1. Desvelado dueño mío (arreglo Samuel Claro)
      1. Juan de Araujo (1646-1712)
      1. Los coflades de la estleya (arreglo Robert Stevenson)
      1. Hernando Franco (1532-1585)
      1. Magnificat I toni (arreglo Steven Barwick)
      1. Juan Gutiérrez de Padilla (1590-1664)
      1. Asiolo Flasiquiyo (arreglo Robert Stevenson)
      1. Pedro Bermúdez (1555-1606)
      1. Salve Regina (arreglo Robert Stevenson)
      1. Gaspar Fernández (1585-1629)
      1. Zagalejo de perlas (arreglo Miguel Querol)
      2. ¿Quién llama? (arreglo de Miguel Querol) (arreglo de Miguel Querol Gavalda)
      3. Un relox a visto Andrés (arreglo Miguel Querol)
      4. Eso rigor e repente (arreglo Robert Stevenson)