(I) Ciclos de Miércoles Música para la viola

(I)

  1. Este acto tuvo lugar el
Enrique Santiago Fernández, viola. Josep Colom, piano

PRIMER CONCIERTO____________________________________________________

La viola clásica

Cinco de las seis obras incluidas en este primer programa del ciclo responden a una figura ya típica en siglos anteriores que se conserva en el clasicismo, que se va a prolongar en el XIX y que se va difuminando en el XX. Se trata del compositor-intérprete que de alguna manera influye en su obra. Sólo el último, Johann Nepomuk Hummel, es excepción, puesto que su medio directo de expresión como intérprete fue el piano, aunque el tiempo haya localizado finalmente su nombre junto a alguno de sus conciertos para trompeta.
En primer lugar, Carl Stamitz, intérprete de violín, viola y viola da gamba, instrumentos a los que dedicó varios conciertos, algunas obras de música de cámara y varias sinfonías concertantes. Stamitz, nacido en Mannheim, donde su padre, Johann, inicia la Escuela conocida con el nombre de la ciudad, actuó como propagador de la nueva concepción sinfónica que tras la influencia italiana serviría de punto de partida del clasicismo vienés. Su Sonata, todavía en tres movimientos, es un ejemplo de las exhibiciones virtuosísticas que caracterizan este tipo de obras de los compositores- intérpretes.
Sigue un riguroso contemporáneo de Carl Stamitz, Felipe de los Ríos, del que no ha quedado casi información, salvo el testimonio de su Sonata para viola sola y bajo en Do mayor; fechada en 1778, que revela, sin lugar a dudas, su dedicación al instrumento. Se conserva la estructura en tres movimientos, con la única alteración menos frecuente de sustituir el habitual allegro inicial por un andante. El mérito de la recuperación de esta obra corresponde al solista de este concierto, Enrique Santiago.
Figura secundaria pero relevante del siglo XVIII, Carl Ditters von Dittersdorf responde a la imagen característica del compositor de su tiempo. Con una actividad continuada al servicio de cortes y capillas, cultivó todos los géneros representados con abultados resultados en algunos de ellos, de los que su cerca de centenar y medio de sinfonías puede servir como ejemplo. La tarea diaria de Dittersdorf como violinista se refleja en sus catorce conciertos para violín, tres para viola y dos para contrabajo. Su contacto con París y con otros centros musicales se manifiesta en una concepción más libre de las formas, lo que en la Sonata en Mi bemol se hace patente con sus cinco tiempos, en los que los tres tradicionales se alternan con Menuetto I y Menuetto II, ambos en tempo «allegretto», a modo de «intermedios».
La cuerda en general y el violonchelo en particular sustentan el mundo sonoro de Luigi Boccherini con la música de cámara como pretexto, aunque hiciera incursiones en otros géneros. Como intérprete de violonchelo le presta tan especial atención que lo introduce por duplicado para convertir el cuarteto en quinteto. Y, claro está, la viola no falta en esas combinaciones, aunque su relieve no alcance los primeros planos salvo en contadas ocasiones. En otros casos, sus sonatas para violonchelo han sido llevadas, sin grandes complicaciones, a la viola para ampliar la breve literatura del instrumento con ejemplos de la música galante que se imponía en Europa y en la que la influencia de Boccherini es más profunda de lo que se insinúa en comentarios, cuando la revisión y el estudio de toda su obra están aún por completarse. Una situación explicable, porque aunque nacido en Lucca, Boccherini murió en Madrid, donde pasó una buena parte de su vida, lo que le hace partícipe de los males que aquejan a la musicología española.
El mismo mal afecta a la obra del murciano, nacido en Yecla, Juan Oliver y Astorga. Violinista y compositor, tuvo la fortuna de que algunas de sus sonatas fueran publicadas en Londres y se conserven así testimonios de su obra. Esta Sonata para viola y continuo en Sol mayor forma parte de una colección de cinco, fechada en 1804, que se vio precedida de las seis para violín, su Op. 1, publicada en Londres, y de otros dos conjuntos también de seis sonatas para dos violines o flautas y bajo y para violín y violonchelo, respectivamente. Contemporáneo de Boccherini, conocedor de los gustos europeos del momento, hasta que en 1776 fue nombrado violinista de la Real Capilla de Madrid, Juan Oliver y Astorga fue cultivador del estilo galante. Un estilo galante también aplicable a la sonata que parece reclamar Tomás de Iriarte en su poema La Música: «El dúo a la sonata y al concierto / Cede en lo aventurado del acierto, / Siendo composición quizá más grata. / Distribuye y combina / Sus dos voces mejor que la sonata...»
Hacia 1798, más o menos cerrando el siglo, se sitúa la Sonata para viola y piano en Mi bemol mayor; Op. 5, número 3, de Johann Nepomuk Hummel, que, como Mozart, del que fue discípulo, fue pianista distinguido de su tiempo. Pero este dato, reflejado en una serie de conciertos para el instrumento, no los ha salvado del olvido. La razón está más en la abundancia de la literatura pianística que en una posible falta de interés de las obras mismas. Pero ya se sabe que en la historia de la música sólo los intérpretes-compositores de instrumentos menos frecuentes como solistas tienen asegurada una cierta vigencia, muchas veces más en función de la escasez que en la bondad de las obras. En el caso del pianista Hummel contamos con su Concierto para trompeta o con la recuperación de esta Sonata para viola.

      1. Carl Philipp Stamitz (1745-1801)
      1. Sonata en Si bemol mayor
      1. Felipe de Los Ríos Fernández (1745)
      1. Sonata para viola sola y bajo en Do mayor
      1. Karl Ditters von Dittersdorf (1739-1799)
      1. Sonata en Mi bemol
      1. Luigi Boccherini (1743-1805)
      1. Sonata en Do menor
      1. Juan Oliver (1733-1830)
      1. Sonata en Sol mayor
      1. Johann Nepomuk Hummel (1778-1837)
      1. Sonata en Mi bemol mayor